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Etiquetas:   Perspectiva de Levante   -   Sección:   Opinión

El recurrente aborto

Domigo Delgado
Domingo Delgado
martes, 24 de marzo de 2009, 10:02 h (CET)
El asunto del aborto es para muchos como esa pesadilla que siempre vuelve, y para otros como esa historia interminable a la que se recurre cuando se han acabado “los conejos de la chistera”. De forma que uno de los crímenes más abyectos de la humanidad, como es matar al feto en el seno materno, se ha llegado a convertir en trofeo o logro de los “derechos cívicos” de la ciudadanía, en el orbe civilizado.

El aborto en nuestro país, ya gozaba de un estatuto jurídico bastante comprensivo, siendo así que ni las abortantes ni los médicos que las asistían acababan en la cárcel, salvedad de aquellas prácticas en chiringuitos abortivos, aún más crueles e inhumanas, que iban donde la ley no llegaba, porque realmente se incumplía la ley. Pero con los supuestos de despenalización del aborto, nuestro país se ubicaba casi en una especie de aborto libre, pues siempre quedaba la socorrida causa de afectación psíquica de la madre, cuya existencia o inexistencia era poco menos que indemostrable.

El tema ya era de por sí inadecuado, por inconstitucional, y sobre todo por inmoral, ningún ser humano tiene derecho a decidir sobre la vida ajena. Y mucho menos puede plantearse como un derecho de la mujer gestante, como dice cierto sector del feminismo, que tiene derecho a hacer con su cuerpo lo que quiera. Pero es que no se trata sólo de su cuerpo, sino del cuerpo y la vida de otra persona que se gesta en su seno. Por consiguiente, si se le da legitimidad abortiva a la mujer víctima de una violación, sería como legitimar a las víctimas de los delitos para que descarguen su ira y su frustración con otros, ni siquiera contra sus delincuentes sino contra terceros inocentes.

Desde el momento que el embrión es fecundado en el útero materno, se ubica el germen de un ser humano que sigue su desarrollo hasta que, cumplidos nueve meses, el cuerpo materno que lo acoge y nutre, lo alumbra como persona independiente. De forma que si nadie interfiere el desarrollo natural se desarrolla y crece un ser humano. Tal es así, que en las horribles imágenes de los abortos practicados se ve un ser humano morfológicamente claro, en tamaño diminuto (como una mano humana), pero tiene ya la conformación corporal humana, aunque aún falten el desarrollo de órganos vitales para su viabilidad independiente. Por consiguiente, la abortante no decide sobre su cuerpo, sino sobre el destino de la vida del ser que está formándose y creciendo en sus entrañas. ¿Por qué el Estado le reconoce ese derecho a eliminar el ser humano de sus entrañas?. Tal ley es moralmente ilícita, contraria al orden natural.

Pero por si esto fuera poco, por si no hubieran otros problemas en este país, que ya alcanza los 4 millones de parados, el gobierno vuelve a generar una apariencia pública de progreso cívico y social, justificando ese nefasto Ministerio de la Igualdad (nefasto por su ineficacia social, y por ser un ente doctrinario de la progresía más rancia), y plantea la presente reforma legal de la ley del aborto para instaurar una ley de plazos, llevando a cabo una nueva campaña publicitaria de los supuestos logros sociales, y avances para la mujer. Y mientras discutimos esto, no salimos a la calle a demandar empleo y mayor justicia social –como ya han hecho los vecinos franceses, de la mano de sus sindicatos-.

Porque además, hay que avisar, que en el fondo, en la práctica, casi nada va a variar con esta cacareada reforma legal, que como suele ser la política de Zapatero, tiene más de simbólica que de realidad práctica, ya que los abortos en España han aumentado exponencialmente en los últimos años, y realmente no es una demanda sentida en la calle.

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