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Salud sexual y reproductiva

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 19 de marzo de 2009, 13:57 h (CET)
La nueva Ley del Aborto que el Gobierno, por desgracia, aprobará en breve no es sólo una ocurrencia de nuestros políticos “progres” sino que se inscribe en la deriva general propiciada por la ONU, hacia una sociedad distinta en la que vayan transformándose y desapareciendo todos los valores que sustentaban la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, en un trabajo de ingeniería social diseñado por poderosas minorías y potentes intereses.

La Conferencia del Cairo de 1994 sobre población puso en marcha el término de salud sexual y reproductiva, ambiguamente definido para que coexistan bajo la misma etiqueta las interpretaciones más contradictorias: la maternidad, la contracepción y el aborto, la esterilización voluntaria o la fecundación in vitro; las relaciones sexuales dentro o fuera del matrimonio, a cualquier edad y en cualquier circunstancia.

La salud sexual y reproductiva ha sido el vehículo a través del cual se ha ido produciendo la aceptación social del aborto y la revolución sexual, con el patrocinio de poderosas industrias farmacéuticas y el apoyo de científicos neo-maltusianos, empeñados en reducir la población del mundo, hasta el punto de ligar las ayudas al desarrollo a la disminución de la natalidad incluida la esterilización.

También está sirviendo para destinar ingentes recursos a la investigación embrionaria, disfrazada de reproducción asistida. Lo de reproducción asistida va mucho más allá de una ayuda médica para facilitar que los matrimonios (parejas en la terminología actual) puedan conseguir un embarazo. Las clínicas solicitan la donación de óvulos y espermatozoides a cambio de una compensación económica por las molestias. Es decir, se fecundan en laboratorio óvulos y espermatozoides de personas desconocidas y luego se implantan en una señora o en un vientre de alquiler. Cuando estos embriones lleguen a personas y se pregunten quiénes son, qué pasará.

La adopción es una vieja y respetable institución en la que el adoptado, normalmente llegaba a conocer que quienes lo habían cuidado no eran sus padres biológicos y muchas veces buscan con ahínco llegar a conocerlos. Recuerden el programa televisivo de Paco Lobatón. Los nuevos niños, productos de laboratorio, nunca llegarán a conocer a quienes le traspasaron su código genético. Seguramente tendrán muchos hermanos o medio-hermanos que no conocerán y con los que incluso podrían llegar a casarse.

Con la excusa de la salud sexual se está incitando al ejercicio de la sexualidad a cualquier edad y en la más repugnante promiscuidad. La niña de pocos años que tiene un hijo cuya paternidad reclaman varios chicuelos es el más fiel retrato de esta sociedad desnortada y sin valores. En el espacio de TV en que aparecieron, la presentadora no tuvo otra ocurrencia que decir que no se hace suficiente publicidad sobre el uso del preservativo. El que una niña entregue su cuerpo a cualquier chico (o adulto) parece algo banal, lo importante es que no usaron el preservativo.

Menores que no podrían suscribir un contrato de trabajo, ni comprar, vender o hipotecar, pueden mantener una actividad sexual sin cortapisas. Pueden autodeterminarse sexualmente sin son mayores de trece años y ahora podrán abortar sin conocimiento de sus padres sin tienen más de 16. Qué podremos pensar de estas leyes disolventes. Pues se van introduciendo en esta sociedad gregaria y adormecida que se derrite por ser “proge” y no quiere defender otros valores para que no les digan “fachas”.

La revolución sexual no tiene nada de progresismo real para hacer una sociedad mejor y más justa. Sus resultados están a la vista. La defensa de la familia, del amor, del dominio de sí mismo, del respeto al propio cuerpo y al cuerpo de los demás, de los derechos de los padres a educar a sus hijos, no tiene nada de fascismo y sin duda conseguiría mejorar el ambiente.

No nos dejemos amedrentar por la trompetería de los medios. Reflexionemos cada cual con nuestra propia cabeza, que la tenemos para pensar y no para asentir estúpidamente a lo que nos propongan.

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