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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Metáfora o realidad

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 9 de abril de 2009, 11:53 h (CET)
Juan Arias, al final de su libro “Jesús, ese gran desconocido” dice: “La muerte es nuestra suprema condena. Es el acto más democrático de la historia porque alcanza a todos sin distinción. Y un día la ciencia podrá alargar la vida del hombre, pero no conseguirá destruir a la muerte. Y sin embargo, esa hora suprema, la hora de la verdad y de la inmensa soledad, sigue siendo el gran interrogante del mundo. ¿Por qué el hombre tiene que morir si es el único animal capaz de concebir la eternidad?

El libro de Arias es una apología de la humanidad de Jesús en la que se excluye su divinidad. Es por ello, que a pesar que termina su obra tratando el crucial tema de la muerte y de la vida futura a no puede aportar solución a lo que él llama “el reino del misterio”, en el que “la ciencia no puede intervenir” y que”sólo es posible creer por fe”.

Para Arias “la interpretación más moderna de la resurrección es que Jesús, su persona y no sólo su mensaje, de alguna manera ha quedado presente y viva en la historia, y que de esa presencia se ha alimentado siempre el cristianismo, que nunca consideró a Jesús como un muerto, sino como un resucitado a la vida tras su muerte de cruz”. En definitiva, para Arias, la muerte y la resurrección de Jesús no es nada más que una metáfora que alienta, engañosamente, una ilusión de eternidad.

La postura de Arias no es nueva. Siempre se ha dado el propósito de negar la divinidad de Jesús, divinidad que se acredita con su muerte y resurrección. Realmente Cristo murió y resucitó al tercer día conforme a las Escrituras. Este aspecto de la vida de Jesús se lo considera alegórico, es decir, que no es historia. ¿Podemos dar la razón a quienes así piensan? No. Lucas, en el prólogo de su evangelio escribe: “Me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teofilo” (1:3). Al final de su evangelio escribe con detalle los hechos de la crucifixión y resurrección de Jesús. Según Lucas son historia real, no fábula porque los acontecimientos que narra se los explicaron personas que los “vieron con sus ojos”.

Nuestro autor dice. “En la historia de Jesús de Nazaret y la del cristianismo existe la gran locura de la resurrección de los cuerpos, difícil de encontrar en ninguna otra religión”. La razón es muy sencilla: si el hombre en su condición actual está muerto, es imposible que un cadáver pueda imaginar algo tan difícil de entender como lo es el misterio de la resurrección que sólo puede aceptarse por revelación y dirección del Espíritu Santo.

Si retrocedemos en el tiempo hasta el siglo I de nuestra era nos encontramos a Pablo en Atenas, invitado a dar una conferencia en el Areópago, lugar público en donde se discutían las novedades filosóficas. El apóstol acepta el convite. En su disertación trata el tema de la resurrección de Jesús. He aquí la reacción que los intelectuales dan a tal doctrina: “Pero cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, y otros decían: Ya te oiremos acerca de esto otra vez” (Hechos,17:32).

A mediados del siglo I en la iglesia de Corintio se presentó un problema doctrinal básico en el cristianismo. Algunos de los fieles negaban la resurrección de los muertos. En el capítulo 15 de su primera carta a los corintios Pablo trata extensamente este asunto porque es de capital importancia. Si no existe la resurrección de los muertos la Iglesia no tiene razón de ser. “Y si Cristo no resucitó, es entonces vana nuestra predicación, inútil es también vuestra fe”. Si decís que no existe tal cosa de la resurrección de los muertos “tampoco Cristo resucitó, y si Cristo no resucitó, somos los más dignos de compasión de todos los hombres” El apóstol no se queda ahí: “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos, primicias de los que durmieron es hecho” (I Corintios,15:20).

Los incrédulos como Juan Arias niegan la resurrección de Cristo entre otras cosas porque tal acontecimiento no puede analizarse con la prueba del carbono. El sello del Imperio que pretendía retener el cuerpo de Jesús dentro de la cueva se rompió cuando el Señor volvió a la vida por el poder de Dios. Desde entonces millones de personas han confesado en cada generación: “Porque Cristo vive sé que yo vivo” Aquí en la tierra los creyentes en Cristo empiezan a disfrutar la vida eterna que en el día de la resurrección gozarán plenamente con sus cuerpos incorruptible e inmortales.

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