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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El punto G

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
martes, 7 de abril de 2009, 12:51 h (CET)
Nada, que se ha reunido el G-20 más invitados y nos ha salvado, debe ser que de nosotros mismos porque aún nadie ha dicho de qué. Eso sí, se va a invertir para salvar la situación un billoncejo de nuestros haberes —que a algún bolsillo irá a parar tal cantidad inimaginable de billetes—, ha multiplicado a escote popular los fondos de ese inoperante Club que es el BM y el FMI, ninguno de cuyos planes de desarrollo ha funcionado hasta ahora para otra cosa que para generar más pobreza y más miseria y hacer más cuarto al Tercer Mundo, y ha pegado otro terciado tijeretazo a las libertades incluso del sistema social vigente, metiendo en el saco de la represión económica y la libertad bajo vigilancia a las instituciones económicas privadas, además de a los paraísos fiscales que ellos mismos crearon.

Gan negocio éste del pánico: ¡enorme negocio! Pocos o ningún negocio como él, como ya demostraran los Rothschild cuando, a costa de lo de Waterloo, sembraron el pánico en la bolsa de Londres y se quedaron con la Corona Británica por los decimales. Desde entonces para acá, más y más de lo mismo, y, como entonces, con un costo en muerte, sufrimiento y miseria decididamente inenarrable. Un pánico que no ha dejado de producir enjundiosos dividendos, merced a ésta estrategia de crear pánicos artificiales que luego ellos mismos sofocan a unos estipendios que dejan tiesos a los cándidos Juanes Pueblo de las cuatro esquinas del globo.

He seguido con mucha atención la evolución de la cumbre del G20, y nada, lo que me temía, que sobre las causas de la crisis no han dicho ni una sola palabra. Se han limitado, como ya advertí que estaba en el guión, en la cosa de señalar unas soluciones coercitivas para las libertades y onerosas para los bolsillos de cada cándido Juan Pueblo, y éste está como unas pascuas de contento porque los que crearon el problema se lo van a solucionar a un nada módico precio, instalándole de pleno en el Nuevo Orden. ¡Ah, el punto G..., qué placer! Se pueden imaginar, en consecuencia, qué no será si además es G-20.

La televisión tiene un poder inmensamente hipnótico, y, cualquier estulticia que se proclame desde la caja tonta, se convierte casi instantáneamente en una verdad social incuestionable para los televidentes. Nadie explica por qué se ha generado esta crisis que produce millones de cadáveres laborales en todo el mundo (además de los otros, de los de reencarnación), pero como dice la tele que hay crisis, pues crisis... y venga soluciones a ella de nuestros diligentes mandatarios. Lo mismo que con todo lo demás, vaya, todos esos freakys que asolan cada una de las parcelas de la existencia, desde la cultura o el arte a los asuntos de la política o el corazón. Al menos —sobre cuernos, palos— no es la cosa tan cruenta como lo de Waterloo, si bien menudean las guerras de conveniencia y el terrorismo títere que de tanto en tanto hagan caja para lo extra. Ahí tienen, si no, que se destruyó a Serbia por el supuesto asesinato de 47 albano-kosovares y, entretanto, nadie ha movido un dedo por el millón de víctimas de las hambrunas de Dafur, el millón de vidas que costó por entonces lo de Ruanda-Burundi o los casi cuatro mil millones de vidas que le cuesta a la humanidad mantener el tren de vida de esos pocos que están al otro lado del telón, moviendo los hilos. La televisión crea monstruos, no transitoriamente, sino definitivamente, porque ha permitido establecer un sistema bipolar o bipartidista en el que parece que se encuentran los contrarios, cuando son actores del mismo drama. La voz y la antivoz, el ying y el yang, lo positivo y lo negativo o el partido de gobierno y la oposición, en fin, no son, como ha quedado una vez más sobradamente claro, el ego y el alter ego de la misma criatura, lo que es y lo que se muestra, conteniendo o sofocando así la ira o la inteligencia popular y encerrando al todo. No es la bipolaridad parsí mazdeísta o la guerra Bien-Mal cátara, sino la escenificación del Mal-Muchopeor del Nuevo Orden.

Vale, tenemos soluciones y las pagamos como si fueran diamantes, pero: ¿para solucionar qué problema?... Ninguno de los miembros o invitados del G20 ha dicho todavía una palabra al respecto que no sea un desvarío, porque digo yo que muchas hipotecas impagadas son ésas para producir una crisis como ésta que ya lleva consumidos más de 5 billones (una pasta muy grande, oiga), precisamente en un sistema en el que los bancos te prestan un paraguas sólo si hay anticiclón asegurado. Sin embargo, nadie en ninguna parte ha dicho una sola palabra que justificara coherentemente esta crisis artificiosa y artificial que hará inmensamente más ricos a los inmensamente muy ricos y extremadamente pobres a los miserables, anulando prácticamente de un plumazo a las clases medias. Todos los analistas, todos los opinadotes y casi todos los medios parten de una base incuestionable: hay una crisis muy gorda, punto. ¿Y quienes las pueden solucionar?...: los mismos que la han creado, los beneficiarios de esos billones de euros. En criminología se sabe que si eres capaz de saber quién se beneficia de un delito, ya tienes al culpable. Pues eso.

Mis lectores saben sobradamente de mi manifiesta propensión a comparar la sociedad con un enorme organismo en todo semejante al humano, y, como no podía ser de otro modo, ese superorganismo tiene también su punto G. Un punto G muy especializado y con diferentes niveles de placer: G8, G20, etcétera. Algunos geómetras montan un tiberio de padre y muy señor mío, frotan con fruición el punto G y, ¡hale-hop!, el macroorganismo alcanza el éxtasis al tiempo que los seductores birlan la cartera de los extasiados. Una geometría y un punto G que muy bien podría ponerse en la piedra angular del Nuevo Orden, entre el compás y la escuadra. Ya lo dije antes de que sucediera: ha pasado sólo lo que tenía que pasar. Lo que viene después, también lo avancé.

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