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Etiquetas:   Refugiados   Unión Europea   -   Sección:   Opinión

La otra mirada

La expulsión colectiva del acuerdo euroturco está prohibida por la Convención Europea de Derechos Humanos
José Sarria
lunes, 28 de marzo de 2016, 11:00 h (CET)
Al igual que Judas Iscariote aceptó la bolsa con la plata bajo el ósculo de la felonía, Turquía ha sellado el pacto sobre refugiados de la UE con un beso que sabe a hiel en la mejilla de los refugiados sirios que intentan, a la desesperada, alcanzar las costas de la otrora patria del Humanismo. El acuerdo, firmado con una diligencia que contrasta con la apatía otorgada a otros asuntos, permite a Bruselas echar sobre los brazos de los otomanos a todo migrante/refugiado que arribe a las islas griegas. Turquía se convierte, de facto, en el chiquero de la incapacidad europea, en un gran campo de expatriados al servicio del chovinismo comunitario.

Las imágenes del drama humanitario que nos siguen llegando, como el tableteo de una ametralladora, son lo suficientemente dantescas e intensas como para remover corazones y conciencias. Sin embargo, nuestros líderes, han optado por incumplir sus responsabilidades morales y otorgar a los hijos de Atatürk la cualidad de gendarmes de nuestros portillos y fronteras.

Superado, pues, el hecho de que los actuales dirigentes comunitarios no están dispuestos a practicar aquello de la solidaridad y la fraternidad que tanto bien hizo a Europa tras la Ilustración francesa o que ni siquiera están abiertos a poner en marcha los principios de la caridad cristiana, sostén del pensamiento social europeo, es preciso que, cuando menos, se les exija que cumplan con la legalidad vigente. Y no con cualquier legalidad, sino con la que se deduce de los textos que tienen estampadas sus propias firmas.

Es contradictorio que quienes enarbolan la divisa del “sometimiento al imperio de la Ley” como argumento con el que resolver cuestiones domésticas, obvien que el acuerdo UE-Turquía no respeta ninguno de los seis protocolos legales fundamentales sobre refugiados.

Europa ha decidido ignorar que la Declaración Universal de Derechos Humanos en su artículo 14 establece: “en caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en otros países", que el Estatuto del Refugiado (del cual es firmante) insta a "la protección que un Estado ofrece a personas que no son nacionales suyos y cuya vida o libertad están en peligro por actos, amenazas y persecuciones de las autoridades de otro Estado" o que la Carta de Derechos Fundamentales de la UE, vinculante para los Estados miembros, obliga a respetar (artículo 9) el "Derecho al asilo" y a “registrar todas las solicitudes de protección internacional que se presenten" (artículo 6).

La expulsión colectiva del acuerdo euroturco está prohibida por la Convención Europea de Derechos Humanos, por lo que reclamar el cumplimiento de la legislación vigente y de los tratados internacionales asumidos por Europa no sólo es cuestión de caridad sino, fundamentalmente, de legalidad.

Conviene recordar, con los versos de Bertolt Brecht, que hoy son sirios, kurdos o afganos, pero que mañana podríamos ser cualquiera de nosotros: “Primero se llevaron a los judíos, / pero como yo no era judío, no me importó. / Después se llevaron a los comunistas, / pero como yo no era comunista, tampoco me importó. / Luego se llevaron a los obreros, / pero como yo no era obrero, tampoco me importó. / Mas tarde se llevaron a los intelectuales, / pero como yo no era intelectual, tampoco me importó. / Después siguieron con los curas, / pero como yo no era cura, tampoco me importó. / Ahora vienen por mí, pero es demasiado tarde.”
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