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Etiquetas:   El crisol   -   Sección:   Opinión

¿Qué sentían?

Pascual Mogica
Pascual Mogica
viernes, 3 de abril de 2009, 10:00 h (CET)
A medida que se van produciendo las distintas comparecencias ante el tribunal que está juzgando el caso del Yak-42, y sobre todo con el testimonio manifestado por el general Félíx Sanz Roldán, al afirmar que en el ministerio de Defensa se sabía que 30 de las cadáveres volvían a España sin identificar, es suficiente para que todos podamos tener claro quien es el principal responsable de que los cuerpos fueran entregados a sus supuestos familiares, como después se pudo comprobar. Todo ello deja muy claro que el nombre de alguien debe ser borrado de la historia.

Pero no es en lo anteriormente dicho en lo que yo quiero centrar esta reflexión, lo que realmente quiero poner de manifiesto es la gran incógnita que se me plantea, creo que a mí y a muchas españoles más, desde que estos hechos ocurrieron. Hace mucho que me vengo preguntando que es lo que sentían durante el desarrollo del funeral y posterior entrega de los cadáveres a sus familiares todos aquellos que sabían que 30 de esos restos no habían sido identificados. ¿Qué sentirían en aquellos momentos? ¿Qué estaba pasando por su mente? ¿Experimentarían un sentimiento de culpabilidad, de que estaban estafando a unas familias que habían perdido a sus seres queridos? ¿Les remordería la conciencia? ¿Estarían pensando los que, sabedores de que aquello era una farsa indigna de personas de bien, que habían ordenado hacer lo correcto unos, y obedecer las órdenes recibidas otros? ¿Estarían intentado auto justificarse de que se hizo lo que se debía hacer? ¿Qué pensaran ahora que ha salido a la luz pública que en alguna de las bolsas se han encontrado restos de hasta tres personas?

Yo creo que el hecho de llevar un uniforme no es un obstáculo para que se pueda dejar de pensar como un ser humano, y de que no se pueda distinguir lo que está bien de lo que está mal. Debajo del uniforme debe de estar, antes que nada, la persona, uno mismo. Y esto lo están demostrando muchos soldados españoles destacados a lo largo y ancho de este mundo en misiones de paz. Cuando el uniforme se utiliza para esconder sentimientos innobles sobra el uniforme y sobra quien lo viste. Aquella máxima castrense de “a callar y a obedecer”, “yo solo cumplía órdenes”, “se actúo de la mejor forma posible dadas las circunstancias” no justifica, en absoluto, una conducta tan indigna con una total y absoluta falta de respeto a sus compañeros tan trágicamente fallecidos y a los familiares de estos. Cuando las órdenes se anteponen a los sentimientos, a los buenos sentimientos, ello es signo inequívoco de que al final habrá que lamentar el cumplimiento de esas órdenes. Así está ocurriendo en este desgraciado asunto. ¿Por qué callaron y no se manifestaron públicamente de que se estaba cometiendo un acto cuya gravedad, cuyo alcance, era de unas dimensiones que superaban los límites de lo que debe ser una actitud honesta? De todos modos el general Sanz, y algún otro mando, lo han dicho, tarde, pero lo han dicho y eso es de agradecer. Pero quiero acabar diciendo que no estoy culpando a los militares, no a los que actuaron correctamente, pero no estaría demás que el nombre de alguien que no va uniformado, pero que tuvo mucho que ver en todo este indecente asunto, se borrara de la historia. Por cierto, ¿Qué emociones estaría experimentando este civil cuando los cuerpos fueron “repartidos” de forma tan burlescamente aleatoria? ¿Estaría pensando en aquello de: “Adivina, adivinanza” o en lo de: “Pinto, pinto, gorgorito”? Es muy posible.

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