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Etiquetas:   Cristianismo originario   -   Sección:   Opinión

Agresividad y codicia nos hacen enfermar

Teresa Antequera
Vida Universal
miércoles, 25 de marzo de 2009, 11:16 h (CET)
Al hablar de guerras y luchas entre pueblos pocos saben que la belicosidad empieza en los pensamientos de cada uno y que sumados por miles o millones, termina convirtiendose en guerras donde mueren personas y se destruye todo. Allí en los pensamientos empezamos a odiar, a querer tener lo que el otro tiene, a desearle al vecino que nada le vaya bien y a ponerme por encima creyendome mejor.

Mucho de todo esto comienza en la codicia, ¡tengo que tener lo que tiene mi vecino!; tal vez no me corresponde, es decir, sería mejor que yo no lo tuviera, sin embargo lo quiero tener, para ello casi imperceptiblemente ponemos en movimiento una estrategia para obtenerlo. Ese juego astuto comienza en la cabeza, en nuestros pensamientos: ¿Cómo puedo obtener eso sin falta?, a veces creemos que con una sonrisa bastaría, más tarde dando la razón donde antes nunca la hubiesemos dado y al final intentando convencer al otro de esto o aquello.

En vista de que el prójimo no quiere darme libremente lo que quiero y mi “teatro“ no termina de dar resultados, entonces me disgusto. Ese incipiente disgusto va a los sentimientos, donde sentimos que estamos realmente afectados y que el prójimo no está actuando del todo bien conmigo; en este punto los pensamientos se tornan lentamente agresivos y las palabras cada vez más exigentes: nos gustaría acorralar al prójimo. En ese momento si le cayera una bomba atómica no sería suficiente para hacerle pagar todo lo que me está provocando. Es un juego cruel el que emite nuestra cabeza.

No es extraño que las personas nos volvamos cada vez más duras y menos animosas. El no tener lo que los otros tienen y vivir añorandolo nos hace personas frustradas y poco agradecidas y todo esto termina muchas veces en depresión, a veces con secuelas de por vida. Siempre se trata de mi voluntad propia: Yo quiero esto, quiero lo otro. Y la Voluntad propia, que deja poco espacio para que la vida nos coduzca, nos hace duros. Para muchos esta dureza y falta de aceptación les lleva a coger un arma y obtener con violencia lo que “por las buenas“ no consiguió y eso significa lucha, lucha por ser más y mejor, lucha con mi prójimo, lucha contra la naturaleza, lucha por codicia.

La ciencia ha podido demostrar que cada pensamiento es energía y que ninguna energía se pierde, ¿entonces dónde van todos esos pensamientos agresivos y violentos que he generado? Estos no sólo se emiten hacia fuera, sino que también se dirigen hacia adentro, hacia nosotros mismos, influyendo en cada celula donde quedan registrados, también en los nervios. Entonces la guerra que empezó en nuestros pensamientos contra el prójimo, termina siendo una guerra en mis órganos contra mí mismo; un órgano combate al otro, los nervios conducen esta conducta agresiva por todo el organismo, y al final enfermamos.

Siempre hemos sido nosotros mismos los causantes de lo bueno o malo que llega a nosotros, nunca es Dios o el prójimo el culpable de mi desgracia. Nada pasa por casualidad, pues existe la ley universal de causa y efecto, también llamada ley de siembra y cosecha, la que lo ordena todo, ya sea en esta vida o en la siguiente. Sin embargo cada día es una oportunidad irrepetible, cada día nos quiere sacar de los efectos que llegarán a nosotros; antes debemos ser capaces de reconocer lo que hicimos mal, perdonar y pedir perdón, y luego no hacer más lo reconocido.

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