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Conversión

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 26 de marzo de 2009, 11:24 h (CET)
Cada miércoles de Ceniza y durante toda la Cuaresma, la Iglesia repite incansable una llamada a la conversión, dirigida tanto a los cristianos como a los que no lo son. Es una invitación a cambiar de vida, a darle una nueva orientación a nuestra existencia. Sólo encontrará eco la llamada en quienes caigan en la cuenta de que buscamos ansiosamente una felicidad, que cuando llega, nos resulta efímera, momentánea, inconsistente. Cada vez que obtenemos algo, la satisfacción se desvanece rápidamente para ser sustituida por un nuevo afán, un nuevo deseo. Sufrimos mientras trabajamos por conseguirlo, si no llegamos a alcanzarlo sufrimos, si lo alcanzamos no colma nuestro deseo de felicidad y vuelta empezar.

Mientras no nos demos cuenta del sinsentido de nuestro esfuerzo no llegaremos a plantearnos la necesidad de cambiar de vida, de buscar una orientación distinta a nuestro esfuerzo. Las cosas y los placeres no pueden llenar nuestro corazón de forma plena y permanente.

Vamos gastando el tiempo limitado de nuestra vida y nos rebelamos ante el dolor y el sufrimiento que padecemos por no llegar nunca a ser felices. Hay quienes señalaron a Dios como el causante de nuestra desgracia y se dedicaron a la tarea de eliminarlo. Si Dios no existe, si Dios ha muerto, todo nos será permitido y seremos los únicos dueños de nuestro destino. Otros proclamaron que nuestra situación de infelicidad era debida a las religiones, que habían envenenado a la humanidad con preceptos, prohibiciones y tabúes. Era la idea de culpa la que no nos dejaba ser felices.

Podíamos prescindir de Dios y sustituirlo por la ciencia, el conocimiento de la realidad en la que Dios, como ha dicho algún científico, no es una hipótesis necesaria. Aumenta nuestro conocimiento de una realidad, que comprobamos es mucho más compleja de lo que jamás habíamos sospechado, pero en lugar de buscar una formidable inteligencia creadora, se nos dice que todo es el resultado del azar y la necesidad o de un proceso evolutivo que, al parecer, nadie puso en marcha.

En nuestro civilizado mundo occidental la mayor parte de la gente vive como si Dios no existiera y sin ninguna conciencia de pecado, pero sigue sin alcanzar la felicidad. Si alguien siente alguna desazón, pronto le explicarán que se trata de traumas o problemas sexuales irresueltos de la infancia que viven en el subconsciente y le recomendarán algún ejercicio que haga crecer su autoestima. Se le inculcará por activa y por pasiva que hemos venido a este mundo a pasarlo bien, a disfrutar de la vida y se le convencerá con facilidad de que tiene todos los derechos habidos y por haber, pero nadie le hablará de obligaciones, de esfuerzo, de dominio de sí mismo ni de responsabilidad. Tampoco del sentido de su vida más allá de la muerte.

El resultado de este falso adoctrinamiento está a la vista. La necesidad de conversión es manifiesta. El camino que nos proponen para ser felices, -tolerancia, laicismo, relativismo- placer y sexo, alcohol y drogas, dinero y consumo no lleva a ningún lado. La violencia y la corrupción no parecen tener conexión alguna con la pérdida de valores morales. Miramos para otro lado y esperamos que decida la justicia en la que tampoco creemos. La crisis que padecemos, que no es solo financiera y económica, quizás pueda desinflar el globo de tanta manipulación, de tanta ingeniería social, o sumirnos en el caos.

Hemos huido de Dios, la fuente de agua viva, y nos hemos dedicado a excavar cisternas rotas que no pueden retener las aguas ni apagar nuestra sed de plenitud. Ojala que la invitación a la conversión de esta Cuaresma resuene en el corazón de todos aquellos que se sienten insatisfechos y doloridos. La buena noticia, el evangelio de Jesús, es que en esta situación de desamparo, hay la esperanza de que podemos ser salvados, de que podemos llegar a una vida verdadera en la que Dios mismos colme nuestras ansias de ser felices.

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