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Trump: ¿El gran demonio de la derecha o un martillo destructor para la izquierda?

“Yo vi a un puritano que ahorcó a un gato un lunes, por haber matado un domingo una rata” R. Brathwaite
Miguel Massanet
jueves, 24 de marzo de 2016, 08:05 h (CET)
En un país donde la izquierda, moderada, extrema o simplemente contraria a las opciones de derechas como sucede en España; resulta un tema digno de un estudio sociológico ver como, aquellos que se consideran a si mismos como demócratas de izquierdas; defensores del respeto por el adversario político; tolerantes con las distintas religiones, partidarios de la libre expresión y de que todas las ideas políticas, que respeten los principios básicos de un estado democrático, deben ser admitidas y toleradas; cuando se trata de transigir con las posiciones de la derecha e incluso de extrema derecha, actúan en contra de los principios democráticos que pretenden profesar, incurriendo en actitudes de intransigencia, rechazo frontal, descalificación personal y, no queda más remedio que reconocerlo, de sostener a menudo actitudes beligerantes, siempre partiendo del principio de que, para ellos, el simple hecho de que una persona tenga ideas conservadoras, de derechas, exprese sentimientos religiosos o sea partidario de la economía de mercado, les permite considerarlo como un “facha”, un explotador de obreros, un indeseable y alguien en quien no se puede confiar para gobernar un pueblo; a pesar de que, estos “proscritos” por las izquierdas, suelen ser los que acaban sacando a las naciones de las situaciones penosas y de ruina nacional en las que, aquella misma izquierda de pretensiones “democráticas”, suele dejarlas..

La experiencia de nuestra situación política, desde la llamada transición hacia la democracia, ha venido demostrando que, cuando han gobernado las izquierdas la economía, el trabajo, el bienestar del pueblo, las relaciones con Europa y el progreso de los españoles han sido, sin duda, mucho peores que cuando el país ha sido dirigido por gobiernos de centro-derecha y, no lo decimos nosotros, basta que repasen objetivamente los gobiernos de Suárez, Calvo Sotelo, Aznar y ahora Rajoy y los comparen ( salvemos a Felipe González de la hecatombe socialista) el del señor Rodríguez Zapatero ( el peor gobierno de España, sin comparación, de los que ha tenido nuestra nación en democracia), el provisional y corto del señor Rubalcaba y, como nos descuidemos, el del señor Sánchez que, antes incluso de tener potestad para dirigir los destinos de España, ya ha mostrado, con suficiente claridad, lo que se puede esperar de él si llegara a formar gobierno.

Veamos lo que está sucediendo en los EE.UU, en esta fase en la que se hallan actualmente cada una de las grandes formaciones políticas: republicanos y demócratas. Ambas se están empleando a fondo para encontrar un candidato que consiga el mayor número de nominaciones para enfrentarse, en su día, al candidato del grupo contrario en liza para la designación del nuevo presidente que sustituya al cesante Barack Obama. En el caso del bando demócrata parece que la que lleva, de momento, la ventaja es la señora Hillary Clinton, la esposa del último presidente demócrata el señor Bill Clinton y se puede decir que, aparte del candidato más izquierdista, el señor Berni Sanders, un comunistoide rara avis en un país como los EE.UU en el que encontrar a un político destacado con ideas semejantes es una sorpresa. Sin embargo, no parece vaya a obstaculizar la designación de la señora Clinton que le lleva una clara delantera en la carrera hacia la designación. En el bando opuesto, de los republicanos, parece que esta fase, de los denominados caucus, esta teniendo unos resultados imprevistos que da la sensación que les van a complicar sus planes a los propios republicanos, salvo que se produzca un derrumbamiento final de la candidatura del señor Donald Trump que, hasta ahora, va ligando las victorias una tras otras, duplicando el número de compromisarios respecto a su más directo rival, el señor Cruz.

Sin embargo, no es esencialmente de lo que quiero tratar en este comentario ya que parece que, en la llamada cuna de la democracia, las normas que, en teoría deberían regir para que los planteamientos de todos los candidatos tuvieran, al menos, idéntico respeto del que hayan merecido el resto de propuestas de sus adversarios políticos o, en el caso que nos ocupa, de sus correligionarios republicanos que sustentan ideas distintas a las del señor Trump, por muy llamativas, novedosas, escandalosas e, incluso, poco afortunadas que les puedan parecer las del sorpresivo Donald. Y es que, al señor Trump, se le podría calificar del ala extrema del partido republicano y, por consiguiente, no cuenta con el beneplácito de la parte más conservadora del clan republicano.

El señor Trump, sin embargo, lleva la voz cantante, habla claro y sin doblez, resulta antipático a sus adversarios porque no tiene pelos en la lengua y, es evidente, que tiene la facultad de irritar, con sus puyas, a aquellos a los que se enfrenta en sus diversos mítines en busca de apoyos para la nominación. Se paga la campaña el mismo y, por tanto, no precisa del apoyo del aparato del partido, lo que lo sitúa como independiente y, en consecuencia, como ya ha amenazado en varias ocasiones en las que se le ha insinuado que no es el candidato más grato para los republicanos, está dispuesto a presentarse en calidad de independiente si, como parece que ya se está intentando, su partido decide expulsarlo para presentar a otro aspirante. Craso error, porque si se atrevieran a tanto se puede decir que el partido del elefante habría firmado su propia sentencia de muerte. Y nosotros nos preguntamos, cuando miramos a nuestro propio ombligo, ¿cómo es posible que, en España, se haya presentado un partido financiado desde el exterior, compuesto por emisarios y asesores del dictador de Venezuela, Maduro y financiado por él? Unos recién llegados que se presentan como salvadores de la patria cuando España no precisa de nadie que la salve ya que, si no se empeñan en acabar con ella las izquierdas, bastaría que nos dejasen en paz, continuar cumpliendo con nuestros deberes para que, en poco tiempo, ya saliéramos de la crisis y recuperáramos lo que, durante estos pasados años, hemos perdido.

Los de Podemos con su líder al frente, Pablo Iglesias, la imagen perfecta del activista, el agitador de masas, el vendedor de utopías y el que ha pretendido vender una España en ruinas, al borde de la miseria, cuando es evidente que los malos tiempos han quedado atrás y ya estábamos comenzando a remontar. ¿Alguien se imagina que, lo que han hecho estos comunistas bolivarianos lo hubieran intentando hacer los de una extrema derecha? Toda la izquierda, apoyada por la prensa que la sustenta, se hubiera levantado en contra, se la hubiera tachado de fascista y de intentar un golpe de Estado en contra del legítimo gobierno, elegido por las urnas y plenamente democrático. Nada de ello ha sucedido y, ante el pasmo general, estos señores que proponen lo imposible, que piensan hacer tabula rasa de lo conseguido con el esfuerzo de todos y que están intentando acabar con España, construyendo un gobierno de extrema izquierda condenado, de antemano, a recibir el mismo o peor trato que tuvieron que aceptar los señores de la Syriza griega; han conseguido cinco millones de votos, predicando y actuando como verdaderos revolucionarios, que se han puesto por montera la democracia, la Constitución y todo lo que hay en ella que les impida establecer una dictadura comunista en nuestra nación.

Dos varas de medir: al señor Trump no le quieren permitir que siga porque es de extrema derecha y, parece ser que son las izquierdas, las encargadas de marcar las líneas rojas de hasta donde puede llegar y lo que no le está permitido decir; aunque millones de votos de los americanos y no sólo de los ricos, que por lo visto no opinan lo mismo del señor Trump, vayan a apoyar su candidatura. Los demócratas lo rechazan porque ven en él un peligroso rival al que hay que enmudecer y, en el conservador partido republicano, no se puede admitir que Trump sea más de derechas que ellos. En España también son las izquierdas las que se atribuyen el derecho a autorizar lo que se puede hacer, decir, opinar o proponer; de modo que, con una superioridad moral que nadie les ha dado, pero que han decidido atribuirse, deciden como se debe interpretar la Constitución, como se debe juzgar a los de derechas que, por supuesto, debe ser con más dureza que a los de las izquierdas, por ese supuesto plus de ética y de ventaja moral que pretenden darles a sus actuaciones respecto a las “iniquidades” de la derecha; como se ha de formar un gobierno, aunque para ello se deban de infringir las normas usuales y se les de la facultad de gobernar a aquellos que, apelotonados, sacaron los peores resultados en los comicios.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, denunciamos la táctica de las izquierdas que no dudan en recurrir al juego sucio, a mentir, a engañar, a regatear a sus adversarios sus derechos constitucionales y a atribuirse otros de los que carecen y a utilizar el término democracia como escudo para todas aquellas acciones que precisamente, en si mismas, son la negación más absoluta de los principios democráticos. Lo mismo ocurre con los catalanes separatistas, que hablan de democracia cuando sus actos son la más evidente antítesis de un comportamiento democrático.
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