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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

Del feliz acuerdo PP-PSOE en Euskadi

Mario López
Mario López
sábado, 4 de abril de 2009, 12:27 h (CET)
PP y PSOE han establecido el bipartidismo a nivel del Estado y en Euskadi el Movimiento Nacional. Hombre. Qué duda cabe que no es este el mismo Movimiento que dirigió, entre otros, Fernando Herrero Tejedor.

El actual está más en la onda de su hijo, Luís Herrero; ese pedazo de periodista, gran liberal y senador europeo que lucha a brazo partido por los intereses de España en Estrasburgo desde las filas del PP. Dice Santiago Carrillo que en el PP hay muchos militantes que aún no han roto con el franquismo. Bueno, aparte de que sería una indecencia pedirle a don Luís que rompa con su padre ¿Es que en este país ha roto alguien con el franquismo? Que yo sepa, no. Nadie ha roto con aquello. En su día hubo algún despistado que defendió la ruptura democrática, pero se decidió llevar a cabo la transición. La Constitución por la que, al menos en teoría, nos deberíamos de regir fue concebida entre franquistas y republicanos, en un acto de reconciliación sin precedentes que, entre otras cosas, supuso la aceptación explicita, por parte de todos los españoles, de la legitimidad del régimen de Franco. La aportación fundamental del franquismo a nuestra Carta Magna fue la restauración monárquica en la persona del rey Juan Carlos I y la indisolubilidad de la patria. Es por ello que los dos partidos que, en democrática alternancia, nos han de gobernar por los siglos de los siglos se han de unir en los momentos clave, allí donde los dogmas de la transición son peligrosamente cuestionados. En el conjunto del Estado, PP y PSOE representan las dos alternativas posibles de gobierno, con sus disensiones y crispaciones, pero siempre dentro del decoro nacional, en la defensa de los dogmas sagrados de nuestra patria, concebidos por nuestros padres fundadores y ratificados por la voluntad popular en el legendario referéndum de 1978. En Euskadi sobran coreografías dilatorias, alternancias imposibles y urge garantizar el dogma fundamental de la nación, que no es otro que la indisolubilidad de la patria. En Euskadi el Movimiento Nacional se puede mostrar sin ningún disfraz, pues en ciertas circunstancias el espectáculo ha de ceder su lugar al pragmatismo, aunque la cosa pueda llamar a escándalo a unos cuantos incautos.

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