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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Aído veta el útero a los fetos no queridos

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 10 de marzo de 2009, 05:41 h (CET)
El señor Rodriguez Zapatero es feminista cuando está rodeado de sufraguistas, es homosexual cuando tiene un mitin con los mamporreros y bolleras, es titiritero cuando se codea con los de la farándula y, me imagino, que se manifestaría partidario de la abolición del Estado y de las leyes si, el encuentro, fuera con anarcosindicalistas. Si hay una persona que fuera capaz de vender su alma al Diablo por un voto ésta, sin duda, sería la de nuestro presidente del Gobierno. Lo que sucede es que, dentro del feminismo, como en cualquier clase de tendencia o corriente, lo hay que basa su filosofía en la defensa de las capacidades de la mujer y se empeña en lograr su emancipación; de modo que, ambos géneros, tengan las mismas oportunidades, en igualdad de condiciones, en todos los aspectos de la vida; sin que ello mengue en absoluto su naturaleza femenina y, aquellas cualidades inherentes a ella, que la hace distinta del varón y que, sin duda, suponen el respeto de ciertos deberes y valores específicos propios de su condición femenina.

La otra vertiente, la más gritona y reivindicativa, está representada por aquellas mujeres que han centrado sus objetivos en poner en marcha una cierta revancha en contra del otro género, al que consideran el culpable de haber sido relegadas, durante siglos, a la función de “dueña” de la casa, en su expresión más noble, y a la no menos importante y gratificante función de madre. Vayan ustedes a saber el porqué estas féminas (que, por otra parte, prefieren convertirse en simples objetos sexuales de uno y otro sexo, no importa esta minucia, con plenos derechos a prostituirse, pero sin pagar canon alguno por su liviandad), han decidido hacer una guerra en contra de su propia naturaleza y, entre sus ambiciones, está la de conseguir deshacerse del fruto de su vida casquivana, aunque ello suponga atentar contra la vida de la criatura que llevan en su vientre materno. Todo esto, a nivel de pensamiento, como simple elucubración teórica o como motivo de un ensayo literario, no tendría otra repercusión que la de constituir un pensamiento próximo a las teorías nazistas de algunos de los doctores que experimentaban, sus desviaciones frenópatas, en los campos de concentración alemanes.

Pero, hete aquí que, en pleno siglo XXI, en una llamada democracia y dentro de un supuesto Estado de Derecho, con un artículo de la Constitución que ordena velar por los indefensos; con una ciudadanía preocupada por el tema del maltrato de los niños; con nuevas técnicas de inseminación artificial para parejas que desean experimentar los goces de la paternidad; aparece un gobierno socialista, uno de esos que ha hecho del cupo de ministros y ministras dentro de la más estricta igualdad, uno de sus objetivos pioneros; que, sin embargo, en virtud de la evidente falta de preparación de la cuota de ministras, ante una evidente incompetencia de la mayoría de ellas y debido a su feminismo elevado al más alto grado de obcecación, desvarío y degradación moral, nos obsequia con una ministra, hija de papá, una presuntuosa a la que se le ha construido un ministerio ad hoc, que le viene grande y, yo diría, que le puede. Pues esta señora, con afán de notoriedad, con la falta de madurez que la carencia de una preparación adecuada le ha negado y la inexperiencia propia de aquellos que carecen de méritos propios que los avalen; ha iniciado una de las aventuras más tenebrosas, inhumanas y sangrientas que, cualquier ciudadano con un mínimo de sentimiento humanitario jamás hubiera podido concebir.

La señor Bibiana Aido ha ido tan lejos en sus propósitos, como lo han ido este supuesto grupo de “expertos”, que ha necesitado seis meses para acordar lo que todos ya llevaban decidido de antemano. ¿Dónde,señora Aído, otra comisión de científicos contrarios al aborto o de médicos antiabortistas o de políticos democristianos? Las conclusiones de esta seudo–comisión son tan disparatadas, tan contrarias al sentido común y tan propias del pensamiento y adoctrinamiento de esta aberración salida de la mente de la ministra Cabrera, conocida como EPC; que es incomprensible que haya habido alguien que se haya atrevido a elevarla al Consejo de Ministros. Hay frases de la ministra para enmarcar, por ejemplo, refiriéndose a las menores de 18 años (16 a 18), “Si pueden tener hijos y casarse, es coherente que puedan abortar” ¿Dónde, señora mía, le ve usted la coherencia a semejante barbaridad? ¿Qué le parecería esta otra idea: “ Si puedo casarme y mi mujer me puede dar hijos, ¿por qué no puedo cargármela?” Es más o menos el mismo concepto, pero elevado al absurdo. Un razonamiento tal implica la comisión de un asesinato, la privación de la vida de un feto con derecho a vivir y al que se le deja en manos de su madre para que decida, a una edad en la que carece del discernimiento necesario para ello, sobre la vida de su hijo.

Una mujer, a los 16 años, no puede votar, será porque no se la ve madura para ello; una mujer a los 16 años necesita del permiso paterno para ser operada, será porque no tiene la preparación mental para poder decidir la conveniencia de ello. Una mujer a los 16 años debería tener el sentido común para evitar quedarse embarazada y, si no lo tiene, menos lo tendrá para decidir sobre la vida del embrión que se fertilizó mediante tal acto. Si se tiene la facultad para decidir sobre el embarazo deberíamos reconocer que también se tiene para decidir sobre otra operación, porque, de lo que no hay duda, es que un aborto entraña peligros para la madre aparte de la muerte del feto. ¿Vamos a convertir a los médicos en pequeños diocesillas con facultad para suplir la voluntad de los padres? No obstante, se ha llegado a tal punto en la aberración intelectual de estos señores que, una tal María Durán, ya se ha atrevido a pontificar sobre nuestro sistema penal. Para esta señora (la idea la comparte la Aído), nunca se debe penalizar a la mujer por abortar “aunque incumpla los requisitos para hacerlo” ¡Sí señores! La comisión asesora se ha convertido en un remedo del Parlamento de la Nación para proponer que las leyes puedan ser obviadas ¿Entonces, señora Durán, para qué hacen falta tantas comisiones y tantas mamandurrias si, a la postre, no se podrá sancionar a la mujer, si aborta, sea en las circunstancias que sean? ¡Viva el sentido común! Miguel Unamuno ya hablaba de esta especie de “enterados” cuando decía: “Un pedante es un estúpido adulterado por el estudio”.

No quiero concluir si hacer mención al tema de la objeción de conciencia de los facultativos. Tanto los expertos como la ministra admiten la objeción de conciencia de los médicos pero ¡cuidado!, niegan que esto pueda afectar a un hospital entero o una consejería. Sólo analfabetos en temas jurídicos pueden atribuir derechos personales a un ente jurídico, porque de todos es sabido que como tales no pueden ser imputados. Un ejemplo: un centro médico en el que todos los médicos sean objetores de conciencia a ninguno de ellos se le podrá exigir que lleve a cabo un aborto. Deberemos suponer que, ¿se va a obligar a contratar forzosamente a facultativos que no sean objetores? Si es un hospital católico o cristiano que, por principios religiosos, le esté prohibido cometer semejantes salvajada, ¿se va a sancionar a la dirección? Mucha prepotencia, mucha falta de sentido de la realidad y mucha desvergüenza para tan poca edad. Este es el inconveniente de acostarse con críos y es que, cuando uno amanece, está mojado. Puede que a nuestro Estado de Derecho pronto le ocurra lo mismo y amanezca chorreando sangre de los cientos de miles de seres sacrificados siendo inocentes.

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