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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

A ver lo que se me ocurre

Marino Iglesias Pidal
Redacción
jueves, 16 de abril de 2009, 05:11 h (CET)
¿Alguna vez han comenzado a escribir así, sin absolutamente ninguna idea predeterminada? Quizá éste no sea el lugar indicado para hacerlo, y no me refiero al medio que utilizo, sino para el destino que pretendo, que no es otro que Siglo XXI, y supongo que este diario digital no querrá publicar algo que considere no ha de tener un mínimo de interés para sus lectores, ¿y a quién podrían interesarle las elucubraciones de una persona que, como yo, carece de atributo alguno como personaje?

No obstante, el pensamiento de que con esto no ocasiono mal alguno y de que el único pagano de mi atrevimiento sería yo, digo, por la pequeña decepción que significaría el no verlo publicado, me hace seguir adelante.

… Ayer en la noche, sin ganas, pero sabiendo que el acostarme significaría pillar un cabreo ante el hecho de ver transcurrir las horas sin pegar un ojo, me puse a ver la película Señales del futuro, de Nicolas Cage y, como casi siempre me ocurre, igual con pelis que con libros, no aguanté hasta el final, ni mucho menos.

Hace un tiempito, al principio, el Nicolás me caía bien, pero con el discurrir del tiempo cada vez me cae menos bien y, para mí, a la hora de decidir si veo o no una peli, los actores son decisivos. De la Angelina Jolié, por ejemplo, ni loco, ni pagándome por ello, me da grima, de Julia Roberts más de lo mismo, Jean-Claude Van Dan ¡puf! ¿Cómo alguien se podía calar a James Estewart? Donde estaba Bur Lancaster… o Kin Novak para soñar. En fin, que es posible que ya no le entrara a Señales del futuro con muy buena disposición. El caso es que de lo que vi y escuché, una palabra fue lo que tomó en mí más arraigo: determinismo.

No tengo duda de la causa efecto, y si algún ingenuo la tiene pensando que una misma causa puede dar origen a diferentes efectos, es porque no se da cuenta de que en la vida nada hay que se repita, no puede darse una misma causa dos veces, siempre habrá alguna diferencia, posiblemente inapreciable para la capacidad o la tecnología del hombre, entre una y otra causa, entre una y otra cosa… Considerando pues, que no puede haber repetición sino sucesión, no puede haber variable en la dirección. Podrán ser muchos los caminos, pero sólo uno para el caminante.

Visto así, ¿tenemos alguna opción de ser algo diferente a lo que somos? ¿Existe el libre albedrío? Con el camino de cada uno de nosotros ya decidido desde el día que nacemos, incluso desde infinitamente antes, ¿se podría ver el final antes de llegar a él?

Dos hechos, entre otros, ya acontecidos, me vienen a la memoria. Yo estaba en Caracas cuando el terremoto del 67 (que, por cierto, desde que he visto la intensidad, 5,8 grados Richter, y los daños que ha causado el ocurrido estos días en Italia, y recordando los 7,8 grados del de Caracas, no ceso de preguntarme con qué materiales construirán los italianos). A lo que iba. Unos días antes, hum, qué coincidencia, una italiana, Marina Marotti, ocupó los titulares de primera página de toda la prensa venezolana: Una capital latinoamericana inmersa en grandes celebraciones sería destruida por un terremoto. Caracas celebraba su cuatricentenario y yo estaba, a dos minutos para las ocho p. m., sentado frente al televisor contemplando el desfile para la elección de Mis universo, cuando, empíricamente, conocí la tan cacareada velocidad de la mente humana (si publican éste, a lo mejor entro en detalles en otro). Oño, una idea para Siglo XXI, podían abrir una sección para comentarios de los lectores acerca de lo que aquí leen, de esta forma, los que como yo escribimos por afición, sabríamos si estamos o no dando el coñazo. La verdad es que siento una gran curiosidad por conocer la opinión de quienes me puedan leer, después de haber intentando, en vano, con cuentos y novelas llegar a despertar la atención de alguna editorial.

He dicho dos hechos. El segundo. Tuve, entre otros, ¡otra vez la coincidencia! un amigo italiano. Ambos vivíamos en un edificio de apartamentos con club anexo en el que nos lo pasábamos charlando y jugando al tenis. A cualquier reunión en su casa era yo un invitado fijo. Celebraba su cuarenta cumpleaños. Entre risas contaba que, siendo él un muchacho, una pitonisa le había pronosticado su muerte a esa edad. Unos meses después le dio, animado por un paisano suyo, por meterse en un rollo de entrenamiento militar. Pisó una granada que lo reventó. No llegó a cumplir los cuarenta y uno.

A veces me da por pensar, y, como se puede ver, hasta por escribir algo de lo que pienso. Ojala, si alguien me leyó, no le haya aburrido.

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