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Opinión
Etiquetas:   La linterna de diógenes  

Cruella

Luis del Palacio
Luis del Palacio
miércoles, 11 de marzo de 2009, 05:52 h (CET)
Algunos niños de los sesenta tuvimos pesadillas con Cruella de Ville; aquella malvada millonaria cuya afición por los abrigos de pieles, le llevó a perseguir con saña implacable a una inocente (e ingente) camada de cachorritos de dálmata. Las aventuras de aquellos perrillos, ayudados por otros congéneres, así como por algunos humanos de buen corazón, a escapar de ser desollados por la terrible dama, hicieron las delicias de toda una generación; en la historia se concitaban la villanía, la aventura y los buenos sentimientos. Fórmula muy pasada de moda entre los seguidores de “la play”, pero que en nosotros despertaba grandes emociones.

Dicen que la infancia siempre vuelve. Debe de ser verdad y, en mi caso, un síntoma de vejez prematura, pues he creído hallar a la terrible Cruella metamorfoseada o, más exactamente, “adaptada a los tiempos”, encarnada en una figura pública (y lo que es peor: con autoridad municipal) Hace tiempo que lo venía sospechando, o, más bien, intuyendo. Ese pelo aleonado, esa naríz grande, algo ganchuda, esa boca inverosímil que esboza una sonrisa helada que, invariablemente, se tuerce en rictus cruel… Eras tú, Cruella, jugando a lady Macbeth cuando tu esposo departía con el anterior Emperador y ponía los pies sobre la mesa del rancho y se creía vicario de los valores de Occidente y casaba a su descendencia con boato real… (Todo atado con “correas” de dudosa resistencia, que han terminado embrollándolo todo)

Los fastos pasaron; la gloria cedió su cetro y la derrota se cebó en sus huestes. El antaño poderoso pretor desarrolla varias terapias ocupacionales (además de girar y girar en la noria, como un hamster); chapurrea la lengua imperial y rinde culto a los antepasados. Pasea su misticismo por las verdes praderas de Georgetown, con cierto aire profesoral y peripatético… o quizá sólo “patético”.

Pero ella, ¡ay!, ella, cumpliendo con el dicho de que “detrás de un gran hombre, siempre hay una gran mujer”, supo reciclarse, pasar de inservible consejera (un ex pretor ya no necesita consejos) a hábil inquisidora y recaudadora de impuestos.

Cruella… Cruella… Has sobrevivido, como el escarabajo de Mújica Láinez, al embate del tiempo. Ya no pueblas nuestros sueños infantiles persiguiendo cachorros indefensos: llevar abrigos de pieles está muy mal visto.

Hoy se lleva el reciclaje (tú misma te has reciclado) y en él te cebas.
Desde ahora los pobres no podrán hurgar en las basuras –bajo multa; ya no existe la hoguera- y los que no lo somos aún, tendremos que tener buen cuidado de no tirar, por descuido, alguna que otra botella.

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