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Opinión
Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

A Jesús, el Crucificado (I)

Ángel Sáez
Ángel Sáez
jueves, 9 de abril de 2009, 11:53 h (CET)
Porque tuvo a bien mandármelo, el pasado fin de semana recibí en una de mis direcciones de correo electrónico el nuevo poema que había compuesto, con ocasión o motivo de la próxima Semana Santa, quien fuera in illo témpore uno de mis maestros en Navarrete, Jesús Arteaga Romero, a quien, aunque hace la tira que no veo, sigo considerando uno de mis pocos amigos. Como hice recientemente con otro romance suyo, que versaba sobre la amistad, volví a solicitarle, antes incluso de leer el susodicho, que me diera el preceptivo permiso para poder publicarlo en las bitácoras que gestiono. En su breve respuesta, insistió en el mismo argumento que me brindara otrora. Puedo hacer con todo lo que me envíe lo que estime oportuno y conveniente. Ergo, siguiendo la recomendación o el consejo horaciano del “delectando pariterque monendo” o del “prodesse et delectare”, esto es, buscando el goce y el provecho del lector habitual o esporádico de las urdiduras o “urdiblandas” del menda, aquí está el poema de marras.

“A JESÚS, EL CRUCIFICADO”, DE JESÚS ARTEAGA ROMERO

Vivamos con Cristo su Pasión para luego gozar de su Resurrección. Cristo va a morir, pero también va a resucitar.


Ese Cristo del Madero,
Con la cara ensangrentada,
Es Jesús, el Nazareno,
Que al Calvario caminaba.
Y esas gotas que se vierten
De su cara destrozada
Son las lágrimas divinas
Que por mí y por ti lloraban.

Las espinas, tan punzantes,
Que en su frente Le clavaban,
Exprimían, gota a gota,
El amor y la esperanza.
La tristeza de sus ojos
Diluía su mirada
Y expresaba la amargura
De actitud tan inhumana.

No hay rencor en su dolor;
Sí hay perdón en su mirada;
Pero el hombre se avergüenza
De su obra consumada.
Es el Cristo del Madero,
Que a la muerte caminaba;
Es Jesús, el Nazareno,
Que se aguanta, sufre y calla.

Y Jesús muere de amor
Con su cara destrozada;
El dolor Le invade el cuerpo;
La alegría inunda su alma.
De la herida de su pecho,
Destrozado por la lanza,
Derramaba para el hombre
Lo poquito que aún quedaba.


(Continuará mañana.)

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