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Mucho se ha escuchado durante la pasada semana que los nuevos ministros nombrados por Zapatero no aportan nada sustancial a un ejecutivo renqueante. También se ha dicho que se trata de un “gobierno político”, no compuesto por personas idóneas para desempeñar los cargos que les han sido asignados, sino por quienes son leales al presidente. Estas afirmaciones expresadas así, sin un mínimo análisis, son en mi opinión inexactas.

En primer lugar habría que afirmar que el jefe del gobierno ha ido quemando cartuchos, por no decir que ha ido dando palos de ciego, hasta el punto en que ya resulta difícil concederle el beneficio de la duda. Tres lugares comunes - para qué buscar otros- que se adaptan muy bien a una política errática, plagada de consignas y estereotipos. Es posible que el principal error de Zapatero haya sido creerse un estadista, un innovador e incluso un visionario, contando con tan pocos mimbres intelectuales; casi tan escasos como su preparación política. Dicen que el “síndrome de la Moncloa” consiste en creerse más allá del bien y del mal, y que su morador acaba creyéndose Napoleón y no un “primus inter pares”, que es lo que, en definitiva, supone el cargo de primer ministro. Ese síndrome aquejó a Felipe González y, en grado sumo, a José María Aznar. Rodríguez Zapatero tampoco se ha librado del virus.

Sin embargo, en contra de lo que muchos han venido afirmando, creo que ha habido mucho más acierto que despropósito en los cambios efectuados en el gabinete:

El cese de Magdalena Álvarez como ministra de Fomento ha venido como prematura agua de mayo. Ya era, es verdad, imposible mantenerla por más tiempo al frente de uno de los ministerios más difíciles de dirigir; pero su sustitución por José Blanco (“Pepiño” para sus enemigos) lejos de ser un desacierto, puede suponer la entrada de un poco de orden en el caos administrativo que dejó la inefable Maleni. Blanco, con estudios superiores o sin ellos, ha demostrado ser un buen gestor dentro de la burocracia del PSOE y su discurso, aunque no nos guste a muchos, es coherente hasta para defender las incoherencias de su jefe. Su paso por Fomento puede ser un acierto si se rodea de los asesores que entienden de la cosa y se deja aconsejar.

Otra destitución que resultaba inevitable era la de Mercedes Cabrera como ministra de Educación. Es difícil encontrar un responsable peor de la mencionada cartera, como no nos remontemos a los albores de la democracia, cuando un tal Julio Rodríguez fue su titular. La nueva F.E.N (formación del espíritu nacional), llamada nada menos que “educación para la ciudadanía”, o la recusada ley que permitía pasar de curso a los alumnos de bachillerato con cuatro asignaturas pendientes, hablan por sí mismas. Pocos podrán negar que el nombramiento de un intelectual como Ángel Gabilondo, catedrático y rector, constituye un acierto.

A Elena Salgado, nueva vicepresidenta y ministra de Hacienda, le han echado una jauría de perros hambrientos, cuando en realidad sí puede reunir las condiciones mínimas para el cargo: contra lo que se ha dicho, la señora Salgado posee conocimientos más que suficientes de economía, avalados por un título universitario. Su experiencia al frente de dos ministerios (Administraciones y Sanidad) harán que, como en el caso de Blanco, se rodee de quienes de verdad son expertos en los asuntos económicos y financieros. Con frecuencia se olvida que un ministro no es sino la cabeza parlante de un complejo organismo burocrático, y que su titular no es un taumaturgo.

Por último, en el apartado de los aciertos, puede mencionarse a Trinidad Jiménez como ministra de Sanidad. En su caso, haber sido mentora de Zapatero y una de las personas que hicieron posible su encumbramiento a la secretaría general del PSOE, lo que le convirtió en candidato a la presidencia del gobierno, no supone menoscabo a su buena labor al frente de diversos organismos gubernamentales (el último como secretaria de estado para Iberoamérica) No hay por qué anticipar que su trabajo como sustituta del controvertido Bernat Soria vaya a ser un fracaso.

Si Zapatero hubiera dejado ahí la cosa –me refiero a la remodelación de su gabinete- acaso podríamos haberle dedicado un tímido aplauso. Si hubiera mandado a cantar saetas a una de las “miembras” de su equipo, miel sobre hojuelas. Pero, no; Zapatero es como uno de esos tenores de zarzuela que no cantan aria ni romanza sin que se les cuele un gallo. En este caso, dos:

Los que ya pensábamos que el “clan de la tortilla” estaba superado, con González asesorando a Slim (que, por cierto, es bastante obeso) y a Guerra escribiendo tratados de filosofía, nos desayunamos el miércoles santo con la noticia de que uno de aquellos dinosaurios regresaba del pleistoceno. Manuel Chaves iba a ocupar una innecesaria vicepresidencia, dejando huérfana a Andalucía de alguien (en este caso, es evidente) a quien le cabe el estado en la cabeza. Nos tocará, si Dios no lo remedia, asistir a su “canto de orangután” político, ya que en este caso no cabe referirse a él como a un cisne.

Y, cómo no, otro clan, este más moderno, llamado “los de la ceja”, nos la ha colado en forma de ministra de Cultura. Cesar Antonio Molina, muy digno ministro, ha cedido su puesto a una “insigne intelectual”, casi de la talla de Bibiana Aido, llamada Ángeles González Sinde.

Dos gallos de corral.

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Publicado el martes 14 de abril de 2009 a las 10:43 horas.
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