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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Una situación dramática

Josefina Albert (Tarragona)
Redacción
martes, 24 de marzo de 2009, 10:33 h (CET)
Desde tiempos inmemoriales el mundo de los adultos se ha mostrado especialmente cruel con los seres humano más indefensos, sobre todo con los niños, nacidos y no nacidos, y con los viejos.

Unos mil años antes de Cristo, en Grecia, y más concretamente en Esparta, los niños podían ser desechados desde el momento de su nacimiento, si acaso se observaba que no eran aptos para la guerra. En la mayoría de los casos, se deshacían de ellos arrojándolos a un barranco desde el monte Taigeto. Y Roma no se quedaba atrás, según narra Tito Livio, que afirmaba que la roca Tarpeia cumplía la misma función con los niños considerados inválidos congénitos y con los ancianos. Tarpeia era el nombre de una virgen vestal que había traicionado a Roma, abriéndole las puertas de la ciudad a los Sabinos, a cambio de que le dieran lo que llevaban en sus manos, como así sucedió. Solo que en lugar de los brazaletes de oro, tal como la vestal esperaba, le dieron los escudos, con los que la aplastaron, despeñándola después desde la roca más alta de Roma, que tomó precisamente el nombre de «roca Tarpeia» en su honor, quedando para la posteridad como lugar de castigo para los traidores.

.En la misma Roma, aunque clandestinamente, tal como era costumbre entre los celtas de Irlanda, los galos o los escandinavos, se practicaba el sacrificio ritual de niños. Tan espeluznante conducta la recoge Plinio el Viejo, al hablar de hombres que trataban de conseguir «el tuétano de la pierna y el cerebro de los niños pequeños» para ofrecerlo a los dioses.

Los no nacidos no corrían mejor suerte. Las prácticas abortivas tenían como finalidad eliminar a la prole indeseada antes de que ésta naciese, con lo que se ahorraban matarlos después de nacidos. Es cierto que, según el Derecho romano, al nasciturus no se lo consideraba persona, razón por la cual en la Antigua Roma el aborto estaba permitido; pero, sin embargo, hay que señalar que se le reconocían al feto cuando menos algunos derechos, como era, por ejemplo, entre otros, que si la mujer embarazada estaba condenada a muerte, la ejecución debía posponerse hasta el nacimiento. Pues aquí y ahora, con la ley de la Ministra Aído, el niño no tiene ningún derecho; ni siquiera se le menciona.

Ayer precisamente –y enlazo con el título de este breve artículo- el Ministro Portavoz del Gobierno pronunció una frase que me dejó helada. Decía el Sr. Alonso, refiriéndole a la ley del aborto, que la mujer ante una «situación dramática» debe tener derecho a deshacerse del nasciturus, es decir, impedir que nazca, matándolo. Sí, sí, quitarle la vida en el vientre materno. Para la madre se trata de justificar la muerte de un ser humano (desde el primer momento está ya fijado el programa de lo que será ese ser vivo) debido a que se encuentra en una situación tensa y conflictiva, es decir, desgraciada y de difícil salida, como señala el Diccionario de la Academia al definir el artículo drama. ¿Y la situación del feto? Como no protesta, ni se queja, ni llora, la adolescente de 16 años embarazada, al margen de la «patria potestad» (paradójicamente suspendida en este caso), puede hacer de su hijo lo que quiera hasta deshacerse de él si le apetece. Hablemos sin eufemismos: el asesinato del feto es algo más que dramático; es un hecho que mueve a compasión y a espanto, con un desenlace tan funesto como es la muerte. Y eso se llama tragedia. Para colmo, el Ministro de Sanidad declaraba poco después que «abortar es un derecho de la mujer», es decir, que es legítimo y justo, ¿y dónde situamos los derechos del niño?

Pero aquí no termina la cosa. Como afortunadamente no estoy «curada de espanto» (y perdón por el coloquialismos) me he escandalizado mucho más al leer el comunicado del Director de la Estación Biológica de Doñana, criticando la campaña de los obispos a favor de la vida, porque no se le ha ocurrido otra cosa a la Conferencia Episcopal que denunciar que la vida de un lince está más protegida que la de un niño, como es evidente. Ha dicho textualmente el Sr. Hiraldo que «no es comparable la población del lince con la humana; la humana sufre de superpoblación». ¿Acaso, el Director de esa estación de Doñana justifica el aborto como método de control de la población? ¿Cómo se pueden oír cosas como estas y nos rasgarnos las vestiduras?

Se nos olvida una terrible historia y hay que recordarla una vez más para no repetirla. Durante la segunda guerra mundial, el aborto fue un instrumento de opresión del nazismo y del comunismo. Los nazis impulsaron, con la ley de higiene de la raza, una decidida política abortista con intencionalidad eugenésica o selección racial, lo cual incluía la esterilización de las personas catalogadas como «asociales». En 1938 un juzgado de Nuremberg autorizó que se practicasen abortos a los judíos, y en1943 el Jefe de Salud del Tercer Reich, Heinrich Himmler, dispuso ampliamente que «se podrá interrumpir el embarazo si la mujer embarazada lo desea». Era parte de un programa sistemático de genocidio a través de la Rasse und Siedlughshauptamt (Oficina Principal de Raza y Colonización), una agencia de las SS. El aborto llevó a la esterilización forzada, que a su vez llevó a la «eutanasia», que llevó a Auschwitz. Así de rotundo.

Ignoro adónde nos conduce esta terrible andadura, que, por otra parte, sospecho que ha sido cuidadosamente planificada. El camino es claro: primero se pervierte el lenguaje, se utilizan las palabras en sentido interesado y torticero o se sustituyen por eufemismos. La palabra manipulada, repetida una y mil veces, acaba «tomando cuerpo» en nosotros hasta que llega un momento que ni sentimos extrañeza ni nos escandalizamos al hablar de interrupción del embarazo en lugar de «aborto», llamar muerte digna a la «eutanasia», o evitar decir «ser humano» a lo abortado (obsérvese que feto significa también «persona muy fea», y lo feo hay que desecharlo). Luego, una vez «familiarizados» con ella, la palabra, inocente al principio, cambia las ideas, la maldad se enseñorea de la situación y para la barbarie apenas si queda un corto trecho. «Lo preocupante –decía Martín Luther King- no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos».

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