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La muerte del Uróboros

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
miércoles, 11 de marzo de 2009, 05:52 h (CET)
“e? t? pa?”, “Todo es uno”, reza la leyenda que define el Uróboros, el símbolo hermético-alquímico de la eterna regeneración, la serpiente que se devora a sí misma en el trazo circular del movimiento continuo. Un símbolo que bien puede entenderse desde la óptica macrocósmica o universal de todas las cosas, pero también desde la microcósmica de cada individuo.

Los escasos lectores que siguen mi obra y mis artículos saben sobradamente que no soy capaz de disociar los sucesos o las cosas de cuanto compone la vida y sus márgenes como elementos individuales o no vinculados, sino que entiendo cada acto y cada objeto como integrado en una sublime red de dimensiones eónicas donde todo, por insignificante que pueda parecer, tiene que ver con todo lo demás, enlazándose íntimamente. Nada, en fin, es independiente, y, mucho menos, porque sí: la casualidad no existe. Así, desde mi punto de vista el hombre es el microcosmos, imagen y reflejo de su sociedad, cosmos, y a la vez imagen y reflejo del macrocosmos, el universo. Todo, creo, es un fractal que se repite desde lo infinitamente grande a lo infinitamente pequeño, pero invariablemente idéntico: así en la Tierra como en el Cielo, o así arriba como abajo.

En el huevo cósmico local de cada galaxia unas estrellas nacen como consecuencia de la extinción de otras. Como en el caso del Uróboros, una muerte produce una vida, y de la extinción de aquélla nace un sistema solar con su sol y su conjunto de planetas, el cual latirá algunos miles de millones de años, hasta que la consunción de la energía de este sol se verifique, momento en el que colapsará en un formidable estallido que producirá la muerte definitiva de su propio sistema al tiempo que activará la inerte nube de gas estelar más próxima, y otro sol y otro sistema planetario comenzarán su formación, repitiéndose la aventura de la vida.

Así funciona el universo, así las sociedades humanas y así cada individuo. Sin saberlo, a veces, obedecemos instintivamente unas leyes universales que son vigentes desde el origen de este universo que nos contiene y del que somos parte inalienable, y que, curiosamente, cada día las evidencias señalan como un gigantesco holograma. No; no nos enamoramos, sino que es la naturaleza la que se busca las mañas para que nos propaguemos en el espacio y el tiempo, regenerándonos como ese Uróboro, aunque no prolongando la vida individual, sino la de la especie, la del hombre-sociedad-cultura, que es la verdadera reencarnación: la gallina es el artificio que tiene un huevo para engendrar otro huevo.

Vista así la Ley Universal, la vida y sus filamentos son extraordinariamente más sutiles que un simple vivir para gozar, acumular, depredar o engallarnos sobre otros individuos vivos. Sus mimbres son de tal transcendencia y magnificencia que duele ver cómo dilapidamos lo más sublime del universo, la regeneración, por creencias transitorias que además caen más del lado de lo aberrantemente contranatural que del de la integración en el orden al que pertenecemos.

El Uróboros universal se regenera constantemente, engendrando vida de la muerte, si por tal vida entendemos estrellas y sistemas solares nuevos de los viejos; adempero, no siempre esos sistemas engendrados tienen vida, tal y como los mortales la entendemos. Es más, ésta es una extraordinaria rareza universal. Si pudiéramos pesar la vida mortal existente en el universo en comparación con la materia y el espacio que lo compone, apenas si seríamos algo tan microscópico como una bacteria en una galaxia: la rarísima excepción de la Creación. Pero si todavía queremos más y nos centráramos sólo en la vida inteligente, la que es capaz de comprender que vive, entonces no seríamos sino acaso un quark de esa misma bacteria: todo este ciclópeo universo para que seamos lo que somos; un privilegio que pocos parecen comprender, pero también una enorme responsabilidad.

Y aquí, en este punto exacto, es donde se instala de pleno derecho mi mayor desconcierto. La Historia, hasta ahora, dentro de toda su barbarie, ha sido coherente: una cultura ha sido extinguida por otra, a imagen y manera como la brutalidad de la extinción de una estrella transfiere con su muerte su vida a otra, progresando así y permitiendo que el Uróboros iniciara un nuevo ciclo y que nuevas criaturas y creencias renovadas se enfrentaran —tal vez de forma más cualificada— a los nuevos problemas de la evolución. Es extremadamente brutal, pero tiene una sólida lógica. En lo que no encuentro ninguna sensatez es en que ahora que comenzamos a comprender el juego divino de la vida, su proceso de muerte y regeneración, unos cuantos hombres, encloquecidos por lo efímero de un poder que no son ni nanosegundos en la dimensión del tiempo cósmico, legislen y legislen para pervertir la Ley Universal legalizando el aborto, la muerte de los nuevos individuos que deberían componer el nuevo ciclo del Uróboros, rompiendo mediante leyes arbitrarias la posibilidad de regeneración. La frivolidad de estos legisladores, lejos de parecerme un mal coyuntural de una etapa confusa regida por la lógica difusa, me da la impresión de que cae de la parte de un acto que busca la extinción, o de nuestra especie, o del propio universo: el asesinato del Uróboros. Tal vez —estoy seguro—, al privarnos de esas criaturas que debieran nacer por imposición cósmica y que son frustrados en los quirófanos o paritorios legales, sean quienes el mismo universo precisaba en sus mimbres para tejer las soluciones de los problemas que se avecinan y, con su extinción a manos de nuestros cirujanos legales, nos estamos privando del futuro. No estamos extinguiendo fetos, en fin, sino asesinando al Uróboros. ¿Quién puede jurar que algunos o muchos de aquéllos que extinguimos legalmente no serían quienes podrían salvarnos, acaso de nosotros mismos?...

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