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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Ocho planes?, ¿Cuántos más harán falta?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 11 de marzo de 2009, 05:52 h (CET)
Es un tema recurrente el hablar de la memoria histórica, sin embargo debiéramos preguntarnos ¿de qué clase de memoria estamos hablando? Porque, oír lo que de todos es sabido respecto a que la memoria, como una de las facultades que tenemos los humanos ( que compartimos con algunos animales), va sufriendo mutaciones con el transcurso del tiempo por las que, en ocasiones, al hecho concreto que sucedió se le van añadiendo, de forma inconsciente, aditamentos fruto de la propia imaginación capaces de, con el tiempo, tergiversar los hechos originales hasta el punto de quedar irreconocibles respecto a la realidad; es algo a lo que todos estamos acostumbrados. Si hablamos de este tipo de recuerdos aportados por los testimonios de los escasos y octogenarios supervivientes de la contienda, me temo que poco tendrá de histórica y mucho de las famosas “batallitas” a las que son tan aficionados han sido los abuelotes de todos los tiempos. Si es que consideramos la memoria histórica emanada de los documentos, tendremos que tener en cuenta, previamente a aceptarlos como fuente del conocimiento una determinada época histórica, la fiabilidad que se les pueda otorgar dependiendo, entre otros requisitos, de la objetividad y de la cultura de quien los emitió, de sus ideas políticas y de las circunstancias en las que se encontraba quien fuera el autor del dicho documento, en el momento en que se dieron los hechos relatados. Sin embargo, uno tiene una tendencia innata a poner en cuarentena la fiabilidad de ciertas opiniones de personajes contemporáneos, cuando hemos podido comprobar, fehacientemente, que sufren una preocupante amnesia respecto a manifestaciones, resoluciones, actos y decisiones que han tenido lugar recientemente y que, no obstante, parece que, en la mente de quien las emitió, se ha producido un proceso acelerado de destrucción tal que, cualquiera diría, por la forma en la que se expresa en la actualidad, que nunca hubiera pensado u opinado de distinta guisa de aquella en la que se manifiesta ahora.

Por supuesto que, el mejor ejemplo viviente de tal tipo de dolencia mental. lo tenemos, sin duda, en la figura de nuestro presidente del Gobierno. Si uno le escucha podría tener la sensación de que, desde el primer momento tuvo una idea clara de la crisis que se nos avecinaba; que no tuvo duda alguna de las medidas preventivas a adoptar para evitarla; que el Ejecutivo actuó con rapidez para poner remedio y que las medidas que, finalmente, se pusieron en práctica fueron las más atinadas, dieron los resultados apetecidos y consiguieron frenar el impacto de la gran recesión que, hoy en día, está castigando la economía de todo el Mundo. Lo malo es que una cosa son las palabras del señor ZP y otra la triste realidad que nos rodea y, todo ello, a pesar de ser la nación “con un sistema financiero más fuerte de toda Europa” o “superar a Italia en renta per cápita y estar a punto, dentro poco tiempo, a hacer lo mismo con Francia” o “ España está en las mejores condiciones para enfrentarse a la crisis que viene de EE.UU por tener la mejor economía” como insistió en afirmar ZP. Y es que, para Zapatero, el pueblo español es un pueblo que necesita de la tutela del Estado y, como tal, no se le pueden explicar según que verdades y es mejor mantenerlo en la inopia, para que no se asuste, cosa que, para el PSOE, es algo muy peligroso porque una ciudadanía recelosa, espantada y desconfiada, podría hacerle tambalear en este poder al que, con tanta voluntad y firmeza, se aferra.

Pero hay algo que no se puede ocultar por mucho que se esfuercen en dorarnos la píldora y es que ya vamos por el octavo plan anticrisis. Verán, cuando el gobierno de una nación se enfrenta a usa situación difícil –no hay duda alguna de que es quien dispone de mejores herramientas, información más fidedigna y mentes más preparadas para detectar, con tiempo, cualquier síntoma alarmante que pueda, con el tiempo, convertirse en algo peligroso para la estabilidad económica de la nación – está obligado, ante todo, a analizar la situación, examinar los pros y contras de las posibles medidas para enfrentarse a ella, sin permitir que intereses partidistas, motivos electorales o réditos estratégicos, pudieran intervenir para torcer, desviar o posponer aquellas decisiones que reúnen las máximas garantías de ser las adecuadas. Cuando observamos que, en poco más de un año, ya llevamos ocho planes distintos, a cual más sorprendente, y nos percatamos de que, los siete planes que precedieron al último, no han sido más que paños calientes, parches improvisados y soluciones aisladas que no tienen ninguna correlación con las precedentes más que, el triste hecho, de no haber aportado ningún remedio para detener el paro creciente que amenaza con colapsar a toda la nación.

Porque señores, las medidas que se van a poner en marcha, son precisamente las primeras a las que debiera haber acudido el Gobierno al principio de la crisis, en lugar de optar por inyectar millones en apoyo de una banca que ha resultado ser una de los causantes del desplome de la burbuja inmobiliaria; al actuar sin medida, inducida por afanes especulativos y sin tener en cuenta la seguridad de las inversiones a las que se lanzó en un afán de enriquecerse, olvidándose de la más elemental prudencia y de los intereses de la mayoría de los que confiaron en ella. No ha sido ajeno a que esto sucediera quien, en el Gobierno, tenía la obligación de vigilar de cerca la actuación de las entidades financieras y, poner coto a sus excesos, por medio de los poderes de los que dispone la Administración pública para controlar y evitar que se llegara a la situación de insolvencia que se produjo y, persiste, en muchos de los bancos y cajas de nuestro país.

Ayudar a la pequeña y mediana empresa, agilizar los préstamos a las empresas y desgravarlas del peso de cotizar a la seguridad social, cuando era sabido que estaban siendo las principales afectadas por la crisis y, por consiguiente, las que antes notaron en sus propias economías las consecuencias de un paró súbito en la demanda. No se actuó así y ahora, cuando ya han caído miles de ellas, cuando el mal ya parece que tiene poco remedio y cuando la propia dinámica de la crisis ha convertido en irremediable salvar a muchas empresas familiares o pequeñas sociedades o comercios que fueron pasto de los resultados de las quiebras de aquellos a quienes proveían o de su disminución de producción, de tal modo que, aunque fueran rentables por si mismas, la falta de circulante y de créditos bancarios las condujo a la ruina y a contribuir con sus empleados a la larga cola del paro. Ocho planes son muchos planes para que los ciudadanos podamos tener fe en el Gobierno, esta fe que se han empeñado en que la perdamos a costa de abusar de nuestra credibilidad, de tratarnos como a bebés y de pensar que en este país somos todos analfabetos y no nos sentimos capaces de ver cuando un gobierno acierta o cuando no hace más que ir de error en error, sin asumir sus equivocaciones y empeñándose en reincidir en ellas con el solo objeto de evitar reconocer ante la oposición que se equivocaron y buscar el apoyo de ella para iniciar otras políticas económicas más solventes y eficaces.

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