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Etiquetas:   Política   GOBIERNO   -   Sección:   Opinión

¿Cuándo va a terminar esto?

“Los políticos son siempre iguales. Prometen construir un puente incluso donde no hay río” Nikita Jrushchov. Presidente del Consejo de Ministros de la Unión Soviética
César Valdeolmillos
sábado, 9 de abril de 2016, 12:25 h (CET)
Abrumado por su escepticismo y su enfermedad, Sigmund Freud escribía a un amigo: «Durante toda mi vida me he empeñado en ser honrado y en cumplir con mis obligaciones. No sé por qué lo he hecho.»

La verdad es que para alguien que durante toda su vida ha tenido una trayectoria digna, y en no pocas ocasiones sacrificada, viendo cómo se comportan nuestros próceres, que son los que precisamente deben observar un proceder ejemplar, no es de extrañar que le asalte la duda de si su comportamiento ha sido el más acertado.

España lleva ya casi cien días sin poder constituir un gobierno sólido y estable, con toda la carga negativa que ello conlleva para todos y cada uno de nosotros. Hay que tener presente que cuando un país va mal, quien lo sufre no son los políticos, sino el currito que a diario va a ganarse honradamente los garbanzos. Y a ese currante, que a diario se levanta a las seis o las siete de la mañana para comenzar a su hora la jornada laboral, se le revuelven las tripas cuando ve que un don nadie, que ha llegado a donde nunca habría podido imaginar, simplemente por el hecho de pertenecer a un partido político, lo primero que hace, porque la ley le confiere ese privilegio, es ocupar, según argumenta, por motivos de seguridad, una aristocrática mansión que pagamos entre todos.

Imagino que los motivos de seguridad que alega el susodicho, es el miedo a sufrir un atentado. Por su trayectoria, bien conoce él como se las gastan los terroristas etarras.

Lo sangrante de dicha decisión, es que mientras el referido político reclama vivir en un palacio propiedad del Estado para preservar su seguridad, su jefe de filas, cegado por el resplandor del poder, ha ofrecido la reagrupación carcelaria en su propio feudo, a quienes han derramado la sangre de miles de personas, incluida la de sus propios compañeros, a cambio de media docena de votos.

No son pocos los españoles, a los que ante la grotesca mascarada a la que estamos asistiendo durante los últimos meses, sienten cansancio y hartazgo. Su actuación demuestra que a ninguno de esos aprendices de políticos que han irrumpido en la escena de la gobernanza nacional les interesa solucionar, como dicen, los problemas que el país tiene planteados. Estamos hartos de su palabrería hueca tras la que solo esconden su voraz ambición personal. Todos buscan su propio interés, y en su batalla por el poder, han convertido el parlamento en una selva en la que cada uno tiende a diario una trampa diferente al adversario, en espera de este caiga en ella para poder devorarlo. El repudio más profundo es lo que ha conseguido la retórica injustificable de los incompetentes, la torpeza de los estúpidos, la demagogia de los oportunistas, y la contumacia de los conspiradores.

Ante tanta vileza de los que truncan la vida e ilusiones de nuestros jóvenes; de los que hunden en la desesperación al padre de familia que ha perdido toda su dignidad porque no encuentra la manera de mantener a los suyos; de los que han roto el corazón de esa madre que en el otoño de su vida tiende su mano con la mirada perdida en el vacío de su infinita desesperanza; ante la indignidad y la ignominia de quienes así juegan con nuestras vidas, uno no puede sentir otra cosa que exasperación y aborrecimiento.

Mientras camino abstraído en mis pensamientos, se me acerca un hombre de unos cincuenta años, lleva un mono azul, seguramente del trabajo que un día debió tener, va limpio y con gesto azorado que denota una profunda turbación, me balbucea unas palabras que no logro entender. No es preciso. Sus ojos imploran abiertamente la imperiosa necesidad que tiene de llevar unas monedas a su casa. No es un indigente habitual. Pienso que en casa, es posible que le espere una esposa y unos hijos, pendientes de lo que él haya podido conseguir para que puedan llevarse un pedazo de pan a la boca.

¿A esto es a lo que unos políticos infames nos tienen sometidos? ¿A la permanente indignidad? ¿A una humillante esclavitud? ¿A una incultura perpetua? ¿A una vileza que nos degrada cada día?

¡Dios mío! ¿Cuándo va a terminar esto?
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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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