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Al autor del anónimo
Ángel Sáez
Esta mañana la persona que había prometido hacerme una visita, la ha hecho. Como no encontraba el número 30 (hoy, inexistente) de la tudelana Avenida de Santa Ana, alguien, de manera solícita, le ha indicado dónde habitaba y aún vive el menda.
Una vez ha llegado al portal, sobre las 13, 20 horas, aproximadamente, ha pulsado el botón del portero del domicilio de mi señora madre, ha preguntado por mí (mi progenitora, amablemente, le ha contestado que yo no estaba en ese momento en casa, que me hallaba en la biblioteca, y llegaría, Deo volente, como de costumbre, sobre las 14, 15 horas), ha proferido quién era y de dónde procedía (por cierto, dos de mis sabuesos, quiero decir, dos de mis informantes preferidos, han coincidido en el retrato, el talle y hasta en la vestimenta que portaba el sujeto, pues ambos me han confirmado que vestía una prenda de color verde en la que podía leerse “Gobierno de La Rioja”). Ha cometido el error de dejarme una nota anónima (otro documento que viene a engrosar el expediente que voy avagillando del elemento) en la que puede leerse la siguiente y sutil amenaza mafiosa, velada: “(...) no me agradaría tener que venir otra vez a saludarte”.
Como la generosidad y la paciencia de su seguro servidor de ustedes tienen sendos límites (uno no es ni la Virgen María ni el bíblico Job), al visitador le aviso (el que avisa no es traidor, dice el dicho popular) de que, en el supuesto de que le nazca un nuevo impulso de llevar a cabo lo que tiene en mente o pretende, más le vale que lo dome y retraiga, porque, en el caso contrario, deberá atenerse a las urentes consecuencias que le aguardan.
Lo escrito escrito está. Puedo y podré probar cuanto escribí y aquí manifiesto.
Espero que lea este texto, al menos, la persona a la que va dirigido.
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