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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

El espíritu de Occidente

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 12 de abril de 2009, 12:21 h (CET)
El mundo occidental ha infligido muchas veces un daño irreparable a sociedades y culturas de otras parcelas de la tierra. Sin desmerecer las guerras autóctonas propias en cualquier lugar del mundo, el paso de lo occidental por las historias de esos pueblos ha sido nocivo la gran mayoría de las veces y letal en muchas ocasiones.

Pero es posible que el peor mal se lo haya provocado a sí mismo. En historial de campañas mundiales la occidentalidad ha eliminado físicamente cantidades ingentes de seres humanos, pero dentro de sus fronteras ha acabado casi totalmente con lo espiritual.

Hay quien ha visto como germen del proceso la primacía de un tipo específico de racionalidad, aquélla que está dirigida a cumplir unos objetivos siendo aplicada por medio de una tecnología concreta.

Una progresiva tecnificación de la razón acabaría por desarrollar una progresiva tecnificación de los sistemas de organización social y, en última instancia, una tecnificación y uniformidad también de las vidas individuales. Las instituciones administrativas y su burocracia insalvable serían buena prueba de ello.

Además, haciendo prevaler la tecnología muy por encima de otros valores, la razón habría desarrollado el hábito de buscar cualquier tipo de apoyo para asumir sus finalidades bajo el lema ‘el fin justifica los medios’. Entre esos medios, unos de los más utilizados habrían sido los propios seres humanos, puestos por otros seres humanos al servicio de la consecución de objetivos supuestamente supraindividuales.

Así, siempre por el bien común, la tecnología y su aplicación material de la razón ha ido debilitando la tolerancia a la demora y a la no consecución de los fines. Esto implica que todo aquel conocimiento que no supone una contrapartida material casi inmediata -esto es, que no puede ser aplicado a la transformación de la naturaleza para adaptarla a nuestras exigencias- es despreciado tachándose de superstición, pseudo-ciencia, o simplemente irracional.

Es así como se abandona, a fin de cuentas, la espiritualidad y se descuida la vida moral. Al pretender la separación radical del hombre y la naturaleza se ha menospreciado la naturaleza que reside dentro del hombre hasta el punto de querer acallarla por completo.

En eso consiste la lucha interna de occidente: combinar lo material y lo espiritual-natural, lo sólido y lo etéreo, lo fijo y la constante indeterminación. Negar una de las dos vertientes supone anular una de las dos piernas sobre las que se sostiene toda vida humana.

En definitiva, el futuro de occidente pasa por devolver al ser humano su naturaleza sin prescindir de los logros por la aplicación técnica de la razón. Encontrar en lo opuesto no una contradicción, sino un requisito para el equilibrio.

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