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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El New Deal ¿es la panacea universal?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 7 de marzo de 2009, 23:20 h (CET)
Para una persona no muy ducha en economía resulta, a primera vista, chocante que el flamante nuevo presidente de los EE.UU saque a colación, nuevamente, el tema del New Deal, invento de su antecesor en el cargo, el señor F.D. Roosevelt, quien hizo uso de esa teoría durante el periodo de 1933 al 1937, para intentar contrarrestar, con ciertas medidas económicas revolucionarias, el efecto del crack de 1929 en los EE.UU. Si bien entonces, como ha ocurrido en la situación actual, las causas de la recesión fueron achacadas a la ausencia de barreras para “la especulación”, es más que cuestionable que el famoso new deal tuviera los efectos que de él esperaban sus promotores. Deberemos añadir que, el programa económico que Roosevelt presentó para optar a la elección contenía medidas absolutamente conservadoras como, por ejemplo, reducir un 25 el gasto Federal, un presupuesto equilibrado y un dólar respaldado por el oro; pero lo cierto fue que pronto cambió de programa y, presionado por la situación del país, se dejó llevar por las doctrinas keynesianas, como aquella que propugnaba la intervención del Gobierno en el sector privado y el rcurso al aumento del gasto público. Lo cierto es que, los efectos de las medidas del señor Roosevelt, han sido duramente cuestionados por un sector de economistas, que han estimado que, los resultados de las mismas, llevaron a los EE.UU a una situación complicada en el terreno económico que sólo pudo ser superada gracias, y es duro decirlo, a la entrada de la nación americana en la Segunda Guerra Mundial; a partir de cuyo momento la industria de guerra y los avatares económicos de la contienda, sirvieron de reactivo para la pachucha economía prebélica.

Lo que ya no resulta tan gratificante es que, en la actualidad, sin que, afortunadamente, tengamos la amenaza de una tercera contienda de aquellas características; se vuelva a acudir, a propuesta de los partidos socialistas europeos y demócratas estadounidenses, al sistema intervencionista, al incremento del gasto público y a la estatalización de la economía; aunque, parece ser, que dado el enorme déficit público que se generó entonces, el incremento de los impuestos no fue suficiente para cubrir las deudas del Estado. Vean ustedes como, en España, este último recurso (incremento de la carga impositiva) resulta impensable dada la situación de penuria económica de gran parte de la población y la sangría de un desempleo que, cada día, tiene visos de no detenerse, aunque la cifra real, no la oficial, probablemente supera, con creces, los 4.000.000 de parados. A no ser que se optara por bajar los impuestos de carácter personal y societarios, a cambio de incrementar, sólo, los directamente relacionados con el consumo. Keynes propuso políticas anticíclicas basadas en una intervención masiva del Estado en la economía que se podrían resumir en actuaciones para: favorecer las inversiones, el crédito y el consumo. En España, deberemos reconocer que todas las medidas arbitradas por el gobierno de ZP, hasta ahora, no han logrado conseguir ninguna de estas tres metas.

Lo malo del “novedoso” plan del señor Obama es que, el del señor Roosevelt, por mucho que se empeñó en ello, no consiguió más que la creación de un empleo “artificial”, subvencionado por el Estado, que ni sirvió para reintegrar a los trabajadores en el sector privado ni para estimular la economía. Harry Hopkins, director de la CWA (Civil Works Administration) afirmó: “Hemos creado cuatro millones de empleos, pero, por amor de Dios, no me preguntéis a qué se dedican”. Es sabido que las izquierdas siempre han pretendido aprovechar la más mínima ocasión que se les presenta, para intentar cambiar el orden económico, el que está basado en el esfuerzo, la iniciativa y el impulso privados; para sustituirlo por la pesada maquinaria, abúlica y burocratizada, de la Administración pública, o sea, sustituir la más ágil y eficiente iniciativa emprendedora de los ciudadanos, siempre más cercanos a lo que son las necesidades y las tendencias de la población que lo pudieran estar los complicados, oxidados, lentos y poco originales mecanismos dependientes del funcionariado público; tal y como se ha venido demostrando a través de la historia.

Lo cierto es que, los que nos basamos en la Historia como elemento de comparación, tenemos datos de desempleo en los EE.UU del año 1938 que, a pesar del New Deal, lo situaban en el 20% y la propia Bolsa estadounidense sufrió una caída, entre agosto de 1937 y marzo de 1938, de un ¡50%! En el periodo comprendido entre 1933 y 1936, en pleno desarrollo del New Deal, los gastos del gobierno se incrementaron en un 83%. Repito, sólo la guerra fue capaz de camuflar lo que hubiera sido el efecto de aquel experimento del señor Roosevelt, pero, a la vista de los testimonios recogidos, no se necesita ser muy avispado para sacar las consecuencias pertinentes. Y ¡cuidado!, porque sólo eran medidas de orden interno para los propios EE.UU, que nunca pretendieron que tuvieran efecto en el resto de naciones ( aunque, de hecho, si lo tuvieron). En la actualidad, por contra, parece ser que, tanto el señor Brown como el señor Obama, sin duda dando muestras de un exceso de confianza en el plan del primero, de costes varias veces millonarios, puede seguir los derroteros del de el señor Roosevelt.. En todo caso, no se acaba de ver claro lo que tiene en mente el canciller inglés, cuando se manifiesta con tanta fuerza contra el proteccionismo nacional, quizá temiendo que los EE.UU pudiera desentenderse de los problemas de Europa, como si toda la fe que tuviera puesta en salir de la crisis se basara en que, desde los EE.UU ( según Zapatero los causantes del desaguisado), como en tantas otras ocasiones, le llegara a Europa un nuevo plan Marshall, que permitiera redimir al viejo mundo de la inoperancia manifiesta de sus mandatarios, quienes, parece que no acaban de encontrar el cabo del ovillo para deshacer el nudo gordiano de la debacle económica que se cierne sobre todas las naciones de la UE.

Entre tanto, en España, estamos situados en aquella situación que se ha definido como de “subconsumo”, caracterizada por el aumento de los stocks, la reducción del precio de los productos, la disminución de la producción y el aumento del desempleo. Está claro que, el Estado, no ha sabido aplicar en su momento las medidas anticíclicas oportunas,

cuando era el momento de hacerlo y no había despilfarrado el dinero de los españoles en parches, carentes de lógica económica e impregnados de un populismo que, a la postre, se le va a volver en contra. No ha sabido aplicar las políticas fiscales y de inversiones públicas oportunas, especialmente en infraestructuras que, al menos, tienen la virtud de encauzar la mano de obra en algo productivo para la nación y no que se dilapide el dinero público en meros gastos asistenciales. Da la impresión que Obama se ha precipitado en su plan gigantesco de choque contra la depresión y nos tememos que el intentar extrapolarlos al resto de naciones puede no ser una buena idea. Verán, es evidente que, no se pueden sembrar naranjos en todas las latitudes ni pretender aplicar remedios universales para salvar al Mundo. Si estoy equivocado lo reconoceré, al fin y al cabo, sólo soy un ciudadano de a pie y ello me permite exponer mi modesta opinión. ¿O no?

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