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Caballeros, señores y cazurros

Pascual Falces
Pascual Falces
miércoles, 8 de abril de 2009, 11:12 h (CET)
En estos tiempos, y más en los que se avecinan, si la providencia no lo remedia -por esa extraordinaria facultad que solamente ella posee al haber hecho las leyes de la Naturaleza, y, por lo tanto, poder modificarlas a su antojo-, es de buen atino intentar conocer lo mejor posible con quien “nos jugamos los cuartos”. Hoy día, con las grandes superficies comerciales, la ropa que la gente viste ya no dice nada. Los “descamisados” de la Revolución, sólo forman parte de los musicales, y del decorado de la gran ciudad en sus extremos marginales; no engañan, y suelen ir asociados a un andrajoso hatillo y un “brik” de vino tinto.

Por el motivo anterior hay que analizar con cierta profundidad. Los modales se han refinado, el barniz de la educación de “márketing” de “caballero por aquí, caballero por allá”, etc, confunde. “Permita, señor, que le muestre” dice el atildado servicial que lo que quiere es vender una enciclopedia, y, más confusión. Finalmente está el que modosamente se alegra de ver a uno, y de un modo u otro extiende la mano abierta hábilmente y se lleva algo que nos pertenece; lo que en plan castizo se conoce como “poner el cazo”.

El resto de rufianes, atracadores, timadores y sinvergüenzas son fácilmente identificables, y si uno es tan primo de caer en sus redes, es para sentirlo por él si, con cierta madurez, todavía no ha aprendido a distinguir esta calaña. Hay una sana y natural desconfianza necesaria para pisar la calle cada mañana.

El catalejo se ha fijado en tres tipos que confunden mucho en nuestros días, y más en época de crisis. El “caballero”, que tanto se prodiga, no quiere decir nada. En su origen, proviene de venir montado a caballo, lo que, en tiempos, debía querer decir algo en comparación con los labriegos que montaban un asno, o lo más, una mula, o lo que es más penoso, llegaban andando a una posada del camino. El posadero, al ver al caballero, se deshacía en reverencias porque olía los doblones de oro y el buen pienso para el rocín. Más, en nuestros días, ¿quien mas, quien menos, no viaja sobre cuatro ruedas? Al fin y al cabo eso viene a ser el caballero actual. No se es mejor persona por viajar en vehículo de “alta gama”, más bien es para tener cierta prevención.

El “señor” es un término controvertido, sobretodo, por la connotación antipática que tiene su diminutivo: señorito. Y más en concreto, señalado en el “señorito” andaluz, al que se hace objeto de toda clase de prepotentes actitudes y vicios de clase. Dejando eso aparte, el señor sería equivalente al “dueño”, lo cual es admisible y proviene del “domine” latino; el que no tiene amo, o sea, el que manda, al que nadie le manda. Más, no es esto lo importante, sólo hay un “señorío” tolerable, y no incompatible con lo anterior, aquel que en efecto, es dueño y amo de sí mismo. Ese si que es quien merece respetuosamente ser llamado señor. Es el que cuando le duele algo, sonreirá, si tiene hambre dejará que los demás sacien antes el suyo, que pasará de beber antes de calmar su sed, que dejará libre su asiento aunque esté cansado, que invitará a comer aunque no le quede más que ese dinero, que preguntará por la salud de los demás antes de cansarnos con sus cosas, que sonreirá aunque le aburra nuestra conversación. En fin, eso que se llama señorío, y que a veces sólo reside en un porte, en un fino aroma.

Y finalmente está el que “pone el cazo”, que es de cuidado. De antiguo, las llamadas “casas pudientes” en Aragón, tenían la caritativa costumbre de guisar comida en mayor cantidad de la necesaria para la familia y servidumbre de la casa. El resto se servía en la calle a los necesitados que esperaban alineados su turno. Se presentaban con un “cazo” (recipiente de barro o metal, más ancho por la boca que por el fondo, con mango y un pico para verter). Ocurre que de la buena disposición de una caridad, se engendró un “oficio” y nació el “cazurro”, el que se las ingeniaba para comer a costa de los demás. Era cuestión de llevar una agenda y saber qué día de la semana tocaba ir a cada casa.

Este oficio con el tiempo se fue ilustrando, y ha llegado, incluso a profesionalizarse. Existen cazurros muy ilustres. Los hay que distinguen entre las gentes con que se relacionan a aquellos a quienes “seguro que les sobra algo”, y pueden prescindir de ello en beneficio propio. Para ello, incluso son capaces de convencer de que “eso” les sobra, o ¿para qué lo necesitan?, y, en cambio a él, le hace mucha falta. A veces, es peor, lo necesitan los “chinitos”, y ellos, en el mejor de los casos, se quedan con una “comisión por gastos”; el caso es poner el cazo. Serían tantos los ejemplos...

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