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El E. R. E., excelente excusa
Ángel Sáez
(EL GRATO MAREO, PREVIO A UN RATO DE MAGREO)
Llevaba meses sin saber de él. Su última decisión sobre lo nuestro me había dejado al borde del precipicio, del suicidio. No, no me había recuperado (a pesar de las, desde entonces, asiduas visitas de los martes y los jueves al psiquiatra) todavía del revés (su esposa, Margarita, le había puesto en un brete; debería escoger entre ella, un contrabajo, o yo; tras la elección, la menda se quedó jurando en hebreo y jugando a subir a bajar el yoyó) cuando, inopinadamente, recibí un SMS suyo desde el móvil de Emilio, su compañero habitual de trabajo en la cadena de montaje, soltero: “Chelo, mañana tengo regulación. Si quieres, podemos quedar para hablar, mientras nos tomamos una infusión, en “Marisol”, la cafetería-pastelería de la esquina”. No había terminado de leer el mensaje cuando volví a sentir la misma sensación contradictoria de otrora, el grato mareo, previo al añorado rato de magreo. Y mi corazón empezó a bombear sangre a un ritmo trepidante, frenético, pues mi cerebro, tras ilusionarse a tope de nuevo con el más que probable revolcón, reclamaba insistentemente mayor aporte de oxígeno.
Nada más pisar la calle, después de levantar y bajar la tapa del primer contenedor de basura que hallé, adelgacé mi conciencia, borré mi corcova, me deshice de un cáncer, pues deposité en él el tumor, repleto de reproches, que había acumulado hasta entonces, acarreaba y hacía sombra a mi propia sombra.
Acudí a la cita siguiendo el rastro que habían dejado tras de sí los efluvios de su perfume o feromonas, en celo.
Mis cuerdas volvieron a vibrar al sentir las yemas de sus dedos y las heridas de su arco.
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