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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Sobre la corrupción y la Justicia

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 18 de marzo de 2009, 13:03 h (CET)
“Confío en la Justicia...” es una muletilla harto repetida por los importantes personajes que, antes de tener que rendir cuentas como encausados ante un tribunal, se aplican la eximente completa ante los medios de comunicación. Sin embargo, a mí estas manifestaciones me parecen cualesquiera de las dos siguientes cosas: o de una candidez meridiana —cosa increíble en un político, entre cuya clase la candidez era verde y se la comió un burro—, o una maniobra de diversión, porque le han pillado in flagranti y algo ha de decir.

No; nadie que conozca la llamada Justicia en España —los tribunales— puede confiar en ella, sencillamente porque es imposible: puede pasar cualquier cosa. Ahí tienen las sentencias que cada día se dictan por los tribunales de cualquier índole en cualquier provincia, resultando cada cual más atípica que la anterior. No existe un modelo o una línea mínimamente coherente en el conjunto de las sentencias, pudiéndote encontrar lo mismo a un raterillo condenado a galeras por una sustracción mínima que un gran capo del choriceo exento de culpa, o con una condena mínima por sustraer unos miles de milloncejos de las arcas públicas o del negociete en el que estaba metido hasta el corvejón. Ni siquiera existe una línea procesal donde el encausado sepa de antemano qué es necesario o no para demostrar inocencia —si es que le cae en suerte la cosa esa de tener demostrar inocencia, en vez de que quien le acusa demuestre culpabilidad, como debiera ser—, de modo que nadie puede predecir qué sucederá, testifiquen lo que testifiquen las pruebas: igual pueden ser rechazadas arbitrariamente pruebas básicas para la demostración de la inocencia o la culpabilidad, que aceptadas como evidencias auténticos disparates o testimonios más que dudosos, y, en todo caso, basta con una coletilla del tipo “queda demostrado...” en la redacción de la sentencia, y listo, aunque lo que quede teóricamente demostrado que es de noche cuando luce el más esplendente sol en un cielo azul y diáfano. Caer en las manos de la Justicia, en fin, es hacerlo en las manos de un juez, y ahí cuentan mucho más cosas tales como la política o las influencias —si el personaje es importante—, o lo bien o lo mal que le caigas al juez: todo lo demás, son elementos circunstanciales. Ni siquiera en España es preciso demostrar culpabilidad (que debiera ser imprescindible para condenar a alguien, digo yo), sino que basta con una aberración tal como los “indicios”. ¿Y que son los indicios, se preguntarán?...: pues eso, lo que al juez se le cante.

En estos días se habla constantemente de muchos asuntos relacionados con la Justicia —¡y cuándo no!—: que si huelgas porque sus señorías quieren más..., que si independencias del Poder Judicial..., que si casos de sentencias curiosas o disparatadas..., que si persecuciones políticas..., que si cadena perpetua..., etcétera. Demasiado es demasiado para quien debiera pasar desapercibido, pero lo es porque todo lo que se refiere a la Justicia en España parece excesivo, y no siempre para bien. La mejor Justicia posible sería aquella que se sabe que existe y se aplica, pero que no ocupa jamás un titular, porque sus sentencias son coherentes, equilibradas y justas. Lo mismo que un árbitro, vaya, que el mejor es aquél que no se nota que esté siquiera.

Atajar la corrupción no puede ser mejor visto, así por el ciudadano de a pie como —supongo— por los mismos partidos políticos, quienes verán muy santo y más bueno, y hasta aplaudirán el hecho de que la Justicia o el Altísimo les libre de corruptos, golfos y sinvergüenzas que enlodan el buen nombre del partido. Nada es más deseable que eliminar esta ancestral lacra de España que está devorando al Estado; pero lo malo, tal y como están las cosas, es que la tarea la lleven a cabo los mismos tribunales y los mismos jueces que ya estaban vigentes cuando ésta comenzara, allá por el principio de los ochenta, cuando se institucionalizó. Echen un vistazo a los periódicos de la época y verán: que si Guerra Sucia..., que si el papel del BOE..., que si Filesa..., que si Times Sport..., que si bolsas de basura atestaditas de billetes de curso legal..., que si abonos en B para obtener licencias de apertura o permisos de Industria o Sanidad..., etcétera. Y todo aquellos prohombres que perpetraron tales desmanes e institucionalizaron este nefasto y punible proceder se han ido de najas como si tal cosa, si es que no salieron inocentes de los pocos casos en que alguno de ellos llegó a los tribunales por el manifiesto escándalo. Hoy, lamentablemente, pero debido a aquello, pocos lugares hay donde se pinche y no salte la pus, aunque sea un ayuntamiento de un pueblo que no viene ni en los mapas: si a aquéllos no les sucedió nada, ¿por qué a estos sí, precisamente ahora que todos aquellos flagrantes delitos han prescrito y sus responsables no pueden ser encausados, algunos de los cuales aún gozan de inmunidad parlamentaria?...

Ya he dicho en otros artículos —y uno siempre es esclavo de su palabra— que España debe terminar con la corrupción antes de que la corrupción termine con ella, y no sólo me sostengo, sino que me reafirmo: hay que ir hasta el final, y terminar con todos, todos los corruptos y los corruptores, sin excepción. Y sin excepción es sin excepción, incluso desarrollando leyes especiales que permitan —por memoria histórica reciente— la persecución de aquellos delitos que por ahora han prescrito sin ser perseguidos siquiera. Sería una excelente manera de que España tuviera un porvenir de manos limpias y no se cayera en el sofisma irremediable que se persigue según a quién y cómo.

Pero esto, naturalmente, es una entelequia, algo sencillamente imposible, aunque se legisle a contra España para otras cuestiones que sí interesan, como esa de la proscripción de ciertos partidos o culpabilizar al hombre de antemano, discriminándole por su condición de género. Por eso, porque quienes juzgan son los jueces que tenemos con el sistema abyecto que tenemos, soy de los que creen que eso de “confío en la Justicia...” es casi la auto aplicación de un eximente completo... por si cuela. Lo demás, eso de que estos jueces tengan la posibilidad de decretar la cadena perpetua o penas tan inhumanamente atroces, no me produce miedo, sino pánico. ¡Qué horror!

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