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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

De hacer realidades

F. Castro
Redacción
viernes, 13 de marzo de 2009, 09:11 h (CET)
Si digo que voy a hablar de la verdad, sonará inmediatamente presuntuoso. Y sonará así, porque hablar de la verdad, a secas, suena inmediatamente a dogma, a fe o a ideología. Mi verdad sería ante todo presuntuosa, y en consecuencia, yo mismo sería demasiado pretencioso.

La verdad a secas, inmediatamente surge conflictiva, y lo es, porque no se admite la identificación de lo personal con lo universal. Mi verdad no sería sinónimo de universalidad, sería mi verdad. Cada una de las personas que comparten un dialogo asoman una verdad, a veces coincide, otras no. La efectividad de cada una de esas verdades es idéntica. Puede parecer incluso disparatado el que un interlocutor afirme que los burros vuelan y otro que no, y respetar ambas opiniones dándoles el mismo valor. Sí, suena disparatado, y demuestra que a veces no hay varias verdades sobre un mismo tema.

Hay otras verdades. Por ejemplo: Ahora estoy sentado y no estoy de pie. No podría ocurrir ambas cosas al mismo tiempo, caeríamos en una contradicción. Es en la contradicción dónde se ve la verdad, y digo la verdad no mi verdad, de manera más sencilla. Aquí no habría mucha discusión. Si ando, no estoy tumbado, y a la inversa. En esas verdades en que el espacio y el tiempo acotan con claridad una opción de otra se muestra la verdad con claridad meridiana.

Pero luego hay otras verdades, como la del burro que vuela, esas que están cargadas de matices y resultan de diálogos interminables que siempre concluyen en mantener varias verdades al mismo tiempo. De tal forma que el diálogo termina manteniendo firmemente las posiciones individuales y afirmando: Esta es mi verdad, tan válida como la tuya. Se jugaría, pues, la verdad en el campo de la argumentación, en el que ser un maestro de la retórica conseguiría darle mayor legitimidad de verdad frente a los demás dialogantes.

Confrontemos ambos tipos de verdades: las verdades de matices y las verdades que surgen de las contradicciones. Si estoy de pie, no puedo decir al mismo tiempo que estoy tumbado. Pero si opino que el mundo se va a la mierda, otra persona puede decir que el mundo va viento en popa; y ahí nos encerraríamos en una discusión llena de matices.

Se podría, por tanto, hacer un catálogo de verdades seguras, y otro de verdades que suenan a verdades con muchos gradaciones. Hay por tanto, verdades que resultan necesarias, y otras que asoman contingentes ó accesorias. Las verdades necesarias, de una manera u otra, alcanzan cierta unanimidad, mientras que lo contingente puede suceder o no suceder, simplemente ser así o ser de otra manera, simplemente porque podría no ser.

Creo que lo contingente y lo necesario se ha superpuesto. Ó más aún, que estamos rodeados de demasiadas verdades contingentes y muy pocas verdades necesarias. El mundo está inmerso en un lío de verdades. Hay las verdades de la psicología y de la ciencia, que nos sentencian desde la genética y la neurobiología. Hay verdades religiosas que nos castigan con la culpa. Hay verdades socialistas, comunistas, anarquistas, que planifican un mundo futuro, cerrado, sin contemplar el azar. Hay verdades económicas que se volatilizan de día en día. Hay verdades ecológicas que se tiñen de extraño dogmatismo.

Es difícil discernir lo contingente de lo necesario. Es difícil vislumbrar la verdad necesaria de lo que son juegos dialécticos. Hay decenas de especialistas que afirman, escriben y opinan. Y el propio público, que escucha tantas opiniones contrapuestas que, inevitablemente, acaba afirmando la validez individual de su propio criterio.

¿Por qué nos interesan las verdades necesarias? ¿Por qué nos interesa encontrar verdades indiscutibles como esa de estoy de pie y no sentado en este preciso instante? ¿Por qué buscar la verdad?.

Hay cientos de esloganes que nos dicen que la verdad nos hará libres, o que encontraremos el paraíso, o que el mundo será más igualitario. Hay miles de verdades que asoman inmediatamente promesas de otras nuevas verdades. Pero no hablo de verdades que rápidamente se cargan de verdades accesorias, de planificaciones o de sueños. Hablo de verdades en este mismo instante. Hablo de proposiciones que no se puedan negar racionalmente.

Pero lo cierto es que en la actualidad, cuesta hasta imaginar esas verdades que no se puedan negar racionalmente, es de tal magnitud el volumen de información que manejamos hoy en día, que sentimos que las verdades necesarias rozan lo místico o lo ideológico. En cualquier caso, ¿por qué buscar las verdades necesarias?

Si hay un hecho intrínseco a la mentalidad mundial es el de los sueños. Llevamos siglos soñando otros mundos posibles, otros futuros, otros lugares, otras personas. En la actualidad nos embarcamos en hipotecas soñando un hogar futuro de una manera determinada. Consumimos un coche pensando ya dónde nos llevará, estudiamos para jueces y nos sentimos ya ejerciendo. Se hacen políticas pensando en futuros que aún no han llegado o no llegaran. Llevamos siglos en la tesitura de producir sueños. Sueños de consumo, sueños de conquista, sueños de amor, sueños de dios, sueños de vidas futuras. Incluso todos estos sueños, verdades contingentes, llegamos a imaginarlas como reales, luchamos porque se conviertan en reales. Hacemos de la imaginación un producto real. Y en todos estos siglos, los sueños han producido monstruos. Y no dejarán de hacerlo, porque los sueños están en otro tiempo y en otro lugar, pero no en el ahora.

Los sueños se alimentan de verdades accesorias, de grandezas, de mundos que aún no han llegado o no llegarán. No creo que la persona que acaban de despedir del trabajo en este mismo instante, o el niño que está a punto de morir en Gaza piense en verdades accesorias, sólo el aquí y el ahora. Las verdades necesarias, esas verdades de estoy de pie y no tumbado se ciñen a un lugar y un espacio, no más allá.

Hay hechos que están ocurriendo. El colapso económico es un hecho, el desastre ecológico es un hecho, el desastre bélico es un hecho. Podemos planificar, soñar y discutir acerca de mundos que no existen, que aún no están, y que quizás no lleguen a estarlo nunca. Y nuevamente nos olvidamos de las verdades necesarias.

Creo que debemos detenernos, parar, y recopilar esas verdades necesarias. Porque creo que debemos partir de unos mínimos unánimes y no excluyentes. La verdad necesaria no excluye, no se puede negar racionalmente. Ese es un buen punto de partida. O bien, podemos seguir soñando otros lugares para nosotros mismos, planificar otros mundos que no están, sino sólo en el pensar; e incluso podemos matarnos entre nosotros mismos por imponer lugares, mundos y sistemas que no están más que en nuestras cabezas. Cabezas que sueñan, e inmediatamente dicen: Hacer realidad.

Soñar, idear, fantasear con futuros que no han llegado es justo lo que llevamos haciendo desde cientos de años. Ahora hemos llegado a todo esto. Hambrunas, guerras, desastres ecológicos. Podremos coger a varios culpables de este camino. Los hay, claro, pero… ¿y los demás? Todos los demás que asisten al desastre, que acogen opiniones y opiniones sin certezas necesarias, que se alimentan de contingencias que les arrastran a callejones sin salida. Que siguen y siguen soñando.

Las verdades necesarias están ahí. Se pueden descubrir acudiendo a hemerotecas y descubriendo cómo muchos mecanismos han sido creados por grupos especializados con el objetivo de favorecer corrientes de opinión. Podríamos sondear a empresas que están despidiendo a trabajadores y descubriremos las estrategias que esconden sus balances de cuentas anuales. Podríamos descubrir en los bancos que nos cobran las hipotecas, los mecanismos que eligen para alcanzar nuestros ahorros. O podríamos ir más allá y descubrir que las guerras no surgen por azar, o que los recursos naturales no están agotándose simplemente porque llevamos mucho tiempo en la tierra, o por qué los mass-media publican una noticia y no otra y de la manera en qué lo hacen.

¿Interesa conocer estas verdades? Interesa, sí. Y lo es, simplemente, porque sólo un cambio de rumbo que debe surgir desde la propia individualidad podría provocar un cambio. Pero no sólo se trata de dejar de soñar, de dejar de imaginar lo que aún no existe y quizás no existirá. Hay otro inconveniente en la construcción del mundo, y es la exclusión del otro.

En cientos de años siempre se han abogado por medidas que han excluido a unos u a otros, olvidando que la exclusión del otro supone que ese otro siempre maneja la posibilidad de volverse contra ti. Un sistema en el que se excluye, se silencia, se aísla o incluso se mata al otro es ya una continuación de esto mismo que lleva ocurriendo desde hace cientos de años: Soñar algo y excluir a alguien. Pero en el momento en el que se use la exclusión, estaremos utilizando los mismos parámetros que hace siglos y que nos han llevado a una nueva crisis.

Después de todo este discurso, podría hablar de otros mundos posibles, de que determinadas medidas nos llevarían a buen puerto, o que ciertas ideologías traerán la igualdad universal, etcétera, etcétera. Pero no, no voy a ir más allá. No debemos ir más allá. No voy a caer en lo contingente prometiendo otro mundo posible, porque eso sería desembocar en sueños. Sueños que nos han llevado a todo esto.

Ahora estoy de pie. No tumbado. Eso es todo. No más.

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