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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

No se ayuda a las Pymes, pero sí a Cajas en crisis

Miguel Massanet
Miguel Massanet
viernes, 13 de marzo de 2009, 23:21 h (CET)
Los temas económicos son áridos, difíciles y de gran complejidad, por la cantidad de variables que suelen intervenir en ellos. Por eso, cuando un inexperto en la materia, como es quien se atreve a escribir este comentario, tiene que enfrentarse a ellos no tiene más remedio que apelar al sentido común, una pizca de lógica y una gran dosis de humildad, para que sus opiniones sean siempre sometidas a la buena voluntad de quien tenga la curiosidad de compartir estas líneas. Lo cierto es que, ya hace muchos meses, cuando se comenzó a deshacer la famosa burbuja inmobiliaria y las empresas afectadas por ella fueron desplomándose una tras otra, como las famosas hileras de fichas de domino (cuando se derriba la primera van cayendo el resto una tras otra)arrastrando en su caída a no pocas entidades bancarias y cajas que habían apostado por el riesgo y la supervaloración de los inmuebles; pensando que la tendencia alcista de su valor no tendría fin. Entonces nos manifestamos en contra de las medidas adoptadas por el Gobierno por las que se les inyectaban millones de euros, del Erario público, a aquellas entidades bancarias y cajas que, por su mal gobierno, se encontraban al borde de la quiebra.

Como es habitual en nuestro Ejecutivo, tanto el señor Zapatero como el ministro Solbes, se empeñaron en hacernos creer que no pasaba nada, que nuestro sistema financiero estaba hecho a prueba de crisis y que los bancos y cajas gozaban de una inmejorable salud económica. El tiempo se ha encargado de dejar por mentirosos, una vez más, a los socialistas que nos gobiernan y ya están surgiendo voces, no precisamente de la ciudadanía, sino de la propia patronal bancaria que, al parecer, se han caído del guindo y ya se dan cuenta de que el despilfarro del Gobierno en su empeño de sacar del apuro a entidades, cuya estructura y esperanza de supervivencia son inviables, constituye un evidente peligro para todo el sistema financiero. Como ya algunos propusimos, sin éxito alguno, parece que cuando se les pregunta lo que hacer con los malos gestores que cobrando sueldos astronómicos no han sido capaces de prever los acontecimiento y se embarcaron en aventuras especulativas de alto riesgo; el señor Martin, presidente de la Asociación Española de Banca, defendió que “la disciplina es esencial en el sistema financiero”. Este mismo señor se manifestó en contra de “ayudar a sobrevivir entidades financieras no viables” me imagino que pensando que, mejor aprovecharían las ayudas del Estado, aquellas empresas que, con el apoyo del FGD, tuvieran posibilidades de salir airosas de la crisis y en condiciones óptimas competitividad.

Por primera vez, de labios de una banquero representativo del colectivo bancario, se admite la conveniencia de que se dejen quebrar a aquellas entidades financieras (hay algunas importantes Cajas en grandes apuros) que no tengan posibilidades de sobrevivir a la crisis. Lo malo es que, estas posturas realistas, no se hubieran puesto de manifiesto antes, cuando los grandes vudús de la banca, se reunieron con Zapatero para poner en marcha el plan de ayudas a la banca que, si mal no recuerdo, se fijó en unos 50.000 millones de euros. Ahora el mal ya está hecho y los millones que se han desperdiciado en ayudas que no han servido nada más que para tapar los agujeros de las contabilidades de algunas entidades que pasaban por mayores apuros, ya no están disponibles para ser utilizados en mejores inversiones. Parece que el remedio preferido por la banca y las cajas se centra en las famosas fusiones para ir constituyendo entidades más potentes. Sin embargo, como mero espectador de esta representación, se me ocurre un pregunta muy simple: ¿A quién beneficia la fusión entre dos entidades? Porque si contemplamos el supuesto de una fusión entre una entidad con problemas estructurales, con un equipo humano que no ha sabido administrar debidamente el patrimonio de la sociedad y con una solvencia reducida debido, quizá, a sus malas inversiones; entonces, señores, no hace falta haber estudiado en Oxford para llegar a la conclusión de que el resultado de la fusión puede llegar a ser catastrófico para ambas entidades, perjudicando, fundamentalmente, a los accionista de aquella que esté mejor posicionada en el mercado y con recursos más consolidados.

Siempre he pensado que el tema de las Cajas se debía haber contemplado con lupa por los organismos rectores del mercado. De todos es sabido que la influencia política en ellas es decisiva, que el enfoque que, últimamente, se les había dado difería diametralmente de su función social y de su carácter asistencial encaminado al apoyo de los pequeños ahorradores y a facilitarles créditos e hipotecas para que pudieran adquirir una vivienda donde instalarse. Contrariamente a este espíritu altruista, la realidad es que, actualmente, la mayoría de dichas entidades se han convertido en verdaderas competidoras de las entidades bancarias, si bien lo han intentando camuflar con la creación de sociedades filiales que se han hecho cargo de aquellas funciones que, por su carácter semipúblico y específicamente social, no podían ejercer. Ello ha dado lugar a que sus relaciones crediticias con las grandes constructoras y promotoras les haya reportado muchos beneficios,que pudiéramos considerar atípicos, pero que, a la postre, se ha convertido en su talón de Aquiles cuando la burbuja inmobiliaria se ha reventando y, en la explosión, han sido arrastradas juntamente con sus clientes societarios. Es obvio que no resulta de recibo que ahora corra el Estado, el partido político en el Gobierno, aquel que, posiblemente, haya colaborado en los desmanes inmobiliarios y haya sacados frutos de las plusvalías, en forma de créditos obtenidos a bajo precio o a ninguno, una práctica muy útil para financiarse y habitual en todos aquellos partidos que tienen sus garras hundidas en alguna de dichas entidades crediticias.

No debemos olvidar nunca que, todo el dinero que maneja el Estado, procede de los ingresos fiscales y que quien los paga somos los ciudadanos de a pie. Cuando llega el momento de beneficiarnos, de sacar provecho de aquello que le prestamos al fisco para que en momentos, como el actual, en que millones de españoles están sufriendo los efectos de la recesión; fueran los primeros en beneficiarse de las ayudas públicas, los primeros en recibir los apoyos para las pequeñas industrias familiares y los primeros en sacar provecho de aquellos dineros que dieron a la Seguridad Social para el caso de que se produjera una situación de depresión de la economía; es cuando se ha de demostrar que el Gobierno ha sabido hacer sus deberes y se ha preocupado de los ciudadanos. No ha sido así y tenemos que contemplar como, un Ejecutivo socialista, ha despilfarrado en ocho planes, absurdos, ineficaces y partidistas todos aquellos ahorros que contribuyeron a crear millones de españoles que, sin embargo, ahora no van a tener beneficio alguno de ellos. ¡A eso le llama ZP garantizar los derechos de los trabajadores!

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