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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   Cataluña   -   Sección:   Opinión

Ada Colau, la aspirante a Pasionaria catalana

“… las deficiencias que tan a menudo aquejan a los grupos socialistas: el dogmatismo y el sectarismo” Lenin
Miguel Massanet
domingo, 27 de marzo de 2016, 00:59 h (CET)
A nadie se le ocurriría poner a un panadero al frente de una central nuclear ni a un mudo para declamar en público poesías, porque es evidente que, ni uno ni el otro, estarían capacitados, por muy inteligentes que fueran, por lo bien que se desenvolvieran en la vida o por lo honrados y buenas personas que fueran, para algo en que, por ignorancia sobre la materia o por deficiencia física, estuvieran incapacitados para desempeñar. Sin embargo, cuando se trata de ocupar puestos públicos, asumir responsabilidades que pueden afectar directamente a la ciudadanía o tomar decisiones sobre asuntos, materias o temas de importancia para los que no se está preparado; da la sensación de que, algunos personajes, están convencidos de que les basta un somero aprendizaje de incumplir las leyes y la experiencia de haber salido a las calles a soliviantar a las masas, ser expertos en romper mobiliario urbano e incendiar autobuses o haber corrido delante de las fuerzas de orden público después de haberles tirado cócteles Molotoff o piedras en algaradas callejeras; para tener la licencia precisa para desempeñarlos.

Es evidente que, por mucha imaginación que tuviera la señora Colau, por mucho que hubiera soñado en ello o por muy ilusa que fuera, nunca en su vida se hubiera visto ocupando el cargo de alcaldesa de una ciudad como Barcelona. Sin embargo ¡aquí la tienen ustedes! investida por los votos de los ciudadanos con la toga del poder, cómodamente instalada en el sillón consistorial, desde donde puede decidir, con plena libertad y autonomía, los destinos de los barceloneses. Claro que, el hecho de que esta señora mande como lo hace, no es sólo culpa o mérito suyo, como quieran, sino de los miles de barceloneses que cayeron en la trampa de otorgar la confianza y el gobierno de la capital catalana a una simple agitadora, aspirante sin título a filósofa, entrenada en desobedecer las leyes y en representar el penoso espectáculo de ser arrastrada sobre el asfalto por la policía, para apartarla del lugar en el que obstruían con sus cuerpos el paso a los funcionarios que cumplían con su deber.

Lo que sucede cuando se instala a alguien como la Colau en un puesto, como la alcaldía de la ciudad Condal , es que, aparte de resultar incapaz por su falta de experiencia en la función pública; de no tener la preparación técnica para desempeñarla y de estar privada de la objetividad precisa para saber distinguir lo que son idealismos, utopías o fanatismos de partido, de lo que es trabajar para el bienestar ciudadano; invertir adecuadamente los impuestos recaudados; escoger con sensatez las prioridades recogidas en los Presupuestos municipales y tener la sensatez de recordar que, ocupar un puesto de semejante categoría en un organismo público, requiere que el que lo ocupe sepa que no lo hace sólo para el partido al que pertenece, sino que supone que está dispuesto a gobernar imparcialmente para todos los habitantes de la ciudad, fueren cuales fueren sus tendencias políticas.

Lo cierto es que, la entrada de la señora Colau, antes conocida por sus actividades en contra de los desahucios hipotecarios, en la alcaldía de Barcelona, ha tenido las mismas características que hubiera podido producir un seísmo de magnitud 7 o, lo que vulgarmente se conoce como “la irrupción de un elefante en una cacharrería”, si es que nos queremos referir a la serie de errores que ha venido cometiendo durante los meses que viene ocupando su cargo y los daños colaterales que, sus decisiones espontáneas, poco meditadas y, evidentemente, basadas en sus ideas progresistas y sus tendencias de guerrillera antisistema, han venido produciendo en la economía y en la vida de los ciudadanos de la urbe catalana. En contradicción, como es natural, con lo que correspondería a una persona sensata que asumiera, con inteligencia y esfuerzo, las responsabilidades de gobernar una ciudad de la importancia de Barcelona.

Una persona que no se ha privado de manifestar que “si hay que desobedecer las leyes que nos parezcan injustas, se desobedecerán”, deja en evidencia lo que se puede esperar de ella. En primer lugar, se atribuye la función de censurar las leyes promulgadas por las Cortes nacionales o por los Parlamento autonómicos, dentro de sus respectivas competencias, lo que demuestra una egolatría impropia de una persona cuyos conocimientos en materia jurídica no parece que sean muchos, si no queremos decir ninguno. Ignora, por ejemplo, que si incurriera en lo que se muestra dispuesta a hacer, cometería el delito de prevaricación y, como dice don Conrado Gallardo, portavoz del Foro Judicial Independiente: “la desobediencia de las leyes va en contra del Estado de Derecho que es la base de la democracia y puede animar a otros a incumplir las leyes que, a su vez, les parezcan injustas”. Una más de las estupideces que esta señora viene cometiendo a medida que su tiempo al frente de la alcaldía va trascurriendo.

Es conocida su simpatía por los manteros a los que protege, lo que, en un principio, se tradujo en impedir que los mozos de escuadra actuaran en su contra y, aunque rectificó ante la avalancha de críticas que ello reportó en su contra, sigue permitiendo que estos “comerciantes irregulares y que no pagan impuestos”, sigan molestando a los comercios, les quiten clientes y estafen a los compradores, con entera impunidad. Tanto es así que, estos vendedores callejeros, conocidos como manteros, ya se han envalentonado y han perdido el miedo a los de la Guardia Urbana, a los que se enfrentaron recientemente dando lugar a que, en el Metro, se produjeran cuatro heridos. Es notoria la tendencia de la alcaldesa a asumir competencias de las que carece que, en el caso de sus relaciones con el Ejército, rayan, aparte de con la falta de educación, con una intromisión inaceptable en una materia en la que nada tiene que decir u opinar y sobre la que, por supuesto, no tiene la más mínima competencia. Aún así, ya son varios los roces por su parte con el estamento militar, el último cuando ha protestado por unos ejercicios militares en Collserola, incitándoles a que a que cesen de realizarlos. ¿Hasta cuándo el gobierno español va a seguir consintiendo que esta activista interfiera en materias sobre las que no tiene competencia alguna? ¡Faltaría más que pudiera ella disponer sobre lo que es competencia de las FF.AA, las únicas que, por otra parte, según el Art 8 de la Constitución, nos pueden defender de estos separatistas si los otros medios fueran insuficientes para evitar la sedición con la que nos amenazan!

El señor Rajoy ya le ha tenido que recordar que, en cuestión de recepción de inmigrantes, la autonomía catalana no tiene delegada función alguna y, en consecuencia, que deje de inmiscuirse en materias que no le competen ni tiene medios legales para asumir, en su calidad de alcaldesa. Y es que resulta que, cuando una señora que ha sido la directamente responsable de haber hecho perder millones a la ciudad de Barcelona, con su moratoria contra la apertura de empresas turísticas, que ha querido limitar el número de cruceros que atracarán en sus muelles y que ha intentado justificarlo alegando una supuesta molestia para los ciudadanos catalanes cuando, sin embargo, consiente que los okupas sigan infringiendo las leyes, que los manteros ocupen las Ramblas, y todo ello cuando, el Gremio de Restauración de Barcelona, haya denunciado que, la nueva ordenanza de terrazas, promulgada por el nuevo Ayuntamiento, ha supuesto la retirada de 20.000 sillas que afectan, principalmente a negocios y bares ubicados en los barrios, perjudicando especialmente a los pequeños negocios que, con las mesas en aceras y terrazas, consiguen equilibrar, dentro de lo posible, sus economías. La manía intervencionista que viene caracterizando a todos estos partidos populistas, que suelen prohibir antes de evaluar las consecuencias y, en ocasiones, son los juzgados los que deben hacerlos entrar en razón; se manifiesta con especial virulencia en el caso de la señora Colau. Millones y millones que podrían haber beneficiado a la ciudad y a sus ciudadanos que se pierden por el fanatismo e incapacidad de esta señora.

Eso sí, cuando se trata de tomar decisiones de tipo “progre” siempre serán los primeros. Por ejemplo, la Comisión de Economía y Hacienda del Ayuntamiento acaba de declarar Barcelona como “amiga de la cultura vegana y vegetariana” a propuesta, como no, de ERC. Empecemos por aclarar que “vegano” es un extranjerismo importado al diccionario español y que se refiere a “la práctica de abstenerse de la utilización y consumo de productos y servicios de origen animal”. Cuesta entender como, una práctica minoritaria en España y en Cataluña, impulse a este organismo municipal a atribuirse el derecho de hablar en nombre de todos los catalanes como si, la mayoría, fuesen “amigos” de evitar el consume de carne de animales, máxime si es evidente, y basta ver la cantidad de toneladas de este producto que se venden y consumen en los mercados de la ciudad, para ver que se trata de otra de las boutades de estos progres que, sin realizar un estudio científico, estadístico y serio sobre esta cuestión, sólo porque a ellos les parece que debiera ser así, comprometen a toda la ciudad en semejante majadería. Uno supondría que deberían tener cuestiones de más envergadura de las que ocuparse si es que, y tenemos serias dudas sobre ello, están capacitados para tratarlas.

O así es como. señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, los barceloneses tenemos la sensación de que, al frente de la alcaldía, en lugar de tener a una persona preparada, sensata, ilustrada y dispuesta a trabajar por el bien común de los ciudadanos, quien actualmente ocupa el cargo, no es más que una señora, una advenediza a la que, sin duda, el cargo le viene ancho y, desde que lo viene ocupando, su forma de gobernar la ciudad se ha caracterizado por no dar ni una en el blanco. Esperemos que su estancia en la poltrona, para bien de todos los ciudadanos catalanes, sea temporal y, si puede ser, lo más corta posible.
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