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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El latex enfrenta a Europa con el Papa

Miguel Massanet
Miguel Massanet
domingo, 22 de marzo de 2009, 10:58 h (CET)
Resulta alucinante el grado de miopía de algunos países cuando se trata de juzgar a la Iglesia Católica y a su supremo representante, el Papa, SS. Benedicto XVI. Y resulta todavía más sorprendente el poder comprobar que, en esta materia religiosa, los detractores más furibundos se caracterizan o por ser agnósticos o ateos, muchos de ellos (tenemos buenos ejemplos en nuestros dilectos progresistas de la farámbula) que se atreven a opinar sobre temas que les son ajenos con la misma temeridad que les confiere su fanatismo anticlerical. El hecho de tratar con tanta frivolidad una cuestión que tanta trascendencia tiene para millones de personas que profesan la fe católica, demuestra la facilidad con la que algunas instituciones se han lanzado a juzgar las palabras de Benedicto XVI, sin tener en cuenta que éstas están destinadas al mundo católico, con el propósito de que sirvan de norma de conducta a los feligreses que integran la comunidad de los seguidores de Cristo. Porque resulta ofensivo, un verdadero ejercicio de prepotencia y falta de respeto para la inteligencia el considerar que los millares de personas insignes, científicos famosos, literatos eximios, misioneros propagadores de la fe cristiana y demás personas que la profesan, sean personas sin cultura y que, por eso, hayan aceptado la fe sin haberlo meditado profundamente e impelidos por el mensaje de amor y solidaridad que se desprende de los Evangelios.. No comprenden, quienes se escandalizan de las palabras del Papa que, precisamente por su condición de Sumo Pontífice de la Iglesia, tiene la obligación de denunciar con valentía cualquier lacra que atente contra la dignidad del hombre y la moral cristiana. Es como, para poner un ejemplo, que los de un partido político pusieran en cuestión el derecho de los de otra formación de siglas distintas, a mantener ideas opuestas a las suyas.

Es chocante que esta beligerancia, que tanto se prodiga entre los eternos detractores de los católicos –una religión que, no olvidemos, reniega de la violencia, de las guerras, de las imposiciones dogmáticas y de cualquier coacción, del tipo que sea, que coarte el libre ejercicio de los derechos individuales y de la libertad de las personas –, no se dé, en igual medida, contra de otras creencias practicadas por gentes de culturas muy distintas a las de la vieja Europa, entre las cuales se imponen usos, preceptos y mutilaciones que repugnan a nuestra civilización occidental. Aunque a algunos les duela y les sea imposible entenderlo, toda Europa está impregnada de la cultura cristiana, desde el Derecho Civil hasta los más ancestrales usos, rutinas y tradiciones que nos fueron legados por Roma a través de su vasto imperio. La mayoría de los países europeos están saturados de la herencia cristiano romana, que nos fue trasmitida, de generación en generación, desde los tiempos del emperador Constantino de Bizancio. Esta cultura, que nos legaron nuestros ancestros, fue la que sustituyó a las distintas formas de vida de los primitivos pueblos instalados en la península Ibérica al ser ocupada por las legiones romanas..

El que las walkirias del gobierno germánico se hayan escandalizado porque el Papa haya manifestado, en una alocución a los cameruneses, que “ponerse un preservativo no es el remedio para el sida” o que la ministra belga de Sanidad se haya sentido “estupefacta y consternada” o que el señor Kazatchkine, director ejecutivo del Fondo Mundial de lucha contra el sida, las haya tildado de “inaceptables, una negación de la epidemia”; no hacen más que confirmar el desconocimiento, la hipocresía, la animadversión y la ceguera política de todos estos fantoches del progresismo, que confunden la enfermedad del sida, sus causas y sus manifestaciones, con la medida preventiva sacralizada en la funda fálica de latex, usada para evitar el contagio por la vía venérea. Sin embargo, existen tres formas aceptadas de contagio del VIH, de forma que, aparte de la transmisión por el acto sexual, se puede propagar por la relación materno filial durante el embarazo y( aquí es donde existe el verdadero peligro en países donde, por sus especiales circunstancia de pobreza, de falta de higiene y de escasez de medicinas, el Sida se ha convertido en algo endémico) por medio del contacto con sangre contaminada (jeringuillas, transfusiones etc.); lo que no quita que el verdadero origen de la enfermedad, su puesta de largo dentro de la medicina, por mucho que ahora se pretenda disimularlo, fue en 1981 y, precisamente, entre homosexuales.

Lo que sucede es que a nadie le interesa decir que, el condón, tampoco es el remedio infalible contra el contagio del VIH, porque tanto su mal uso, como sus posibles roturas, la porosidad del latex, el minúsculo tamaño del VIH y las circunstancias que muchas veces están relacionadas con el acto sexual, como son el exceso de bebidas o las drogas, pueden dar lugar a que la medida resulte insuficiente para evitar el contagio. Pero lo que no podemos olvidar, que es la base de las palabras del Papa, es que la religión católica no puede admitir que sus fieles puedan incurrir en semejantes prácticas aberrantes ni la utilización de cualquier tipo de adminículos que puedan impedir la fertilización del óvulo femenino. El Papa no se mete en política, pero tiene la obligación, derivada de su condición de Pastor de la Iglesia, de advertir y orientar a los católicos respecto a aquellas desviaciones que puedan afectar a sus deberes como tales y, sin duda, tanto los preservativos como los dius u otros artilugios que puedan impedir la concepción, que no sean medios naturales como la abstinencia o el practicar el sexo sólo en los periodos en que la mujer no es fecunda; son contrarios a la Ley que nos trasmitieron los evangelios. Resulta inútil insistir en que, cualquier otro tipo de relaciones de tipo homosexual, como se cae de su propio peso, constituye una violación grave de la doctrina cristiana.

Otra cosa es que las palabras del Papa no tengan ninguna fuerza coercitiva o pastoral para los que no se sientan católicos y, por ello, llama la atención el que tantas naciones y tantos mandatarios se hayan sentido aludidos por las palabras de su santidad. A mi se me ocurre que, mal que les pese, todos ellos saben que la autoridad moral del Sumo Pontífice mueve montañas y que, sus palabras, calan hondo en muchas conciencias incluso de personas que no son católicas. Por ello los eternos contestatarios anticlericales e inveterados detractores de la Iglesia, cuando, como ocurre en esta ocasión, se sienten escocidos, buscan por todos los medios deslegitimar a Benedicto XVI, molestos por su valentía y franqueza. No se enteran de que, por mucho predicamento que tengan en esta sociedad permisiva del momento, tanto los que defienden la homosexualidad como los criminales que pretendan implantar el aborto libre; nunca van a poder contar con el apoyo, el reconocimiento o la aceptación de los católicos; otra cosa es que, en ejercicio de la caridad cristiana, aquellos que se arrepientan puedan contar con el perdón que la penitencia les podría conceder.

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