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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Despreocupación, el escándalo de la verdadera pobreza

María Romo de Oca
Redacción
sábado, 28 de marzo de 2009, 13:24 h (CET)
¡Hola amigos! Ya está aquí descaradamente la primavera en su cita obligada con la Resurrección. ¡Veo tantas flores blancas desde mi ventana! Me encanta que todo coincida.

Valió la pena recordar el ayuno, la oración. Nos queda, para terminar, la limosna. Era tan importante para los judíos que, hasta en algunas grandes fiestas, hacían borrón y cuenta nueva perdonando todas las deudas.

Hay algo que siempre me choca ¿por qué nos cuesta tanto dar? Las alusiones a la limosna en los Libros Santos son infinitas. Sabemos que hay que poner nuestro tesoro en el cielo donde no hay ladrones, ni los bancos quiebran. Sabemos que dando a los pobres se borran nuestras culpas, que siempre recibimos el ciento por uno…Pero ¡ay el dinero! Ante el desastre de la economía, se ha pedido especialmente esta Cuaresma, que resistamos a la avidez y a la idolatría.

Porque este inmenso “saco roto” que sufrimos a nivel mundial es fruto de la avaricia de los desaprensivos. Por todas partes asomando los cuernos el becerro de oro. ¡Tanto apego al dinero! Me contaba una lectora que al marido le sentaba tan mal darle para la compra que le tiraba la cartera como un energúmeno. Y ella mansamente sacaba los billetes. Me río recordándolo pero es triste. Seamos claros, el dinero nos tienta a todos. El afán de dinero corrompe. En cuanto los que tienen poder, tocan dinero, empresarios, políticos, instituciones honorables… todos hundidos en la corrupción hasta las cejas.

Tenemos que dar no sólo para remediar tanta miseria de los que siempre pagan el pato sino para ser nosotros mismos desprendidos. Caña a nuestra avidez de cosas. Que un día, abrimos un armario y hasta peligra nuestra integridad física con la que nos viene encima. Yo tuve que mudarme hace unos años ¡Dios mío lo que se puede acumular en una casa! Haced la prueba, dedicando un día a los cajones. Todo puede valer, todo hay que guardarlo, por si acaso, por si un día…A Dios no le gustan “los previsores del porvenir”.Guardar para la vejez, por una enfermedad, un imprevisto. Y, luego, seguros contra accidentes, robos, incendios, goteras y hasta hay quien asegura la dentadura postiza.

Entendámonos, Dios quiere que trabajemos, que seamos prudentes, que vivamos felices y hasta ricos. Basta ver a los patriarcas del Antiguo Testamento, que hablaban de tú a tú con Dios, y se desplazaban mandando por delante rebaños inmensos, mujeres a manta, servidores…

Pero lo malo es la tacañería, el dar renegando, el apretar los euros, como aquellos avaros de Dickens que Dios convertía en Navidad.

“Mirad los pájaros” No siembran, ni siegan y saltan alegres porque vuestro Padre los alimenta. Ahí están los lirios. ¡Ah, los valles de lirios morados, en primavera! Alta costura de Dios. Ni Salomón vistió con tanto lujo.¡No andéis preocupados! Vosotros valéis más. Si Dios viste así a una hierba del campo que brilla y se tira ¿Qué no hará con vosotros, hombres de poca fe?

Nuestra poca fe, ahí esta la raíz. Dejemos de preocuparnos por el mañana que cada día tiene su afán. Dios nos quiere libres y alegres. A veces, al regresar a casa, aprieto mí único euro en el bolsillo por si encuentro una panadería. Pero ¡amigo! el pobre de la esquina se come mi pan. Tranquila.

Para Claude Tresmontant, catedrático de la Sorbonne, “La doctrina de la despreocupación es el Espíritu de la enseñanza evangélica” Resulta paradójico para un sistema de valores admitido. Y hasta escandaloso para el hombre preocupado por tantas cosas: la acumulación de riqueza, el aumento del confort, coches imponentes…Un buey suelto lamiéndose a si mismo.

Pero el hombre no es un ser abandonado en el mundo, Dios no es sólo creador del cielo y la tierra, sino que es para el hombre como un padre.

En el fondo, la doctrina de la despreocupación es la doctrina de la paternidad de Dios. Por eso le duele vernos con cara larga.

No vendría mal en este tiempo de crisis llevarnos la mano al bolsillo y hacer un poco de padres.

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