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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Garzón

Fabricio de Potestad
Redacción
viernes, 6 de marzo de 2009, 07:24 h (CET)
El mal, cuando camina lento y seguro, gana en volumen y eficacia. Así de tupida, flemática y pausada es la ofensiva que el PP mantiene contra el juez Garzón, una ofensiva de dientes afilados, una contienda tan sañuda como grotesca, es la querella de todas las querellas, la que desafía a la justicia porque no se acomoda a los propios intereses. Lo cierto es que mientras los políticos del PP hablan constantemente delante de las cámaras aunque apenas digan algo con sustancia, Garzón, el juez estrella, no habla casi nunca por la televisión pero siempre está haciendo algo. La derecha se mueve en la metafísica judeocristiana y el juez lo hace, por el contario, en la intrincada y malagradecida realidad. Rajoy retoza con sus discursos y Garzón actúa con sus enfáticas acometidas judiciales. Tramas de corrupción, espionaje, terrorismo, pliegos amontonados, largos interrogatorios, sumarios, presos, testigos. Esas son las herramientas con las que trabaja el supermagistrado.

Garzón ha cometido errores, qué duda cabe, y los ha pagado, a lo que se ve, con una crisis de ansiedad. Sin embargo, desde aquel día bullicioso y millonario de votos socialistas en el que la derecha apadrinada por Aznar perdió las elecciones, el PP se convirtió en un error sin solución de continuidad. Todo el PP es un error, un inmenso error, pero, al parecer, ni tiene dolor de contrición ni propósito de enmienda ni crisis ataques de ansiedad.

A Garzón le han acusado de vanidoso, de prevaricador y de trepa porque es un hombre, supongo, que hurga con más afán que los demás y descubre muchas más fechorías que sus colegas. Incluso se ha llegado a decir que Garzón busca el Nobel de la Paz -infamia disfrazada de elogio- aunque, un suponer, de buscar algo sería el Planeta porque a cada encausado le dedica una novela o sumario de unas cuatrocientas páginas y pico. Y al parecer, en este frío y lluvioso invierno, el PP, legitimador del acoso y derribo, no tiene intención de cambiar de estrategia, por el contrario, ha endurecido hasta tal punto la persecución contra el juez que parecen decididos a crucificarle, pues de difamarle ya se encarga Jiménez Losantos.

La particularidad de Garzón es que, a diferencia de sus colegas, no hace huelga pues sabe que forma parte del patronato estatal y vive muy adherido a la legalidad, a los hechos, a los delitos y a todas esas cosas inicuas que persigue sin pausa y con holgada tenacidad. Al fin y al cabo entre tantos jueces como andan metidos en esto sólo él vive sin desmayo entre expedientes mientras aumentan los atestados.

No sabe uno si el vigor de este notable juez, su directa y enérgica convicción a la hora de administrar justicia y su ciclópea capacidad para resistir el asedio irresponsable, torticero y constante del PP y la COPE son operaciones que darán buenos o malos frutos a medio o largo plazo. No obstante, es reconfortante -como una novela de Paulo Coelho- ver al magistrado jienense ordenando el arresto de Pinochet o de Osama bin Laden, combatir el terrorismo, lucha denodadamente contra la impunidad y el olvido histórico de determinadas injusticias y atrocidades de nuestro pasado cesarista y visionario, entrar aquí y salir de allá, ir y venir para investigar a Kissinger por si tuvo algo que ver con la instauración de ciertas dictaduras de América Latina, frecuentar penitenciarías, alborotar juzgados o visitar sospechosos a horas intempestivas. Por contraste, fatiga ver como el PP se queda tenue, sombrío, éticamente corto y cínicamente largo. Vamos, que el PP es como uno de esos tediosos bestsellers acerca de los Templarios mientras que Garzón es pura épica repleta de acción incesante e inenarrable.

La espectacular actividad de Garzón resulta algo agobiante, es cierto, pero rompe con nuestra tradicional y exasperante haraganería muy poco proclive a pasar a la faena, pues antes de actuar preferimos aplazar, una y otra vez, lo ya aplazado, a ver si llega el verano y nos tomamos unas vacaciones, aunque sea en Benidorm. En fin, Garzón observa, escucha, intuye, acorrala, instruye y enchirona -sin discriminar a nadie por razón de su sexo, raza, cargo, sigla, altura, peso o creencia- a todo el que padece ese eterno vicio o pecado disperso que lo abarca casi todo: la modorra holgazana del que vive de incumplir la ley. Garzón, sin duda, es todo un ejemplo para pícaros, haraganes, camastrones y maleantes, aunque resulte un poco abrumador.

Es cierto que somos un pueblo peculiar y numantino capaz de expulsar judíos, convertir musulmanes, excomulgar herejes, exiliar comunistas y matar toros y perdices rojas, pero eso hasta ahora no tenía más argamasa que aquel catecismo del padre Vilariño, que ya advertía que la religión es una cuestión de fe, como afirmaba la fe misma, sobre todo la dominical y tautológica. Quizá por eso el PP parece decidido a dar por finalizado el recreo agnóstico y democrático mientras la España que soñara José Antonio pasa página por encima de Garzón, pues para eso vamos camino de la primavera que cualquier día vuelve a reír. Lo más curioso de esta nueva conspiración, auspiciada también por el PP, es que su líder está logrando que se persiga al juez en vez de a los delincuentes, no vaya a ser que al magistrado -que está reconciliando al gentío con la justicia- se le vaya la mano y esclarezca más de la cuenta. Claro que de un partido -que pasa del elogio cuando le conviene a la calumnia si el juez ya no le es propicio- no cabe esperar el más mínimo respeto por la independencia de los jueces ni por la justicia ni por la mismísima democracia. Entre tanto, Montesquieu guarda un prudente silencio no sea que su célebre separación de poderes acabe olvidada en la repisa polvorienta de cualquier museo provinciano.

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