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El Ocho

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
jueves, 5 de marzo de 2009, 11:11 h (CET)
Mucho me temo, queridos, que los dictatoriales poderes marquetinianos están creando otra criatura en plan J. K. Rowlings, porque últimamente no dejan de aparecer por todas partes épicas y líricas entrevistas a Catherine Neville, autora —o lo que sea— de El Ocho, endiosándola como lumbrera sin parangón y metiendo sus libros —o lo que sea— por los ojos de toda la peña, no importa el tipo de comercio en que uno esté o qué tipo de publicación lea.

Personalmente me parece una autora de una categoría absolutamente encomiable, porque es muy meritorio ser capaz de elaborar enormes epítomes sin incluir una sola gota de buen gusto, coherencia y aun Literatura. Todo un parangón para, a imagen de la autora de Harry Potter o el idem del Código Da Vinci, convertirse en best-seller mundial y aún poder optar con ventaja al Premio Nobel de Literatura (seguro que el Príncipe de Asturias a estas alturas ya lo tiene asegurado).

Sé que los incontables errores ortográficos y semánticos que ostenta en sus páginas no son achacables a la autora (ni los correctores humanos o informáticos entienden la diferencia entre “solo” y “sólo”, además de creer que las concordancias son frutos comestibles que pueden ser deglutidos sin más); pero no me digan que no es un prodigio de talento escribir sin desaliento interminables sucesiones de estulticias sin enjundia alguna o eludir magistralmente cualquier cosilla que tenga tufillo a figura literaria o aun a plástica sintáctica. ¡Qué maravilloso talento para lo prosaico! De la misma forma sé que la mentalidad norteamericana, y muy especialmente su literatura, no es muy dada a las florituras lógicas o lingüísticas, o incluso a ser duchos en Historia (tanto más si es ajena su propio universo), y que su simplismo traspasa lo elemental para irrumpir intempestivamente en el ámbito del retraso cultural; pero con El Ocho su autora transgrede todos los límites de lo indocto, y se instala de pleno derecho en la apostasía más radical de la cultura.

No; no es sólo que atropelle con mil incongruentes imposturas las páginas más memorables de la Historia, que concite en sus aberrantes textos (para dar algún tirón a la novela, a falta de otros dones) a los personajes más conocidos de ciertas etapas históricas —de los cuales ha sabido, da la impresión de que por casualidad— o que desnude su prosa de cualquier elegancia literaria o corrección gramatical, sino que arrasa los principios básicos del mismo ajedrez del que dice ser maestra (más allá de tres o cuatro términos especializados que pueden ser fácilmente obtenidos a través de Internet o en cualquier manual de ese deporte), y asola como un huno El Ocho, de él para abajo y de él para arriba, hasta tumbar El Ocho; esto es, el infinito.

De antemano vayan mis disculpas por no ser complaciente con quien todo el mundo parece alabar con oscuros ósculos, y aun de discrepar radicalmente de quienes contranatural pretenden construir, con quien manifiestamente no sabe hacer la O con el culo de un vaso, la autora revelación de moda; pero no me he podido resistir a una comedida réplica ante la agresión que estoy recibiendo desde diarios, revistas especializadas, televisiones y librerías. Bien está lo bien, pero esto es pasarse. Junto con J. K. Rowlling y Dan Brown, ya tenemos a la Trinidad Literaria misma convertida en carne y letra: ¡estamos listos! No servirá ninguno de ellos para que nadie se instruya o disfrute del arte de la Literatura, pero sin duda serán un filón para esas editoriales que venden paja encuadernada, y aun para engalanar los superpremios tan de moda o desfilar por las alfombras de Oviedo cuando lo de los Príncipe de Asturias.

Aparte de porque el dios dinero tiene tantos devotos incluso en el mundo de las letras, ya me gustaría saber por qué se endiosa a quienes tan severas perturbaciones de conocimiento ostentan. Convertir a Dios en un gitano, mezclar en los desvaríos del autor a Catalina la Grande, Carlomagno, Meroveo o quien sea (no pude soportarlo más y me rendí, pero seguro que hay más: a quien lo desee le regalo El Ocho, y el nueve y siguientes), parece que es lo bastante para que lo más ordinario se convierta en todo un best-seller, y tanto más si por añadidura se la atiborra a la obra con cierta desquiciada paranoia, prepotentes y muy norteamericanos poderes universales y algunas dosis de remota y sapientísima antigüedad. Eso sí, por el contrario la autora nos aporta sus instructivos datos, informándonos con el mayor rigor académico — ojo, no se lo pierdan— de que ¡los celtas provienen de los vascos!

Alguien debiera decirles a todos estos autores que no, que en la antigüedad la gente se moría de ignorancia; que esos superhombres a los que menciona serían lo que fueran, menos ilustrados; que no sólo eran brutos, sino que ejercían a tiempo completo como tales; y que todo eso de la sabiduría ancestral son simples delirios de autores de medio pelo como ellos mismos. Desde el albor de la humanidad, el poder y los poderosos se han fundamentado en degollinas, matanzas arbitrarias y asnadas semejantes, y que ninguno de ellos pasaba de ser un simple genocida con peor vinagre que sus pares, que tampoco eran mancos. ¡Bastante tenían con sacarse las pulgas!

Hoy, está visto, vale todo en literatura: hasta que la literatura que se vende carezca de Literatura. No en vano tenemos los críticos y jurados que tenemos (echen un vistazo al elenco de los habituales en los premios y díganme qué clase de autores pueden triunfar con semejantes jueces). Sin embargo, toda queja o crítica al final da lo mismo, porque los lectores parecen más que capaces de meterse en los ojos cualquier materia excrementicia. El márquetin manda, queridos: vivimos tiempo de freakys.

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