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Los despropósitos del Sistema

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
jueves, 12 de marzo de 2009, 06:57 h (CET)
El verdadero problema del Sistema Económico, es el Sistema Económico en si mismo. Su concepción y su funcionamiento son algo más que cuestionables, toda vez que está basado en “Aquí y ahora, y luego ya veremos”, que es decir la obtención de recursos inmediatos sin consideración alguna de futuro. Un fundamento que favorece y premia la aparición de los grandes predadores (si no psicópatas) económicos, pero que al mismo tiempo socava la estabilidad social y, por ende, la continuidad misma del Sistema: es suicida.

Más allá de esas incontables empresas que por la obtención de beneficios fáciles y abundantes han sido y son capaces de fumigarse a poblaciones enteras (Redondela, Colza, Seveso, Bopal, narcos, tratantes de blancas, pistoleros, asaltantes, etc.), el Sistema ha demostrado machaconamente que es incapaz de prever su propio comportamiento; lo mismo que un estúpido, vaya, que no sabe cuál será su siguiente acto. Y todo esto, gracias a ese Principio en que se fundamenta, en virtud del cual se permite, además, que quienes alcanzan el poder económico (que no suelen tener demasiados escrúpulos) determinen cómo funciona la sociedad, ya sea por activa o por pasiva. Por activa, porque se meten en el ajo del control político y legislativo, y lo mismo son capaces de armar o sostener a Partidos Políticos que a personajes títere que sirvan ciegamente a sus intereses; o por pasiva, moviendo los hilos de la realidad para con sus especulaciones llenarse a base de bien los bolsillos.

Ni siquiera cuando las sociedades parecen ricas y pujantes son ricas y pujantes, sino “aparentemente ricas y pujantes”. Podríamos invocar los mil casos de burbujas económicas que periódicamente asolan países e incluso continentes o culturas. Burbujas que cuando está la población en la cresta de la ola, gastando a dos manos como si hubiera nacido rica, estallan como por arte de magia y la sociedad en pleno se da la gran morrada. Ha pasado antes en tantos sitios y de forma igual de sorpresiva que mencionaré por ilustrarlo solamente el efecto Tequila mexicano o el corralito financiero argentino. Borrachera —no sé si de tequila— la tenemos ahora en todo el mundo, y, desde luego, con un severo riesgo de resaca de que un día de estos nos despertemos en un corralito (porque lo perdimos todo) o con un corralito, porque han inmovilizado todas nuestras cuentas corrientes y la banca ha sido intervenida por el Estado. Algo mucho más próximo de lo que la mayoría imagina.

Merced a burbujas artificiales, los vivales de siempre se las ingeniaron durante estos años de bonanza para seducir a la población imponiéndola compras imposibles, y la población, narcotizada por las sustancias propagandísticas de estos frescales, y creyendo que siempre iba a ser como ese día en el se endeudaron, se metieron en mala hora en créditos impagables y en hipotecas que jamás podrán ser satisfechas. A todos les venía bien, sin embargo: a los Gobiernos, porque podían darse viso de que la economía era prosperísima (cuando de sobra sabían que se estaba trasplantando al presente los haberes del futuro); a los vivales, porque podían inflar artificiosamente el precio de las cosas, haciendo creer a los cándidos, con la engañifa de esos créditos a plazo infinito, que podrían pagarlos como si en los siguientes cuarenta o cincuenta años no fuera a suceder nada que les perturbara; a los necios, porque creyeron las prédicas de esos bandoleros de guante blanco, además de considerarse que con compras tan disparatadas se ponían por encima de su propia condición, y, por ende, de sus pares; y a los empresarios, porque sabían que con cadenas semejantes como las que la población se estaba poniendo, tenían asegurado un porvenir de mucho beneficio, salarios esclavistas y mutis sindical. Todos, en fin, tan contentos.

Hasta hoy, claro, que la realidad vuelve a ocupar su plaza después de tomarse unos años sabáticos y el desempleo crece. Ahora, ¿quién traerá a este presente y a los siguientes los haberes dilapidados ayer?... Quienes contrataron hipotecas a cuarenta o cincuenta años (¡y hasta a cien!), caen ahora en la cuenta de cómo les estafaron, y que eso mismo que adquirieron se convierte en su cadena y su prisión, no sólo porque ya vale la mitad o menos, sino porque no se podrán librar de ello ni aunque se lo quiten, porque se privarán del bien y seguirán pagando la diferencia, y hasta aun es posible que arrastren a la quiebra a quienes forzaron a avalarles. La economía de esas decenas de millones españoles que vendieron su alma a plazo fijo, ya está comprometida: es propiedad de los vivos, el Mefistófeles bancario. No se puede contar con ellas en el próximo medio siglo, sino como una fuente inagotable de problemas.

Los vivos son los que han ganado y ganan: como siempre. Y ahora, además, con el beneficio adicional de la mordaza sindical y el servilismo obrero, porque todos los que dependen de un trabajo y un salario tienen cadenas que inmovilizan sus tobillos. Los gobiernos, después de todo, lo cooperan tanto como pueden, y aun se reparten con los poderosos las túnicas de los crucificados, ya que no recaudando, poniendo multas a quien sea por la falta inventada que sea, a condición de que los multados sean pobres. Parecerá que no; pero sí. Puede dar la impresión de que las multas les caen por igual a quienes cometen las faltas, aunque no es más que un engaño: si a quien trabaja diez horas diarias por mil euros mensuales (¡ya los quisieran muchos!) se le pone una multa de 750 euros por una infracción cualquiera (como por no reciclar la basura, que es lo único que le queda, por ejemplo), no parece que represente lo mismo que si se le ponen esos mismos 750 euros por cometer la misma falta a uno de esos vivales que mencionaba antes, ¿no es cierto?... Ellos, aunque no lo parezca —ya lo decía— gobiernan por izquierdas o por derechas. Son los vivos, es el Sistema: un suicida que va desbocado en contradirección del futuro.

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