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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Medalla a la tortura artística y a la muerte culta

Julio Ortega Fraile
Redacción
viernes, 13 de marzo de 2009, 23:21 h (CET)
Me gusta, ya lo creo que me gusta esta España más chula que Don Hilarión, capaz de endosarnos dos tazas de caldo aún sabiendo de las arcadas que nos produjo la primera. ¿Chulería, venganza, o tal vez simplemente atraso y cretinismo moral?. El caso es que este Gobierno, que ayer se vio privado muy a su pesar de un Ministro que mataba... animales, esto es, que cazaba, ahora nos confirma que lo de coger a una criatura de esas que llaman irracionales y convertirla en un cadáver tras un proceso más o menos largo de suplicios, no era un divertimento exclusivo del Ex-responsable de Justicia sino que al parecer, apasiona igualmente a sus colegas, porque una vez más de un Consejo de Ministros ha salido la decisión de otorgar la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes a un torero, o sea, a uno que mata... toros; bueno, los mata al final, ya que antes, entre él y sus "ayudantes", lo torturan con profusión. Yo ya empiezo a preguntarme si para acceder a la Jefatura de un Ministerio será requisito indispensable disfrutar con el maltrato a los animales porque de otro modo no me lo explico. Y nada de que si es legal o deja de serlo, por favor. Maltratar es "infligir dolor o padecimiento" y, ¿un disparo duele", ¿que te claven una banderilla o un estoque produce padecimiento", sí, ¿verdad?, pues no hay duda, cazar y torear es maltratar animales.

Este año la medallita le ha correspondido a Francisco Rivera Ordóñez, prototipo de hijo, novio y macho para la España por la que circuló el baúl de “La Piquer” y que sigue al parecer muy viva, si no tanto en paisaje sí al menos en "paisanaje" - emulando a D. Miguel de Unamuno al que por cierto, le repugnaban las corridas de toros -. Alguno vendrá rápidamente a rebatirme: "Ya, pero a Ortega y Gasset le gustaban", es cierto, sin embargo él mismo admitía que había “afrontado desapasionadamente la lidia, sin implicaciones ideológicas o sentimentales”, lo que nos habla de irreflexión más que de razón. En fin, misterios, también Hitler disfrutaba escuchando a Richard Wagner y lo miserable del oyente no quita lo grandioso del compositor. Pero volvamos al galardón porque la cuestión, por lo repetitiva, es digna de un análisis en lo que al espíritu del premio se refiere así como a los destinatarios del mismo una edición tras otra. Hace aproximadamente un año expresé mi sorpresa y repugnancia a partes iguales... bueno, no es cierto, me produjo más asco que estupor, por la concesión de la medalla a José Tomás y resulta que ahora se la lleva de nuevo un matador. Pero no son estos dos los únicos, también tenemos a Paco Camino, José María Manzanares, Enrique Ponce, Antonio Ordóñez, Santiago Martín, Rafael de Paula, Juan Antonio Ruiz Espartaco y a unos cuantos siniestros diestros más como merecedores, a juicio del Consejo de Ministros de turno, de una condecoración cuya supuesta finalidad es la siguiente: “distinguir a aquellas personas y entidades que hayan destacado en el campo de la creación artística y cultural o hayan prestado notorios servicios en el fomento, desarrollo o difusión del arte y la cultura o en la conservación del patrimonio artístico”; se indica igualmente que “será concedida por el Ministerio de Cultura a aquellas personas o Instituciones que destaquen en los campos literario, dramático, musical, coreográfico, de interpretación, etc.”.

¿En cuál de las categorías, aptitudes o disciplinas citadas entra el hecho de ejercer de torturador y de matarife?. Y no me hablen de valor, porque ni la medalla premia tal virtud ni ésta es patrimonio de los toreros. Hoy en día, estos maestros de la degollina se enfrentan a animales que ya entran a la plaza con sus fuerzas diezmadas y sus sentidos menoscabados, a pesar de que los valedores de la "Fiesta" lo nieguen; tampoco oí admitir jamás a Bush que se torturase en Guantámo y, ¿alguien es capaz de afirmar que no se hiciese?, será que hace falta menos egoísmo para reconocer la parte infame de aquello que nos agrada o reporta beneficios y la generosidad, no es precisamente una característica que se prodigue en los que abusan de seres más débiles o desamparados por la Ley. De lo acontecido en la prisión estadounidense tenemos los relatos de aquellos convictos que lograron salir de la misma, de lo que pasa con los toros de lidia no disponemos evidentemente de la versión de los interesados, entre otras cosas porque no pueden hablar y aunque fueran capaces de poco valdría, acaban siempre muertos, - bueno no, perdón, que el caritativo de José Tomás una vez indultó a uno, ¡que gran chico! - pero sí tenemos las declaraciones de personas que han estado vinculadas a ese mundo e incluso las de aficionados actuales, sólo hay que saber buscarlas o escuchar cuando no saben quién les está oyendo. Y después, cuando el toro "tocado" ya está en la arena y antes de que llegue el de la guadaña aparece el de la pica, más que nada para dejar en el animal el dolor de una profunda herida con sus correspondientes desgarros internos y con perforación pulmonar incluida en ocasiones, así como la imposibilidad de que mueva con libertad el cuello y permanezca con él “agachado”, labor a la que contribuyen con las banderillas. ¡Qué valor el del torero en su lucha de igual a igual!. La sangría previa del toro no ensombrece ni mucho menos su arrojo... sólo nos habla de su indignidad.

Pero resulta que en esta ocasión lo de la medalla no se queda únicamente en una nueva edición de las aberrantes decisiones de nuestros políticos, sino que se ha convertido en un motivo de disputa entre matachines, ya que hay dos conocidos ejemplos de esta ralea de hombres, con luces en su traje y sombras en su corazón, que han decidido devolver su galardón agraviados por la entrega del mismo al hijo de Paquirri, otro “grande” de la España canija. Afirman los soliviantados sayones que con este gesto “se degenera el concepto del arte del toreo” y que la rechazan “por vergüenza torera”. Sorprendente el arranque de pundonor en quien practica el crimen institucionalizado pero establece categorías de honorabilidad para el mismo. Parece ser que la sangre ajena que derrama esta despechada pareja y el sufrimiento que entre pases, brindis y ovaciones ocasionan a un ser vivo, posee en su caso la esencia de lo sublime y merece la consideración de expresión artística y manifestación cultural, pero en el de su colega de fechorías consideran que no es más que un advenedizo en el cruento Olimpo donde pretenden habitar. Tal vez a José Tomás, que ha querido rodearse de un halo de "misterio y ascetismo" ante la opinión pública por aquello de que cuánto más esquivo más deseado, le desagraden los cotizados devaneos de Francisco Rivera y los dividendos que el airear su vida privada le procura. Pero no es esa, no, la cuestión; allá cada cual que convierta en meretriz su intimidad si le apetece o beneficia, el problema es que tanto el uno como los otros, son la prueba viviente de que la tortura sigue estando legalizada y aún bien vista por unos cuantos en este País.

Intentar que la Sociedad tome conciencia de la necesidad de avanzar en educación, respeto y solidaridad con todos los seres con los que compartimos el Planeta no es una tarea fácil, pues hay que luchar contra siglos de costumbres y de creencias adquiridas, enfrentarse a grandes dosis de individualismo y antropocentrismo que forman parte de nuestro acervo más enquistado y sobre todo, lograr que los ciudadanos comprendan la importancia de que una lucha que no comienza es una derrota, por lo tanto es fundamental iniciarla cuanto antes y continuarla sin descanso ni desfallecimiento, pues aunque no lleguemos a ser testigos del triunfo sí somos responsables del legado que le dejemos a nuestros hijos. Pero si ese es un compromiso laborioso e incluso agotador en ocasiones, la empresa se vuelve penosa cuando enfrente nos encontramos además de la incomprensión o la apatía de algunos ciudadanos, también la obstrucción de los poderes establecidos y su connivencia con aquellos que en este caso, sustentan, protegen y estimulan el maltrato a los animales. Conceden la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes a quien cada vez que dice cultivarlas mata por negocio y placer; es no ya ensuciar una distinción que en definitiva, no vale sino para dotar de empaque mediático a una actividad condenada allende nuestras fronteras y aquí rechazada cada día por más personas, sino que representa - y eso es lo más abominable - la evidencia de que a nuestros políticos les interesa más la enajenación mental y el embrutecimiento moral del Pueblo que su cordura, instrucción y sensibilidad, porque en el primer caso es mucho más sencillo dominarlo y someterlo sin que ni tan siquiera se dé cuenta de ello.

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