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Europa, Europa

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
viernes, 13 de marzo de 2009, 09:01 h (CET)
A los que éramos jóvenes a mediados del pasado siglo nos llegaban noticias de que Francia y Alemania, enfrentados en dos guerras mundiales, habían comenzado lentamente a construir una Europa diferente. En 1951 Francia, Alemania, Italia, Bélgica, los Países Bajos y Luxemburgo ("Los Seis") firmaron el Tratado de Paris estableciendo la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA). Era un primer paso. En 1957 estos seis países firmaron el Tratado de Roma que estableció la Comunidad Económica Europa, conocida pronto como el Mercado Común y la Comunidad Europea de la Energía Atómica. Los impulsores de todo ello eran cristianos comprometidos, como el francés Schuman, el alemán Adenauer o el italiano De Gasperi, que buscaban hacer una Europa más libre.

Nos sentíamos descorazonados al ver que España estaba excluida de aquella aventura. Nosotros también deseábamos ser europeos. Alberto Ullastres, Ministro de Comercio con Franco, entabló relaciones con el Mercado Común y en 1965 fue nombrado Embajador de España ante las Comunidades Europeas consiguiendo en 1970 un Acuerdo Preferencial. Después de 20 años de rodaje de la nueva Europa a los españoles nos parecía deprimente seguir excluidos.

La Comunidad Europea se amplió hasta nueve miembros con la entrada del Reino Unido, Irlanda y Dinamarca en 1973. Operada la transición, España solicitó formalmente su ingreso en el año 1977 aunque el Tratado de Adhesión no se firmará hasta 1985, juntamente con Portugal. Europa ye tenía doce miembros ya que Grecia se había incorporado en 1981.

España comenzó a recibir importantes ayudas de la Comunidad Europea, ya que éramos los parientes pobres, pero la ilusión europeísta que tuve en los años cincuenta empezó a desvanecerse cuando vi crecer su estructura burocrática, su compleja organización y su intervencionismo creciente en la economía. No llegué a comprender, quizás por ignorancia, que nos subvencionaran arrancar olivos y viñas, matar vacas y sembrar girasol, aunque no llegara a recogerse, las cuotas de pesca y otras cosas por el estilo.

Si el sistema de representación parlamentaria a escala nacional o autonómica me parece deficiente, ya que elegimos en listas cerradas y bloqueadas a personas que ni siquiera conocemos, a escala europea me resulta aún más lejano e incomprensible.

Cuando se nos propuso votar en referéndum una nueva Constitución Europea voté en contra ya que me pareció algo que no tenía nada que ver con la Europa que comenzaron a construir aquellos cristianos comprometidos que firmaron el Tratado de Roma. Esa Constitución Europea, no sé si aparcada o rechazada, me pareció trufada de las nuevas ideologías sexuales y de género, de los eufemismos engañosos puestos en marcha por minorías poderosas que quieren cambiar la sociedad y están realizando sin tregua la llamada ingeniería social, es decir manipulándonos.

Al ser esta Europa una estructura de poder, cuanto más grande sea, más poder para los que la manejan desde Bruselas. Ya he perdido de la cuenta de las naciones que la forman en una mescolanza de situaciones diferentes. Cada vez tengo más dudas sobre si será posible que funcione el invento o terminaremos todos en una situación de dependencia de algún estado hegemónico.

Pienso que la crisis actual está poniendo a prueba a todas las naciones. Algunas como el Reino Unido o los Estados Unidos parecen dispuestos a fabricar grande cantidades de billetes. Recuerdo que el III Reich también lo hizo, aunque sus billetes terminaron envolviendo pastillas jabón. América del Sur también sabe de emitir billetes que terminan valiendo menos que el papel en que se imprimen.

La Comunidad Europea no sé si servirá para salvar a todos sus socios o si cada uno tendrá que hacer frente a su situación. Tampoco sé si nuestra moneda única, el Euro, será una garantía de firmeza o lo contrario.

En resumen, si hace 50 años me desazonaba que no estuviéramos en Europa, ahora mi desazón es si seguirá adelante una Europa relativista y laicista que no deseo, o si la crisis económica global que padecemos será también la crisis de la propia Comunidad Europea.

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