|
El camino
Daniel Sanabria
Normalmente, para qué engañarse, soy una persona a la que le gusta derrumbar mitos, así como construir teorías propias. Si ya encuentro facilidad para hacer ambas cosas, cuando uno cuenta con la ayuda de uno de los escritores más importantes del siglo XX el camino se hace aún más llano. Y si hablamos de escritores y de caminos, qué mejor opción que compartir unos minutos con Miguel Delibes.
Escribía el novelista vallisoletano allá por 1989 en un libro llamado “Mi vida al aire libre” un capítulo que dejaba a la intemperie su pasión por el fútbol. Se llamaba “Una larga carrera de futbolista”. Y es que, a pesar de ser escritor y de la incompatibilidad que ello parece comportar, Delibes no sólo fue un incondicional seguidor del balompié en general y del Real Valladolid en particular, sino que practicó y teorizó sobre el deporte rey durante décadas.
Hoy quería hacerles partícipes de dos de esas teorías que trataba hace ya veinte años el novelista castellano, y de las cuales me hago simple mensajero a través de este periódico. La primera viene en relación al famoso “cansancio acumulado” del que hacen escudo personal muchos futbolistas que se encuentran disputando varias competiciones, es decir, jugando de miércoles a domingo.
Acerca de este asunto y tras su propia experiencia como futbolista escribía Miguel Delibes las siguientes líneas: “haciendo excepción del futbito que jugábamos a diario en el Campo Grande, se puede calcular que yo jugaba cuarenta partidos formales al año. Los campos de juego distaban cinco kilómetros del colegio y, naturalmente, íbamos y volvíamos andando, de manera que la semana de Carnaval, en tan sólo tres días jugábamos tres partidos de dos horas o dos horas y media cada uno y caminábamos más de treinta kilómetros para poder hacerlo”.
“Por eso me parece risible que un futbolista profesional, adulto, fuerte, atendido con esmero, entrenado para ser un atleta, esgrima como disculpa que el domingo no rindió porque había disputado otro partido entre semana”, continuaba diciendo Delibes. “Sobre la base de cuarenta partidos anuales más el futbito a diario, me sale una cantidad de horas dedicadas al fútbol apabullante. Y con ese tesón y esa aplicación, ¿cómo no llegué a ser una figura?”, se preguntaba a sí mismo el novelista. Lo dicho.
La segunda conjetura que inquietaba a Miguel Delibes venía en la dirección arbitral y en su entusiamo por facilitarle la vida al defensa y por consiguiente obstaculizar la labor del delantero: “siempre me he preguntado por qué los árbitros son más tolerantes con los defensas que con los delanteros y por qué éstos, comparados con aquéllos suelen ser unos fifiriches”. Yo no fui testigo de cómo se resolvían los forcejeos entre defensas y delanteros hace veinte años, pero no sé por qué no me sorprende lo que cuenta Miguel Delibes en su obra.
A día de hoy cualquier jugada confusa o dudosa entre un defensa y un delantero se resuelve con una falta a favor del defensor. Es una ciencia, tenga o no la culpa el ariete. Delibes afirmó que es un recurso fácil que evita mayores problemas al árbitro, aunque sea una decisión injusta. Pura realidad aún veinte años después. Por eso me alegré enormemente del gol que Fernando Torres le marcó al Real Madrid en Anfield, en el que Pepe se dejó caer al suelo ante la cercana presencia del Niño esperando que el colegiado resolviera la acción con una falta a favor del defensor portugués. Pero el árbitro belga Franck De Bleeckere decidió tomar el camino justo en lugar del fácil. Quizá haya leído a Miguel Delibes…
|