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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

Del cartel de la Conferencia Episcopal

Mario López
Mario López
sábado, 21 de marzo de 2009, 12:13 h (CET)
El cartel publicitario antiabortista de la Conferencia Episcopal ha suscitado infinidad de críticas. La mayoría de ellas, bajo mi humilde punto de vista, justas, oportunas y plausibles. Casi todas hacen hincapié en la absoluta falta de respeto que manifiesta su mensaje al enorme esfuerzo que se está llevando a cabo en nuestro país por amparar la biodiversidad y el derecho a la interrupción del embarazo no deseado.

Además, yo añadiría la manifiesta frivolidad de los curas al confundir el cachorro de un lince español –cuya supervivencia es precaria- con el lince boreal que es el que aparece en el cartel y que goza, como especie, de una salud envidiable. Bien es cierto que el oficio clerical sólo entiende de dogmas y misterios y, por consiguiente, no debemos exigir ningún rigor intelectual a sus practicantes. Es como si exigiéramos al entrañable mago Juan Tamariz que nos desvelara los secretos de su magia al finalizar su actuación. Hay oficios cuyo sentido reside primordialmente en la permanencia del secretismo. Pero ni el lince del cartel está en peligro de extinción ni en este país se consiente poner en riesgo la vida del bebé que le acompaña. Lo que en este país sí está penalizado es la publicidad falsa. Esperemos, por tanto, que nuestro Estado de Derecho funcione y los poderes públicos a quienes corresponde velar por el cumplimiento de la ley actúen con eficacia. Si se me permite un comentario humorístico me gustaría añadir que si la Iglesia entiende que un embrión es un ser humano sin voz, también tenemos que aceptar que lo es un espermatozoide. Pues bien, si el aborto supone una condena a la pena de muerte para el embrión, también tendremos que convenir que la castidad es una condena a la cadena perpetua para el espermatozoide. Y ya, puestos a elegir condena, me remito a la canción de Javier Krahe, "La hoguera". Si en su día, cuando yo era un espermatozoide me hubieran dado a elegir entre pasar el resto de mis días en los testículos de mi padre o conocer, al menos, la excitante experiencia de correr gozosamente a lo largo de su uretra, yo hubiera elegido lo segundo. Así que, entiendo que para el espermatozoide es mejor la masturbación que la castidad. Si, además, me hubieran ofrecido la posibilidad de conocer el útero de mi madre, también lo hubiera aceptado gustosamente. Por lo que prefiero, por respeto al espermatozoide, el coito a la masturbación. Y si me hubieran ofrecido la posibilidad de crecer hasta alcanzar la placentera vida embrionaria, también me hubiera apuntado a ello. Y si, por fin, me hubieran dado la posibilidad de salir del claustro materno para enfrentarme a la vida, ahí, mire usted, ya me habría asaltado la primera duda. Y, en muy buena medida, gracias a los curas.

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