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¿Dónde está la alegría en España?

Pascual Falces
Pascual Falces
lunes, 16 de marzo de 2009, 09:27 h (CET)
El anteojo, aprovechando su centro-geográfica ubicación, recorre incansable la península, casi toda española, menos Portugal, Andorra y Gibraltar, y, “a medias”, Cataluña y las provincias vascongadas. ¿Con qué fin?... buscando alegría. Y no es que el ojo observador esté invadido por el pesimismo, sino todo lo contrario que suele decir Epifanio para marcar el sentido que quiere dar a la conversación. Todo lo contrario, porque no puede estar mejor su extensa familia, que, todavía –y toca madera-, está libre de la lacra nacional del “ZetaParo”, rebosante de salud, y, hasta el perro anda por ahí aullando tras una perrita en celo de un chalet cercano.

Y, es que, las cosas verdaderamente importantes y por las que hay que preocuparse son las mencionadas, y pocas más. También, como decía uno, Arturo se llamaba, al que le preguntaron: Oye, ¿tú crees que el Barça ganará la Liga?... - sin dudarlo respondió de inmediato, - ¡Mira, yo, creo en Dios, y en muy poquitas cosas más! Así que, oteando, oteando, la única zona donde se ve a la gente con sonrisa de oreja a oreja, es aquella del noroeste -la recordarán los mayores-, aquella de donde procedía “un fresco General que reinaba en España”, y que le costó el puesto al que hacia el parte meteorológico en Radio Nacional (que ahora Izquierda Unida quiere cambiar de nombre por su connotación histórico-política, auténtico).

Y, ¿qué es lo que ha sucedido en el macizo galaico? Pues, que, la coalición de badulaques (no vayan al diccionario: botarates o majaderos) que gobernaba allí, sencillamente, se pasó de Estación, que se dice. Y unos cuantos gallegos que son, en general, observadores, los bajaron del carro, y el resto del pueblo ha respirado, y sonreído. No es que hubieran hecho nada diferente de lo que sus equivalentes hayan dejado de hacer en otros lugares donde también “cortan el bacalao”, como es el caso de Andalucía, Extremadura, Cataluña, o el País Vasco, y camuflados en algún otro lugar, pero lo dicho, los gallegos son “avispados”. A ver, si no, ¿no son hijos de gallegos los dos hermanos comunistas que más años llevan gobernando, como si fuera un “pazo” de su propiedad, la isla mayor del Caribe contra la voluntad del país más poderoso del mundo?

Se habla mucho estos días de un pacto entre partidos políticos, y el único a que a lugar es al que dé paso a la ilusión de la gente en el resto del país. El que permita acceder a la política a quienes se dediquen seriamente a ella, como afirmaría Perogrullo; como se pide que los médicos se vuelquen en la Medicina, no en el golf, y que no suceda el bochorno de estar ausentes del hemiciclo en las votaciones, y es sólo un decir. Un pacto para que los sindicatos sean de “obreros”, y no funcionarios sostenidos muellemente por el Presupuesto y obedientes al Gobierno según invento del “verticalismo” franquista.

La “crisis” está ahí, y la peor forma de enfrentarse a ella es con hastío. Estas crisis en el mundo se han resuelto con guerras, años atrás, incluso mundiales. Por fortuna el arma atómica ha desterrado tal tentación, pero la actitud tiene que ser la misma. Hay que fajarse con ella. Si se acude al campo de batalla con la moral por los suelos, la victoria es imposible. Es más, los únicos que podrían ganar, al menos en España, serían los gallegos. Esta es la tesis de este ventilado y oteador columnista. El ánimo tiene que recuperarlo la sociedad civil, y prescindir de los políticos que se han “pasado” de estación. A Esperanza, en Madrid, la han querido bajar a zancadillas precisamente porque no se ha pasado, y, por fortuna, como ella hay gente para mantener la “esperanza” (y valga el ripio). Una pregunta en el aire para terminar: ¿qué diferencias hay, “mutatis mutandis”, entre el súper-Audi de Touriño, y el Ayuntamiento en la Plaza de Cibeles de Gallardón?

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