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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

Linces y nonatos

Luis del Palacio
Luis del Palacio
miércoles, 25 de marzo de 2009, 11:16 h (CET)
Nadie va a discutirle a la Iglesia su derecho a protestar, a mostrar su disconformidad con el proyecto de la nueva ley del aborto. La libertad de expresión es una de las conquistas más excelsas de las sociedades democráticas y, gracias a ella, se han ventilado casos que otrora habrían quedado cubiertos por el velo espeso de la censura. Incluso a los llamados “antisistema”, no se les niega su derecho a proclamar sus ideas, siempre y cuando respeten a su prójimo (recordemos: el próximo), cosa que rara vez cumplen. Ghandi fue uno de ellos, aunque pacífico, y es de lamentar que su ejemplo no haya cundido.

La actitud de la Iglesia Católica en este y otros casos, resulta ser bastante “antisistema”, por no aceptar sin más un lugar común o una norma que la sociedad, en un momento histórico concreto, da por buena. No hay que olvidar que en muchos periodos de la historia de la humanidad civilizada han sido “normales” cosas que hoy consideramos aberrantes, como el “canibalismo gastronómico” de los mayas o, hasta hace relativamente poco, las ejecuciones públicas. Lo más revolucionario, lo progresista, era oponerse a esas prácticas, oponiéndose, de paso, a la grey (ni qué decir tiene las consecuencias que acarreaba una actitud inconformista o heterodoxa)…

La Iglesia –martillo de herejes- se ha beneficiado del derecho a la libertad de expresión, así como de otras virtudes democráticas que rara vez defendió. La institución misma es jerárquica, piramidal, y, desde luego, no democrática; sin que ello menoscabe su, en ocasiones, loable labor. Otras instituciones, como el ejército, tampoco lo son.

Hasta ahí, todo podría entenderse y ser plausible: la democracia, con todas sus imperfecciones, es un sistema que posee la inmensa virtud de acoger, de dar juego, a ideas o actitudes que se enfrentan a ella; con la única condición de que no se traten de imponer por la fuerza. Y aquí la Iglesia –por lo menos la española- parece resistirse a admitir que los tiempos han cambiado y que su antaño omnímodo poder ha disminuido.

La proyectada reforma de la ley del aborto es, sin duda, discutible; incluso puede admitirse que tiene errores de bulto, que entran en colisión con la lógica más elemental.

¿Cómo es posible, por ejemplo, que una menor pueda decidir por su cuenta y riesgo la interrupción de un embarazo, sin que se tenga en cuenta la opinión de los padres, cuando para todo lo demás está sujeta a su autoridad? ¿Es este, quizá, el primer paso para abolir el principio de la patria potestad?

Otra cuestión aberrante es la de los “plazos”: es punible matar un feto de trece semanas, pero perfectamente legal acabar con uno de doce. ¡Cosas veredes!

La actitud ante el aborto no debe resolverse en un foro, sino en la propia conciencia. Y contra lo que se afirma, no es un derecho –sólo existe el derecho a la vida- sino un hecho doloroso ante el cual se debe legislar.

El problema es que la Iglesia trata siempre de imponer su criterio, creyéndose valedora indiscutible de las cuestiones morales. En su campaña publicitaria contra el proyecto de ley ha incluido, a sabiendas, un sofisma, tratando de equiparar la protección de la vida humana con la del lince. Hace muchos años, antes de que se aprobara la ley del aborto en España, en otra multimillonaria campaña publicitaria, se espetaba: “No los matéis; dádmelos a mí”, junto a una foto de la madre Teresa de Calcuta. Todo un alarde de demagogia.

Afortunadamente, el “todos a la cárcel” ya pasó, y, desde hace más de dos décadas, el hecho –insisto: no el derecho- del aborto está regulado por la ley. Sólo que esa ley es susceptible de ser mejorada, y es dudoso que la que se pretende aprobar ahora lo vaya a hacer en modo alguno.

Es una lástima que la Iglesia no haya destinado los millones de la “campaña del lince” para hacer otra en África que proclame los beneficios del uso del preservativo en la prevención del SIDA.

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