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Etiquetas:   Políticamente incorrecta  

La última monada de Garzón

Almudena Negro
Almudena Negro
@almudenanegro
sábado, 21 de marzo de 2009, 12:13 h (CET)
Se ha vuelto a quedar con las ganas. Baltasar Garzón, socialista, juez estrella, conferenciante millonario y cazador de lo que se tercie ha sido descartado por el Consejo General del Poder Judicial que preside Carlos Dívar de la terna de candidatos a presidir la Audiencia Nacional. Es la historia del eterno aspirante. La historia del mediocre –ahí están sus gloriosas instrucciones- que aspira a alcanzar puestos a los que no debería de optar si de capacitación profesional se tratase. Claro que en esta España nuestra ya sabemos que hay dos formas de llegar a la cúspide profesional: trabajo y esfuerzo, las menos, enchufismo y sectarismo partidista las más.

Garzón, plenamente consciente de ello, no ha dejado de protagonizar portadas y portadas de diarios, semanarios y revistas durante las últimas décadas. Que si posado con un mono por aquí, que si foto con muflones abatidos por allá, que si quítame allá estos narcos voladores, que si los indígenas ecuatorianos, que si ahora voy y descubro en pleno siglo XXI que Franco ha muerto, que si Aznar es un asesino, que si Botín financia (Garzón “obtained”) mi curso americano, que si… salvo en la portada de prestigiosas revistas jurídicas el inefable magistrado, toda una estrella mediática sólo comparable a Paris Hilton, no ha estado ausente en ningún momento de los medios de comunicación.

Aspirante a ministro bajo los últimos gobiernos de Felipe González –era la época en que los españoles nos desayunábamos a diario con un nuevo escándalo de corrupción-, a los que llegó de la mano de su amigo y compañero en el llamado “caso del lino”, del cual fueron absueltos todos los populares sometidos durante años a desprestigio, José Bono, regresó a su plaza en la Audiencia Nacional después de su breve paso por la política. Alguno de los imputados por Garzón en el montaje del lino, como Loyola de Palacio o Carlos Moro, no vivieron lo suficiente como para enterarse de su absolución. Ni Bono ni Garzón han pedido disculpas a sus familias.

Decía yo que Garzón fue aspirante a superministro socialista en la década de los noventa. Como Felipe González, trilero de la política que presentó al juez estrella como prueba del “cambio del requetecambio del cambio que no cambia” y que no se fiaba, con razón, del instructor del sumario de los GAL, le negó aquello de lo cual Baltasar y su ego se creían merecedores, regresó el juez a la Audiencia Nacional, retomó los asesinatos de los GAL, el robo de los fondos reservados y el secuestro del ciudadano francés Segundo Marey y por poco sienta en el banquillo al Presidente del Gobierno. Eran los últimos años del felipismo.

Aspiró, ya con su odiado José María Aznar en el Gobierno, don Baltasar nada menos que a compartir premio Nobel de la paz con el terrorista Yasser Arafat, primo del muftí Husseini, el cual se encargó en su día personalmente de comprobar que en Auschwitz los niños judíos eran convenientemente exterminados. La siempre políticamente correcta Pilar Urbano consagró su figura mediante una en mi opinión bochornosa hagiografía que José Díaz Herrera se ha encargado de poner en su sitio con el libro, de obligada lectura para conocer al personaje, “Garzón: Juez y parte”. Recabó apoyos entre los habituales: titiriteros de la ceja como Joaquín Sabina, Ana Belén y Víctor Manuel, Miguel Ríos o escritores como Ernesto Sábato. Supongo que hoy, conocidas las presuntas irregularidades dadas a conocer por el diario “El Mundo” cometidas por el cazador de muflones estarán más que arrepentidos. O no.

El caso es que Baltasar, como siempre, se ha quedado con las ganas. Lo peor de todo es que ya sabemos cómo reacciona el chico cuando no se le conceden sus caprichitos: rabieta monumental. A ZP no le debe de llegar la camisa al cuello.

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