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Dislate a la enésima potencia

Pascual Falces
Pascual Falces
lunes, 9 de marzo de 2009, 06:04 h (CET)
Hay ocasiones en las que “mantenerse con la cabeza en los hombros”, a pesar de permanecer a la intemperie, “lejos del mundanal ruido”, y con los pies en el suelo berroqueño de una cima de la muralla granítica que es la Sierra de Guadarrama, y que separa las dos mesetas castellanas, resulta casi imposible. Eso, en el caso de que se pretenda poner atención al disparatado discurso de la ministra Bibiana Aido desmelenándose para anunciar a los cuatro vientos el progresismo de la ley del aborto que propone el Gobierno de Zapatero.

Ni la distancia, ni el viento que no era una suave brisa precisamente, eran capaces de aminorar los efectos de aquel dislate al que continuaba, de seguido, con otro mayor. Este columnista, en la soledad y el silencio de su observatorio, no hacía aspavientos, ni mascullaba palabrotas. ¿Para qué? El espectáculo que ofrecía con todo detalle el mágico catalejo, tan útil como siempre, era para ver y no creer, pero tan cierto como la cercana Bola del Mundo, según se mira hacia la derecha.

Menos mal, que la buena de Doña María Moliner (q.e.p.d.) en su Diccionario de Uso del Español, debió pensar en qué no seriamos capaces, andando los tiempos, de hacer con las palabras los españoles, y supo aclarar muy bien el significado de “Dislate”:

Aberración. Absurdo. Atrocidad. Barbaridad. Desatino. Disparate. Enormidad. Acción que produce o es probable que produzca muy malos resultados, o dicho que envuelve un gran error: “Ese plan es un dislate”. ¿Necesita el lector alguna explicación más como calificativo de la oratoria ministerial?... no se moleste en buscar. Sujete la cabeza sobre sus hombros, y resista el impacto.

Y todo, originado por la negación de una evidencia suficientemente explicada hasta la divulgación para niños, en esta misma y temeraria columna. ¡Que no se trata de “interrupción del embarazo”!... ¡que no hay tal!... sino de “destrucción de un feto”. A partir de ahí, la barbaridad sería la misma, pero las memeces desaparecerían. Señora, señorita, o adolescente: “Con arreglo a la ley tal y tal... vamos a proceder con su pleno consentimiento a la destrucción meticulosa del feto que ha engendrado”. ¿Está usted conforme?, pues firme aquí. Y así, se acabaron las engañifas. Si alguna pardilla preguntara qué cosa es un feto, la respuesta es obvia: un ser humano en algún momento de su vida embrionaria dependiente total de la madre.

Pero, por favor, no mareen más con “disparatados” momentos como el de ayer. Bastantes cosas serias y graves se tienen entre las manos con la dichosa “crisis” como para retorcer el Diccionario, y con él las entendederas de la gente (vuélvase a M. Moliner). Y para terminar, aligerando al lector que no tiene ninguna culpa de la inconsciencia de la ministra -mejor pensemos eso-, con un sucedido de cuando la Medicina era más amable que en los tiempos que corren. El cirujano profesor encargó a un aventajado estudiante que “distrajera” los nervios del enfermo algo mayor, mientras esperaba ansioso en la mesa de operaciones a que le intervinieran en un hospital de Zaragoza. El bienintencionado muchacho le preguntó que edad tenía, y el paciente contestó de no muy buen humor, porque seguro que lo habría respondido ya unas cuantas veces. A lo que el estudiante, obediente al maestro, siguió inquiriendo: Entonces... ¿de qué quinta será usted?... y el abuelo, que era de Ejea, como la nuera de Epifanio, ya no se pudo aguantar, y le respondió airado: ¡Mira, zagal, pa´numéros estoy yo ahora!...

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