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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

El diagnóstico

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
martes, 10 de marzo de 2009, 05:41 h (CET)
A pesar de tantos avances todavía no hemos encontrado el diagnóstico justo para poner orden en el mundo. Hemos puesto mando pero no orden. La política está crecida de virus que despedazan sociedades, desde el momento que se desprecian seres humanos. La vida ha perdido valor y valía. Es una película mal montada y peor diagnosticada por los protegidos agentes del poder. Un poderío excesivo en ocasiones, aplastante, que no entiende de deberes; arbitrario a más no poder, organizado por una clase privilegiada a la que no le importa oprimir con tal de seguir siendo el dominador. Y lo malo es que no tenemos otro planeta donde trasladarnos a vivir para poder disfrutar de libertades perdidas, de justicias auténticas, de igualdades armónicas en las que nadie pueda comprar a nadie y que nadie pueda venderse por necesidad del guión existencial. Por ello, soy de los que piensan que urge inyectar un diagnóstico de ideas y pensamientos libres en una humanidad caída en el desespero. La enfermedad está identificada, tiene entidad tóxica, creciente de odios y venganzas. Algunas personas ya no pueden más, están en las últimas, sin esperanza que le sostenga los días, lo que exige poner remedio antes de que sea demasiado tarde. Las operaciones de mantenimiento de vida, en condiciones humanas, es lo mínimo que se puede pedir a las naciones, por desgracia más desunidas que unidas.

Siguiendo con términos clínicos, la perla del diagnóstico se divisa con la observación de sus signos y síntomas. Sobre la vida misma se ciernen muchas amenazas e inevitablemente los menos poderosos, los más débiles, sufren más. La huella que nos deja el sufrimiento de los niños es la prueba palpable de que no existe amor verdadero en el mundo. Ante estos hechos, mucha gente experimenta una especie de parálisis moral, creyendo que poco o nada se puede hacer para afrontar estos grandes problemas en su raíz. El caso del profesor español Neira, que estuvo al borde de la muerte por defender a una mujer de la agresión de su pareja, es un claro ejemplo de que todos podemos hacer algo más, sobre todo para exterminar las cucarachas, que la misma sociedad permisiva ha generado. Lo que hace falta es salir del letargo social y pasar a la acción como hizo el profesor Neira, en un acto de heroicidad y de amor por la persona. Por desdicha, los tiempos actuales, lejos de mitigar el sufrimiento, en ocasiones lo han agravado. Ya debería ser evidente que acciones motivadas políticamente con afanes de adoctrinamiento, nos dividen y empobrecen. Deberíamos saber que la doctrina carece de profundidad. Verdaderamente el pensamiento profundo es cosa de la sabiduría. Algo que hoy no se enseña ni en las escuelas, hasta el punto que los jóvenes les cuesta interpretar un texto. Ya no digamos tener capacidad de discernimiento. También resulta curioso, y es otro ejemplo más de ceguera, que el aborto haya centrado las marchas del día internacional de la mujer en España. Sobre todo si se tiene en cuenta que el desempleo se ceba en este país, especialmente con las mujeres, que la diferencia salarial entre hombres y mujeres sigue siendo un escándalo, y que lo único que se ha incrementado desgraciadamente a su favor es la violencia de género.

Continuando con la práctica médica y el diagnóstico, un juicio clínico sobre el estado psicofísico de una persona; trasladándolo a la sociedad globalizada como la actual, toda la ciudadanía debería cuidar, si es preciso con vacunas antisistemas, derechos innatos e inviolables que protegen a todo ser humano, y que de ninguna manera pueden depender de autoridad alguna o de amañados consensos políticos. El intento del poder de colocarse por encima de esos derechos causa la ruina de la sociedad y, en última instancia, es autodestruirse como persona. Con los medios e instituciones de que se dispone hoy en día en el mundo, la estampa de niños soldados, obligados a mendigar, debiera ser agua pasada que ya no moviese molino. Igual que la pobreza, el hambre, el analfabetismo y la enfermedad. Difícilmente se puede poner paz en un mundo en el que las instituciones diagnostican en falso, y siguen negando a los débiles la posibilidad de satisfacer sus necesidades más fundamentales. Con lo saludable que sería validar un diagnóstico genérico para una sociedad a la que hemos catalogado sus enfermedades. Sólo habría que avivar que se interesase o interesara la ciudadanía: los unos por los otros y los otros por los unos, que uno a uno se hizo el mundo. Claro, tendría que dejar de dividirse la sociedad, como alguien dijo, en dos grandes bloques: la de los que tienen más comida que apetito y la de los que tienen más apetito que comida. Algo que es difícil para una sociedad endiosada de poderes y de poder sobre los que nada tienen.

El diagnóstico estaba cantado. Más pronto que tarde la sociedad entraría en crisis. Las tenemos todas. La crisis financiera global, que se suma a las crisis energética y alimentaria, a la que se le multiplica la escasez de valores y principios, nos deja un cociente para el arrastre. Los entendidos, ya dicen, que causará una marcha atrás en el progreso hacia la reducción de la pobreza y la realización de las Metas de Desarrollo del Milenio. A no ser que se establezcan redes de protección social efectiva, que mucho me temo no pasarán de ser de boquilla, serán los pobres los que más se vean golpeados por la crisis. De hecho, ya les está golpeando, cuando el diagnóstico es bien claro: frente a una crisis global lo que se necesita son soluciones globales. O sea, el tesón de una Organización, con buena mano y mejores hechos, capaz de avivar la gobernabilidad global. Al fin y al cabo, de lo que se trata es de humanizar a un deshumanizado mundo. Está visto que no se puede ir en contra de ningún orden como hasta ahora hemos ido. El mismo universo es un orden armonioso, en el que nadie sobra y todos somos precisos. Pienso, pues, que sería bueno esta prescripción global: el amor como principio, el orden como método, el ser humano como fin.

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