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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Defensa de la abstención y el voto en blanco

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 18 de marzo de 2009, 13:02 h (CET)
Cuando uno se percata de que en esto de la política no parece que exista ni un ápice de honorabilidad, de sentido común y sensatez; empieza a dudar de si el sistema de gobierno que nos hemos dado o, mejor dicho, que nos han obligado a aceptar aquellos que siempre han tenido en sus manos los destinos de la nación, no directamente ni dando la cara, sino desde detrás de las bambalinas, manejando los hilos sutiles de las influencias, manipulando con habilidad los centros de poder y comprando las voluntades de los políticos; una tarea que se consigue controlando las cantidades que se les ceden a los partidos para financiar sus costosas campañas y jugando con las ambiciones de poder de sus líderes, fueren de la ideología que fuesen –que para hacerse con él estarían dispuestos a vender su alma al Diablo, si fuera preciso –; se plantea si vale la pena seguir alimentando tal modelo de sociedad, ayudando con el voto a que se perpetúen en el poder toda esta pléyade de sanguijuelas que han aprendido a sacar provecho de la buena fe de los ciudadanos para, valiéndose de su habilidad para vender unas ideas que nadie medianamente sensato pudiera refutar, dada su aparente sensatez y bondad; auparse a los estrados destinados a los dirigentes de las instituciones del gobierno de la nación, desde los cuales pueden olvidarse de sus promesas electorales para dedicarse, en el mejor de los casos, a imponer sus particulares criterios de cómo debe gobernarse una nación.

Son muchas las teorías que se han planteado sobre si los ciudadanos deben acudir a las urnas a emitir su voto; se han formulado distintas formas de calificar a aquellos que se abstienen o votan en blanco, calificándolos de poco responsables, de renunciar a un derecho inalienable, de ser poco solidarios con el resto de ciudadanos y de no querer colaborar en la gobernabilidad de la nación. No es que yo opine que, cuando para alguien existe una opción política que le merezca toda la confianza, que ha demostrado, con actos y actitudes, seguir una determinada línea de conducta acorde con sus propios valores e ideas, esta persona no deba otorgarle el voto a dicha formación; no obstante, en el caso de que, como está ocurriendo en España, la actuación de los dos partidos mayoritarios estén encaminadas más que a enfrentarse a una crisis, que se ha demostrado más peligrosa que ninguna de las que anteriormente hemos padecido, a torpedearse mutuamente, a descalificarse y a jugar al gato y el ratón, para buscar la forma más beneficiosa para asegurarse, los unos su permanencia en el Gobierno y, los otros, el poder desbancarlo de él; es evidente que, salvo el hipotético y poco probable supuesto de que apareciese un nuevo partido que reuniese las cualidades precisas, el deber de los ciudadanos es acabar con semejante estado de cosas.

Descartando las soluciones extremas, aquellas que supondrían un gran trastorno para la estabilidad social del país; desestimando las dictaduras y las tiranías basadas en revoluciones proletarias que tan malos resultados han dado en aquellas naciones que las padecieron y renunciando a plutocracias absolutistas incapaces de sostener un régimen social que defienda los derechos de los trabajadores al trabajo, a la vivienda y a un sueldo digno; parece que, la única forma de expresar el descontento de los ciudadanos de a pie respecto a aquellos que los dirigen, los que no han sabido ocuparse de administrar las finanzas de la nación con la debida solvencia; los que no han reaccionado a tiempo ante la amenaza cantada de una crisis y los que, tarde y a destiempo, se han embarcado en una serie de medidas inapropiadas e ineficaces, para intentar parar el golpe al que nos ha llevado su ineptitud; con el resultado de casi cuatro millones de parados; no se soluciona sólo con votar por las buenas al partido de la oposición. Me explico, el PP, la única formación que constituye la alternativa al PSOE, tampoco ha dado muestras de estar a la altura de las especiales circunstancias en las que se encuentra España. El señor Rajoy sufrió una rara “alferecía” cuando fue derrotado en las pasadas elecciones, consecuencia de la cual empezó a actuar como si los responsables de su derrota fueran aquellos que fueron sus más firmes pilares durante la campaña electoral. De un plumazo se deshizo de toda la cúpula del partido y le dio un vuelco a sus postulados básicos, derivando hacia un remedo de lo que fue el antiguo partido de Aznar para convertirlo en lo que, él mismo calificó de partido reformista y de centro.

Desde el llamado Congreso de Valencia el partido se ha convertido en un semillero de rencillas, de carreras por el poder, de intentos de acercarse a los nacionalismos, de fracasos y corruptelas sin que, al parecer, su presidente sepa como solucionarlas o, peor aún, se vea implicado en alguna operación de desgaste, como es el caso de la emprendida en contra de la señora Aguirre. El PP no ha conseguido sacar la ventaja electoral que debía haber conseguido si, como era su deber, en lugar de hacerle el juego al PSOE, hubiera seguido una política férrea de marcaje al Ejecutivo, reprochándole cada error y proponiendo, una y otra vez, propuestas alternativas que lo pusieran a la defensiva. Por el contrario, los socialistas han conseguido que el PP apareciera como un partido débil sólo interesado en derrocar al Gobierno y empeñado en no colaborar en la tarea de sacar a España del apuro en el que se encuentra.

Y, ante un estado de cosas semejante, uno se pregunta cuál debería ser la postura de los ciudadanos, del pueblo que se ve atrapado en una gran mordaza que sabe que, de un momento a otro, acabará por cerrarse sobre él, bien sea haciéndole perder su puesto de trabajo; bien impidiéndole atender sus compromisos de pago; bien obligándole a renunciar a determinadas cuotas de ocio o bien debiendo renunciar a su propia vivienda por no estar en condición de atender los plazos de su hipoteca. A mi se me ocurre que una forma efectiva, pacífica, contundente y dolorosa para los partidos políticos que, los unos por gobernar mal, los otros por no saber hacer oposición y los terceros por limitarse a arrimarse a los más fuertes para sacar beneficio partidistas; les sirva de reprimenda y lección para el futuro. Es, sin duda, el recurso a la abstención a acudir a las urnas para votar, uno de los medios más eficaces de demostrarles la poco confianza que los ciudadanos tenemos en ellos. La europeas es la gran ocasión de protestar ante los partidos, de decirles lo hartos que estamos los españoles de su forma de actúar, de su inoperancia, de sus carencias, de su cinismo y de su falta de compromiso con los ciudadanos que los votaron. La abstención o el voto en blanco, pueden ser el medio de hacerles ver a los políticos que el pueblo está cansado de ser el último en ser atendido y el primero en sufrir las consecuencias de la inoperancia de aquellos que ostentan el mandato que las urnas les confirieron. ¡Créanme, España necesita un gran revulsivo y éste, sin duda, es enseñarles a quienes nos gobiernan que ya basta de tomarnos el pelo!

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