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Etiquetas:   La tronera   -   Sección:   Opinión

Fundada esperanza

Jesús Salamanca
Jesús  Salamanca
sábado, 7 de marzo de 2009, 07:48 h (CET)
No hay duda que la jornada electoral del domingo se ha desarrollado con lo que se suele denominar normalidad democrática, aunque en el País Vasco no han faltado incidentes puntuales contra personas. Y me estoy acordando del acoso a Pachi López y los silbidos al ínclito Rodrigo Rato. Bien mirado, ni siquiera puede considerarse como incidencia, pues incidencia hubiera sido si nada hubiera sucedido, sobre todo en el rincón vasco.

En Galicia no se ha producido ninguna novedad. Ha sucedido lo esperado después de cuatro años de abusos, represión y malos modos por parte del Bloque Nacionalista Gallego que ha arrastrado al Partido Socialista a la ruina. La forma de gobierno del bipartito ha sido una actuación de miserables e irresponsables. El colmo de esa miseria han sido las múltiples quejas de afines al bloque sobre la televisión gallega y la invasión callejera con consignas de agresión y terror.

Si por algo ha destacado el socialismo gallego ha sido por la falta de un Gobierno coherente. Las malas maneras, la corrupción y la dejadez hacia los intereses ciudadanos han llevado a la paralización del progreso y de la modernidad de Galicia.

Difícilmente volverán a recuperar los socialistas la confianza de la ciudadanía gallega. Y mucho menos el bloque, al demostrar que lo primero eran sus intereses, por encima de los intereses de Galicia. Si a nadie se le ha ocurrido que el bloque debe desaparecer cuanto antes, desde aquí lo planteamos como necesidad y deseo. Galicia necesita gente capaz de avanzar con honradez y claridad de ideas. El bloque es pasado, retroceso, opresión y dictadura del odio. El bloque de Anxo Quintana ha practicado la máxima de Dostoievski: “es muy fácil vivir haciendo el tonto”.

Cuestión bien distinta es cuanto afecta al Partido Socialista del País Vasco. El éxito no tiene precedentes y está ante una responsabilidad histórica para sacar a Euskadi del retraso y de la aspiración aldeana de partidos cavernícolas como los que abanderan el nacionalismo excluyente y la represión al disidente. Ocho puntos en votos y seis escaños son mucho subir. No creo que se lo merezca Pachi López, pero ahí está. Menos aún después de haberse ‘acostado’ con los ‘príncipes de la paz’ etarra y haber ninguneado al pueblo vasco desde el casería “Txillarre”, de Elgoibar.

Quede claro que lo acontecido en el País Vasco es el resultado del hartazgo de la población y del desprecio hacia el independentismo de boquilla. El PNV merece una travesía del desierto durante años. Euskadi no es patrimonio del PNV. Tampoco el PNV es la religión vasca o la prioritaria aspiración ciudadana.

El PSE es el gran triunfador de las elecciones del domingo en Euskadi. Hasta el bachiller ‘Pepiño’ Blanco lo reconoce. No vamos a ocultar que los resultados tienen una gran importancia para el rinconcito vasco y para “los vascos y las vascas”, como diría Ibarreche.

Iniciamos una etapa política entusiasta en Euskadi, aunque con el freno de mano echado. ¿Por qué? Pues porque Pachi López es partidario de ‘acostarse’ con ETA. Ver a su lado a Chuchi Eguiguren es preocupante, dan nauseas y genera desprecio ciudadano. Sin duda Rodríguez tiene un problema con y en Eguiguren.

Los violentos y maltratadores no deben estar en política. Ahí tiene el presidente Rodríguez una asignatura pendiente, como prueba de que pasa olímpicamente de la igualdad de trato y del respeto a la persona. Habría que escuchar a sus ministras y saber qué piensan de ese ciudadano despreciable que casi mata a su esposa a trompazos y que fue condenado por la Justicia. Por cierto… ¡Dios mío qué Justicia la nuestra o qué cachondeo de esa en manos de ciertos jueces!

Tanto en la sociedad vasca, como en la gallega, se vislumbra un deseo de cambio. Galicia volverá a la normalidad, pero Euskadi sigue levantando sospechas, inseguridad e intranquilidad. Si Pachi López se raja, y no presenta su candidatura a lehendakari, deberá abandonar la política activa; pues será signo de que Rodríguez le ha arrinconado o empujado contra las tablas.

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