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Etiquetas:   Política   Sociedad   -   Sección:   Opinión

No seamos idiotas

En la antigua Atenas, a quienes no participaban en la cosa pública se les denominaba idiotés. De ahí la evolución semántica a “idiota”, el que no sabe o no quiere participar en la vida social, como si se tratase de un enajenado
José Carlos García Fajardo
martes, 22 de marzo de 2016, 01:26 h (CET)
El intento de formar un nuevo gobierno en España está resultando demoledor para los ciudadanos por los egoísmos, sectarismos, descalificaciones y falta de respeto en la ausencia del necesario diálogo (la palabra que fluye a través del otro y entre ellos), sobre todo para quienes cumplimos con nuestro derecho y deber sociopolítico de participar en unas Elecciones Generales.

Está en juego la gestión de la casa común que este es el significado de la economía, oikos nemo. En la Atenas de Pericles y de Solón, a quienes no participaban en la cosa pública se les denominaba idiotés, de ahí la evolución semántica a “idiota”, el que no sabe o no quiere participar en la vida social, como si se tratase de un enajenado. Y es una falta de la virtud cívica de la politeia como el ordenado y compartido gobierno de la ciudad, polis o comunidad de deberes y derechos. Eso nos arrastra al imperio del despotismo, de las oligarquías, oligopolios, demagogias y el regreso a la horda de la que nos tendrían que sacar, historia teste, el ruido de los sables o el siniestro espectro de los muros y de las cunetas en las carreteras. No exageramos, mirad la inhumanidad del rechazo a los que demandan el legítimo y natural derecho de la acogida en nombre de la hospitalidad que prima sobre todos los tratados de los hombres. Por eso Aristóteles define al ciudadano no por su residencia en un territorio, tampoco por los derechos y deberes jurídicos, piénsese en los ausentes y en los extranjeros residentes, sino que es quien tiene el poder de tomar parte en la administración judicial o en la actividad deliberativa del estado. Y llega a decir que el derecho a intervenir en la fase deliberativa es superior en sí misma a la constitución, pues este es el modo como mejor se expresa la soberanía y la autoridad que del cuerpo de ciudadanos emana.

Hay una página memorable en la Oración fúnebre de Pericles por los muertos en La guerra del Peloponeso, transmitida por Tucídides: “cada ciudadano será honrado en la cosa pública no tanto por la clase social a la que pertenece como por su mérito, ni tampoco si alguno puede hacer algún beneficio a la ciudad se le impide por la oscuridad de su fama... ya que obedecemos a los que en cada ocasión desempeñan las magistraturas y a las leyes y, de entre ellas sobre todo a las que están legisladas en beneficio de quienes padecen la injusticia y a las que, por su calidad de leyes no escritas, traen una vergüenza manifiesta al que las incumple”. Es una ocasión privilegiada para reflexionar sobre las cuestiones más acuciantes que afectan a nuestra sociedad. Solemos comenzar por los problemas y soluciones propuestas. Pocas veces nos reflexionamos sobre nosotros mismos y la forma de estar los unos con los otros. ¿Qué consideramos más importante, urgente y necesario para la construcción común?

En una interesante nota de una respetable organización social se destacaban importantes aspectos que no nos resistimos a señalar. La realidad provoca en nosotros reacciones de asombro, de dolor o amargura, de rabia, de alegría. “La rabia es como tomar veneno y esperar matar al otro”, dijo Buda. Al contrario de lo expresado por Worthington, “La clave para perdonar con éxito es cultivar un sentido de simpatía, humildad y compasión”. Suscita deseos que dilatan el corazón, hace surgir preguntas que son el motor de nuestra búsqueda en tantos campos, desde el científico hasta el afectivo o el existencial. En el fondo de estas reacciones, deseos y preguntas subyace la exigencia de significado, que constituye nuestra verdadera estatura humana. Porque una persona sin significado es un ente sin atributos. Sin embargo, nos hemos acostumbrado a dejar nuestra humanidad en el recinto de nuestra casa, asumiendo que es “algo privado”, que no tiene “dignidad pública”. Que en el centro de nuestra convivencia esté la persona es algo que no podemos dar por descontado. Cuando lo hacemos nos pasa factura: la energía de construcción de un país y la calidad de nuestra convivencia están ligadas a la realización personal, que depende de la respuesta a las cuestiones esenciales de la vida: ¿qué o quién colma mi deseo? ¿Quién me ama y a quién amo sin condiciones ni porqués? ¿Para qué trabajo? ¿Qué sentido tienen la enfermedad y la muerte? En definitiva, ¿por qué merece la pena vivir? “Aunque la vida no tuviera sentido, tiene que tener sentido vivir, aquí y ahora”, respondió Malraux a De Gaulle. Detrás de muchos de nuestros problemas públicos (dialéctica exasperada, tensiones territoriales, violencia en diferentes niveles, marginalidad, fracaso escolar, conflictos laborales, soledad, rupturas de los lazos afectivos,) se encuentra una falta de atención a la persona con toda la riqueza de sus preguntas y exigencias.

Los primeros lazos de sociabilidad surgen cuando nos descubrimos como seres de encuentro, prestos a acoger y a ser acogidos. Esta experiencia se dilata cuando encontramos personas que nos entienden porque participan de nuestras mismas preguntas e inquietudes. Y comprendemos que el otro es un bien en sí mismo. Esta es la base de una verdadera convivencia, que llega a abrazar a la persona extraña porque tiene nuestra misma exigencia de felicidad. Este es uno de los problemas más graves que tiene nuestra sociedad: el otro se percibe como enemigo. Y el otro nunca podrá ser objeto de nuestro amor o interés porque el otro es siempre sujeto que sale al encuentro y nos interpela.
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