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Cárdenas y el cardenismo

Miguel Ángel Sánchez
Redacción
miércoles, 25 de marzo de 2009, 11:16 h (CET)
El 18 marzo de 1938, el gobierno del general Lázaro Cárdenas expropió la industria petrolera extranjera que operaba en territorio mexicano desde finales del siglo XIX y precipitó una crisis que por momentos pareció desembocaría en un conflicto armado entre México y los Estados Unidos. Las repercusiones de la medida configuraron uno de los episodios de mayor tensión en una relación históricamente difícil. En paralelo al conflicto económico y político derivado de la expropiación, se desató una intensa guerra de propaganda, quizá la faceta menos estudiada de esta colisión, dirigida a debilitar, eventualmente derrocar al gobierno del general Cárdenas, y sustituirlo con un régimen favorable a los intereses norteamericanos.

La Standard Oil montó lo que hoy llamaríamos un “cuarto de guerra” en sus oficinas de Rockefeller Center de Nueva York y contrató al publicista más feroz de la época. Desde ese cuartel se organizó el cabildeo en el Congreso y en la Casa Blanca para la intervención armada en México, se compraron plumas, espacios y prestigios, incluyendo el de la afamada revista liberal aún en circulación The Atlantic Monthly –frente a lo cual el affaire Forbes es una inocente travesura- e incluso se financió un periódico en la ciudad de México, El Economista. Todo orientado por una parte a convencer al gobierno norteamericano de que “el comunista Cárdenas” había puesto en riesgo la seguridad nacional en vísperas de una gran guerra, y a los mexicanos de que el General había destruido su economía. Es una historia larga y compleja. En el fondo, el terror de los barones del petróleo no eran las instalaciones industriales, que se demostraría valían el 10% de lo que se pretendía reclamar, ni el valor del petróleo en el subsuelo, sino la posibilidad de que el ejemplo de México cundiera en América Latina y se desatara una ola nacionalista y antiimperialista… como seguramente tienen hoy en mente los estrategas que anunciaron la visita del presidente Obama 24 horas después de la aplicación de sanciones comerciales al vecino del norte en represalia por el cierre de la frontera al transporte mexicano.
Han transcurrido 71 años de aquel episodio que dio lugar a uno de los símbolos de la mexicanidad. Ignoro si el General tuvo conciencia de los efectos futuros que tendría la expropiación: positivos como argamasa para la construcción de la identidad nacional; negativos porque se colocó a Pemex en una categoría mítica, casi sagrada, que impide ya no modernizar, sino tocar, esa empresa que presenta indicadores alarmantes de productividad, endeudamiento, eficiencia y endeudamiento.
Pese a que no tuvo una formación académica, el General desde muy joven dio muestras de haber comprendido el potencial movilizador de los medios. Quizá en su estancia juvenil como aprendiz de impresor esté la explicación. Como sea, vemos a Cárdenas en el gobierno de Michoacán aplicando técnicas de comunicación de masas; lo encontramos, al asumir la dirigencia del Partido Nacional Revolucionario, ordenando la reorganización tanto del periódico oficial El Nacional como del aparato radiofónico del partido, y en la Presidencia de la República tomando medidas para garantizar que la radio fuera el vehículo de su contacto con el pueblo. En este puesto perfeccionó el uso de ese medio y sólo por razones extraordinarias -y, hoy sabemos, políticamente inevitables- no le prestó suficiente interés al desarrollo de la televisión.
En diciembre de 1936, expide el decreto de creación del Departamento Autónomo de Prensa y Publicidad (DAPP), para coordinar los sistemas de publicidad y propaganda del gobierno “bajo una sola dirección y aplicados a realizar una obra continua de difusión de hechos y doctrinas de la mente pública”. En 1939 instruye al DAPP para organizar una “hora nacional” en la radio, de la que dice una investigadora: “El país cambiaba todos los días; la comunicación entre los distintos puntos del territorio era precaria. Los principales diarios de México atacaban a Cárdenas. Analfabetismo y aislamiento hacían de la radio el medio de mejor penetración para llevar hasta los lugares más apartados el mensaje del gobierno. Durante sesenta minutos, todas las radiodifusoras debían encadenar su señal. Domingo a domingo de diez a once de la noche la voz, en vivo, del Presidente o de los ministros, se oiría por toda la nación. El propio Presidente y el Congreso de la Unión fueron responsables del contenido. El espacio de esa hora sirvió para hablar de los problemas políticos más candentes en un periodo en que el país afrontaba serias adversidades debido a la oposición que despertaba entre los reaccionarios el proyecto nacionalista de Cárdenas.”
Una interesante observación: lo transmitido en La hora nacional, “era significante para la vida política de los ciudadanos”. Era. A la Hora Nacional le ocurrió lo mismo que a Pemex: se esclerosó y se congeló en el tiempo. ¿Será este totemismo la herencia maldita de nuestros antepasados indígenas?
Cárdenas se formó en la universidad de la vida. Era un hombre de una clara y abierta inteligencia que reconoció y se cobijó en la influencia intelectual de otros, como su amigo, correligionario y mentor, el general Francisco Múgica. Pero su rasgo sobresaliente, aquello que lo diferenció y le permitió llegar a la cumbre de su tiempo y trascender, fue una descomunal intuición política y una formidable capacidad para entrar en sintonía con la masa. Ello explica la permanencia, al día de hoy, de la figura de Tata Lázaro. Sin embargo y quizá por razones parecidas pero en sentido inverso, el cardenismo trascendió como lema de la revolución mas no como doctrina para la construcción del país que soñaron los constituyentes de 1917. Es incontestable que el cardenismo tuvo un sonado éxito en su estrategia de propaganda para movilizar a las masas. La política de comunicación del régimen hizo de la figura del General un icono que trascendió a su sexenio. Sin embargo, no se puede pasar por alto que, al igual que en otros regímenes populistas, tuvo en el trasfondo un algo de debilidad estructural que parece tener que ver con un sobredimensionamiento del alcance verdadero del medio.
En septiembre del 2007, durante una entrevista con el sociólogo inglés John B. Thompson (autor de El escándalo en los medios) me dijo algo que podría explicar por qué el aparato de propaganda montado por el cardenismo se diluyó en los regímenes posteriores: “No se debe oscurecer el hecho de que el desarrollo de la comunicación mediática es, en un sentido fundamental, una reelaboración del carácter simbólico de la vida social, una reorganización de las formas en las que el contenido y la información simbólicas se producen e intercambian en la esfera social, y una reestructuración de las maneras en que los individuos se relacionan unos con otros y consigo mismos. Si el hombre es un animal suspendido en tramas de significado que él mismo ha urdido, entonces los medios de comunicación constituyen las ruecas del mundo moderno y, al utilizar estos media, los seres humanos se convierten en fabricantes de tramas de significado para consumo propio.”
En otro trabajo he reflexionado sobre la paradoja de la importancia que atribuimos a los medios en la democratización de las sociedades y la importancia relativa que éstas dan a aquellos, y me lleva a la reflexión de que, en tal contexto, el valor de los medios estriba quizá más en su carácter político que en su naturaleza comunicadora o de difusión. En la gran mayoría de los ejemplos de penetración e influencia de los medios en los procesos sociales —de casi cualquier sociedad— se puede identificar una actuación política de los medios.
Molcajeteando…
Me dice un amigo que Albert Einstein tuvo su propia visión de lo que es una crisis y de cómo se resuelve. No me consta que el autor de la teoría de la relatividad haya escrito lo que sigue, pero ciertamente tiene un atractivo tono einsteiniano:
“No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos.
La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar 'superado'.
Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias violenta su propio talento y respeta más los problemas que las soluciones. La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia.
El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos.
Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia.
Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora: la tragedia de no querer luchar por superarla.

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Miguel Ángel Sánchez de Armas. Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla. México.

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