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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Crítica a la política impura

Wifredo Espina
Wifredo Espina
@wifredoespina
domingo, 22 de marzo de 2009, 10:58 h (CET)
No hay indiferencia de los ciudadanos hacia la política, sino hacia determinada forma de entender y hacer política. No hay desapego de la ciudadanía por los políticos, sino por el comportamiento de determinados políticos. Ante grandes decisiones, que le afectan, la gente acude en masa a las urnas y a manifestarse a cara descubierta.

La indiferencia y el desapego surgen ante la política impura. Cuando en nombre de la política se hace, o se pretende, otra cosa. Cuando la concepción sobre el gobierno de la sociedad o las actividades prácticas relacionadas con la gestión de los asuntos públicos, se desvían de su verdadero fin, que es la consecución y la administración del bien común de los ciudadanos.Éstos tienen toda la razón al rechazar aquel concepto y estas actividades.

Estamos ante un política impura por su concepción, sus fines y sus prácticas. En la vida no hay nada puro, pero debe tenderse al mayor grado posible en lo que hacemos.Y la política puede devenir facilmente en impura por diversos motivos.

Deviene impura cuando se desvirtúa su noble afán de servicio público, cuando es un mero instrumento para conquistar o conservar el poder, cuando pretende ser una forma de dominio de la sociedad, cuando se quiere secuestrar ésta para imponerle una cierta ideología minoritaria, cuando se la condiciona a intereses de grupo o partido, cuando es un medio de servir intereses propios, de influencia o riqueza, o cuando cae en la corrupción.

Una política impura, aunque se llame política y use con frecuencia algunos de sus medios, no es realmente Política. No merece ningún respeto. Y los que la sirven son dignos de rechazo. La gente, globalmente, tiene intuición para saber distinguir. Cuando hay causas nobles para el bien común y líderes sociales que sepan recogerlas, explicarlas y ponerse a su servicio, estamos ante los verdaderos políticos.

Decía Ortega y Gasset que “la obra del intelectual aspira –a menudo en vano– a esclarecer un poco las cosas, mientras que la del político consiste a menudo en hacerlas más confusas”. No es confundir a los pueblos la misión del político verdadero.

Más bien se acerca a lo que prescribe otro filósofo, José Antonio Marina: “al final he llegado a la conclusión de que el logro máximo de la inteligencia es la ética y su realización práctica, que es la bondad”. La inteligencia del buen líder, por tanto, sería llevar a la sociedad hacia la ética práctica: la bondad colectiva, por los caminos de la verdad, la justicia y la solidaridad.

Sería el logro soñado de la política pura, de políticos competentes, comprometidos con la sociedad y honestos.

Pero en tiempos de indefinición de conceptos, de inestabilidad de ideales y de relativismo de valores, la pureza y honestidad de las políticas no son frecuentes. Las conductas políticas se justifican por su utilidad a corto plazo, se aplican de forma convulsiva, sin afrontar en profundidad los problemas de calibre y a largo plazo.

Así ocurre, en general, con nuestros políticos y sus políticas, A estas alturas no sabemos aún qué es la España inacabada, el Estado de las autonomías, ni qué son y cómo encajar Galícia, Euskadi y Cataluña, por citar los ejemplos más flagrantes y de preocupación.

El exceso de política partidista, mediocre y con mirada obsesiva en las próximas urnas forma parte de la política impura. Esta forma de hacer política impura, al hilo de la actualidad de los últimos años, es la que estas páginas pretenden analizar y criticar, con una libertad de expresión incómoda para casi todos.

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Wifredo Espina. Comentarista político y exdirector del Centre d’Investigació de la Comunicació.

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