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La crisis como oportunidad

Pascual Falces
Pascual Falces
domingo, 22 de marzo de 2009, 10:58 h (CET)
Nuestra generación vivió con la caída del muro de Berlín en 1989, el atronador fracaso de la empresa pública estatal preconizada por la pesada burocracia del marxismo leninismo. Le sucedieron unos años que se prometían felices de libertad económica e instauración democrática en que la gallina de los huevos de oro parecía haber abierto las puertas definitivamente al Estado del bienestar. Todo era cuestión de tiempo, y, paulatinamente, seguir el modelo de liberalismo económico de los Estados Unidos de América y de la Unión Europea en el resto del mundo.

De tal modo, y cada vez más abatidas las fronteras, las líneas de desarrollo para la globalización armónica de los grandes bloques del mundo –incluidos los llamados “emergentes”-, parecían trazadas. Como quien dice, después de siglos de calamidades y conflictos bélicos, la humanidad había topado con el camino de la gloria, y la moneda única iba llenando progresivamente los bolsillos de “los pobres del mundo”, que ya sólo cantarían La Internacional en los deslucido mítines de campaña electoral de los socialdemócratas. ¿Sería posible que el hombre hubiera discurrido algo, por fin, en provecho propio? ¿Habría dado con el antibiótico eficaz para todas sus miserias?

Más, hete aquí, que, tras algunos malos augurios derivados de las críticas al neoliberalismo, el sueño comenzó a tambalearse, y algunas grietas amenazaron ruina, y la temida “crisis” se hizo presente. Lo que eran pretendidos modelos de eficacia, los gigantescos bancos norteamericanos, amenazaron derrumbarse como castillos de naipes, y se ha asistido al ultrajante espectáculo de ver a sus ejecutivos cobrando primas multimillonarias por una gestión que se puede calificar de todo menos de eficaz. Los bancos centrales están teniendo que inyectar miles de millones en la empresa privada para sostenerla y evitar la catástrofe. Lo que sería asistir a la caída de otro muro, el de la iniciativa privada.

Si se mimetizara la actitud sostenida frente al derrumbe del sistema socialista, dejarla caer, equivaldría mantener el veto a la empresa pública lo que representa obviamente una exageración. Un grave error, incluso para un lerdo en macroeconomías. Porque, entonces, ¿con qué no nos quedamos? Siempre se ha hablado de que cuando no sale “la cuenta de la vieja” –la que se hace con las yemas de los dedos-, las demás tampoco sale-, ¿será cierto?...

Aquí se llega a un lugar en que “enterados” y profanos, “nóbeles” y auxiliares administrativos, están en el mismo lugar, de ignorancia... ¿Qué hacer? Eliminado el marxismo, no podremos salir de la crisis -y menos aprovecharla para salir de la pobreza- si no entendemos que “el capitalismo sólo puede funcionar con el esfuerzo conjunto y coordinado de la empresa pública y de la privada con la intervención del Estado”, según afirma Ram Israel Emanuel, el más importante de los asesores políticos de Barack Obama. Es decir, como si hubiera habido y acabado la Tercera Guerra mundial, pero sin bajas ni desastres. Como volver a empezar. Según se ve, se entiende y se deduce, el tema es para tomarlo así de seriamente. Por fortuna, y como se dice, “para darse con un canto en los dientes”, además. Esta es la oportunidad.

La crisis, así vista, es una ocasión; “si se coge el toro por los cuernos”. Todo, menos hacer el payaso subido en una silla, impávido, cruzado de brazos, cobrando a fin de mes -siempre hay de donde hacerlo-, y teniendo previsto el portón de escape si la cosa se pone mal, muy mal; mal del todo. Ya existen antecedentes: cuando España se hunde siempre hay cajas de caudales que forzar, barcos que fletar, y lugares donde refugiarse como víctimas.

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