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Las ordenanzas de un ayuntamiento delirante

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
sábado, 7 de marzo de 2009, 23:22 h (CET)
“Recuerda que sólo eres un hombre”, le coreaba incesantemente un esclavo al héroe laureado, mientras a bordo de una cuadriga daba una vuelta triunfal a la plaza del Palatino para recibir los vítores de la exultante multitud; “Ten cuidado con el éxito, hijo: puede volverte loco”, decía mi madre, que cuando menos era tan sabia como los romanos. Sin embargo, bien se echa de ver que hay quiénes no han tenido a mano una madre que les diera sabios consejos, ignoran cuanto hemos acumulado de sabiduría como especie o, simplemente, yendo de listos, han pasado de lo uno y de lo otro y se han convertido en criaturas delirantes que no pisan el suelo ni por recomendación psiquiátrica. Para quien lo dude, ahí están las últimas y aberrantes ordenanzas municipales de Madrid, donde ediles y alcalde parecen competir por ver quién perpetra el despropósito más denigrante o se pone el gorro de papel más grande. El famoso hospital de Cienpozuelos, aquél de “Ni son todos los que están, ni están todos los que son”, al paso que vamos va a tener que ser rehabilitado.

Parece mentira que en un país que se está cayendo a pedazos como si tuviera la lepra, gravemente afectado de una dolencia casi terminal de corrupción generalizada, que genera la casi totalidad del desempleo que se produce en toda Europa, que dispone de más ilegales que en toda la Unión y a cuyos jubilados se les instala de pleno de derecho en los dominios de la miseria debido a la cuantía que perciben por concepto de sus pensiones, haya quién se dedique en cuerpo y alma a ignorar olímpicamente los grandes problemas que nos conciernen, al tiempo que irrumpen intempestivamente en lo íntimo de cada familia o se consagran en legislar sobre lo infamemente inmoral: que si al nene rebelde no se le puede dar un aleccionador cachete —¡cuántos les debieran haber dado a algunos y cómo se echan ahora en falta!—, reciclaje forzoso de basuras —cuando en la mayoría de los casos sólo un camión las recoge y revuelve las ya clasificadas—, la prohibición de los hombres anuncio —de los de cartel callejero, no de los de cocodrilo o caballo polero en el pecho—, implacable persecución y años de cárcel a los manteros —para mayor gloria y beneficio de la impúdica SGAE e ignominiosas multinacionales del tatachunda—, y, ahora, como guinda que corona el pastel de la psicopatía galopante, negando la posibilidad de supervivencia, al prohibirles rebuscar en la basura de los supermercados, a quienes la vida, la edad y las pensiones han puesto contra las cuerdas de la extinción. No sé si este señor y quienes han apoyado esas ordenanzas son cristianos, pero para ellos parece concebida la gehena bíblica. No puedo imaginar miseria moral mayor que perseguir a los más débiles, a quienes más sufren y a quienes tienen hambre, como este equipo de..., lo que sea menos gentes de sentimientos humanos, parece haberse consagrado.

Bien dados a este tipo de despropósitos el gobierno socialista, no se sabe si por esa estrategia tan suya de “despista y polemiza mientras desgobiernas”, tienen su mayor competidor en la promulgación de aberraciones en ese equipo municipal, especialista en endeudar hasta la vida eterna todo lo que toca al mismo tiempo que recauda y recauda y recauda con cualquier artificio, ya sea convirtiendo en parking privado la calle de todos, incluso en aquellas zonas donde se construyó sin aparcamientos subterráneos, ya imponiendo multas desorbitadas por las acciones más normales y cotidianas. Delirantemente, el presidente Kubitschek emprendió el mayor despropósito de su desquicio, Brasilia, ordenando construir en uno de los países más pobres del planeta la capital más “grande do mundo” en las mesetas de Goias, casi un par de décadas después de que Hitler desvariara con su Germania, la por él también llamada “capital del mundo”. A lo mejor Gallardón también sueña con algo parecido, a imagen como aquel presidente de infausto recuerdo soñó con el Gran Madrid, o nada más que perpetre atropello tras atropello de la razón, la moral y los más elementales principios para convertir al vetusto Madrid en la “Capital Olímpica del Mundo”, y para eso perpetra lo que perpetra: para ahorrar. A lo mejor, sí; pero se le están yendo las ínfulas de grandeza algunos pueblos, y ya lindan, más que con el desquicio, con la ignominiosa inmoralidad.

Cierto que hay tiralevitas a quienes los ojitos se les ofenden con la contemplación de la miseria, y como aquella Susanita de las tiras de Mafalda creen habría que hacer algo con ellos: esconderlos. Madrid ha de ser la “Capital Olímpica del Mundo”, y para lograr eso y el engrandecimiento de postín de quien aspira a convertirse en Presidente no sólo de España, sino del mundo mismo, todo desafuero es poco. La Historia ha de prepararse para la irrupción triunfal en sus páginas de este grandilocuente hijo de la demagogia y el despilfarro más exacerbado y delirante.

Ya me cuesta creer que entre los miembros de su propio partido, y todavía más en la oposición, no haya nadie que sea capaz de oponerse a este atropello, dimitiendo y negándose a compartir espacio físico con quien tal bajeza moral es capaz de ostentar sin rubor. ¿Es que acaso no queda entre todos quienes han estado presentes en las votaciones de ordenanzas semejantes alguien a quien le queden vestigios de sentida vergüenza que ofendan su dignidad y entienda que acciones como ésta nos alejan de nuestra condición de humanos y nos ponen sin misericordia al servicio de ofensivas ideologías reprobabas una vez y otra por la misma Historia?...

En fin, el caso es que ante la aparente improbabilidad momentánea de construir la quizás añorada Brasilia o la deseada Germania, tal vez entre los planes del ayuntamiento —con “a” muy minúscula, microscópica como la moral de sus dirigentes— de Madrid, ya figuren también, porque están más a mano, planes para levantar hermosos y enlucidos muros que encierren y escondan los hoscos y desagradables barrios obreros, tan repulsivos a la vista de quienes tienen su sensibilidad y su olfato tan desarrollados, o quién sabe si rezar mucho para se incendien éstos fortuitamente en plan Nerón y les faculte para construir una nueva Roma con un nuevo Palatino. En tal caso, si el Olimpo consintiera el deseado prodigio, tal vez el alcalde daría una vuelta triunfal en cuadriga a la gran plaza para recibir los vítores del populacho, mientras un esclavo le coreara incesantemente: “Tú, oh Gallardón, eres dios”.

¿Madrid?...: no, gracias... mientras estén éstos.

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