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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Convertirse en un buen ciudadano europeo pasa por la educación

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
martes, 17 de marzo de 2009, 12:10 h (CET)
Educación y cortesía es la llave que abre todas las puertas. Se lo puedo asegurar. No hay cerrojo que se le resista, ni fronteras ni frentes que se le crucen. Por ello, pienso que la verdadera unión de Europa ha de ser más real cuanto más apueste por avanzar en la sociedad humanista del conocimiento. Es cierto que la política educativa europea es competencia de cada país, pero hay que exigir el cumplimiento de unos objetivos comunes para fortificar esa alianza auténtica. Europa no puede ser un aparcelamiento de naciones movidas por un interés más nacional que europeísta. El punto, para poder alejarse de esta tentación, es la educación que se imparta y se traslade a la ciudadanía. Algo fundamental. Lo que requiere ir más allá de la mera financiación de los programas de estudios para recuperar la tradición sapiencial de Europa, su vocación humanística. Para empezar, tal vez deberíamos valorar más la calidad humana de los docentes, esa sabiduría inherente a la trayectoria, a la cátedra de la vida y de la experiencia, para poder comprender el genuino significado de una enseñaza formativa. Los saberes están en los libros. En cambio, los valores humanos residen en las personas que los transfieren con el ejemplo. Por desgracia, hay una multitud de profesores especialistas que no encuentran sentido a lo que saben. Ya me dirán cómo pueden transmitir a sus discípulos lo que ellos mismos no entienden para sí.

En los últimos tiempos, mucho se habla de oportunidades de educación y formación, propiciados por la Unión Europea a través de programas de formación profesional, de movilidad de estudiantes, de educación de adultos y de cooperación entre los centros de enseñanza y el profesorado. A pesar de tantos empeños, hasta ahora la cualificación formativa suele ser nula, tanto para conseguir un trabajo como para favorecer entendimientos entre unos y otros. Si acaso, lo único que se ha generado son cuerpos de élite, endiosados, elitistas a más no poder, especialistas en nada y mucho en el orgullo humano y en vanagloriarse de haber llegado a la cima. Un engreimiento que nos divide. Si de la rivalidad no puede salir nada humano, de la vanidad tampoco nada noble, por mucho que la Unión Europea vocifere lo de inculcar a los jóvenes un mayor sentimiento de ciudadanía europea y desarrollar su sentido de iniciativa, incluso a través del Servicio Voluntario Europeo. En un mundo con problemas lo que se precisa son gentes de pensamiento cultivados en la ética de los derechos humanos. En cualquier caso, se advierte cada vez más la urgencia de redescubrir y actualizar a la luz de la crisis de la modernidad actual, otras mimbres universitarias más humanizadoras en la promoción de la cohesión social, en la reducción de las desigualdades y en la elevación del nivel del conocimiento más compartido y menos competitivo. Y en este sentido, pienso que nunca es demasiado tarde para encender el sueño de la educación con mayúsculas, aquel que nos enseñe a poder compartir la tierra unos con otros. Con los sistemas educativos actuales es un imposible. Una pena, porque convertirse en un buen ciudadano europeo pasa por la educación.

Actualmente se nos presenta el Plan Bolonia como el jarabe que puede sanar los males. Se predican sus parabienes, el de una universidad abierta y conectada con la sociedad, inmersa en la misma esencia europeísta. Y se comenta que las políticas de educación deben enfocarse a maximizar el potencial de las personas en cuanto a su desarrollo personal y su contribución a una sociedad sostenible, democrática y basada en el conocimiento. Nunca es tarde si la dicha es buena, dice el refranero. Pero también es verdad que nuestra concepción de nosotros mismos y del cosmos, de la vida que nos pertenece vivir a cada cual, sólo alcanza un punto de clara sapiencia cuando estamos abiertos a los numerosos caminos por los que la mente humana llega al mundo de las ideas, del pensamiento, de la ciencia y del arte, de la filosofía y de la teología. Nos hace falta ese aperturismo para unificar convivencias y poder llevar un diálogo fecundo más allá de los muros universitarios y de su colección de libros, por muy ilustres que nos parezcan. No tiene sentido que la universidad divorcie socialmente hasta convertirse en una isla social, adormezca a la sociedad o la incapacite para pensar.

El proceso de Bolonia podrá crear un espacio europeo de educación superior de aquí a 2010, tal y como está previsto. Pero debe dar un paso más que el mero reconocimiento mutuo de ciclos de estudio, de cualificaciones equiparables y normas de calidad uniformes, ahí radicará su éxito, si contribuye a un cambio total de planes y sistemas educativos capaces de abrirse a la amplitud de la razón para entrar en el diálogo de las culturas. También está previsto crear un Instituto Europeo de Innovación y Tecnología, que será un nuevo centro paneuropeo de alto nivel en educación superior, investigación e innovación. Podrá tratarse de un nuevo modelo de colaboración entre universidades, organismos de investigación, empresas, fundaciones y otras entidades; y tener entre sus primeras prioridades el cambio climático, las fuentes de energía renovables y la próxima generación de tecnologías de la información y la comunicación; pero, asimismo, habrán de considerarse en ese raciocinio las cuestiones morales. Edificar una ética partiendo sólo de las reglas de la evolución, de la psicología o de la sociología, de la economía de mercado y del progreso basado en la productividad, es una ordinariez de gnosis. Si en verdad queremos una renovada universidad europeísta, que avive la creación de cultura, sin obviar lo que ha de ser: fragua de pensamientos, lo que hace falta es considerar otras visiones que nos enraícen y nos refuercen la conciencia responsable de ser parte libre de un todo que es la humanidad. En un mundo, cada vez más tecnificado y dependiente de bases económicas globalizadas, hay que librar al ser humano de la experiencia de ser prisionero de una técnica que no le deja ser él como persona y de una economía que nos envicia al consumo. Esto también hay que enseñarlo en las universidades. Universidades para el progreso, el bienestar y la competitividad, sí, desde luego que sí; pero que ese progreso nos humanice, que ese bienestar se reparta y que esa competitividad no parta el corazón de los débiles. Cuidado.

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